THE MEAT PURVEYORS

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Pain by Numbers

(Bloodshot Records, 2004)

Fue en Salt Lake City, poco después del Festival de Sundance, cuando la ciudad volvía a ser un erial tedioso y vacío. Cerveza de baja graduación, arquitectura mormona de pésimo gusto y un frío de andar todo el día soñando con California o con matar por mandato divino a una señora con su hija, como los tristemente célebres hermanos Lafferty. Estábamos montando un documental sobre un viaje por el nuevo Oeste. Dormíamos tirados en el estudio porque el presupuesto no daba para más. Había largas horas de clasificación y espera. Una de aquellas tardes desesperantes decidí salir a la calle en busca de una tienda de discos. Había una no muy lejos del estudio. No tenía mucha fe, pero necesitaba oxígeno. Ella estaba con los pies sobre el mostrador, leyendo The Motel Life, de Willy Vlautin. Ese fue el vínculo, también los discos que escogí y los que me recomendó ella. Luego hubo una historia, que no viene ahora a cuento (una historia sobre el tedio, la soledad y dos extraños). Se llamaba Amy. No sé si la tienda seguirá existiendo. No sé lo que duran esas cosas en Utah (por aquí, más bien poco). El caso es que fue ella la que me descubrió esta banda. Me los describió como «una mofeta arrojada a la tienda de campaña de los estoicos evangelistas del bluegrass» (así los definían en la página de su sello). Me los pinchó a todo trapo en la tienda y fue un amor a primera escucha. Mucho más hermanos Ramone que hermanos Osborne, como también decían en aquel genial texto de presentación, más de botas con puntera de acero que de camperas. Y con una energía trepidante. Justo lo que necesitaba aquella maldita ciudad que fundara en 1847 Brigham Young con otros miembros muy rubios de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (esto lo dijo ella, como pidiendo auxilio). Eran de Austin, Texas. Y eran los reyes indiscutibles del «thrashgrass». No apto para los engreídos puristas del bluegrass ni para los farsantes adoradores del «alt-country», que tras oír un par de temas suyos entrarían en paroxismos de inseguridad y tendrían que ser sometidos a años de carísimas terapias (esto lo dicen ellos mismos, en el susodicho texto). Todo muy disfuncional y maravilloso. Con humor, pegada punk y la sana intención de que el bluegrass no acabara pudriéndose en un viejo ataúd polvoriento. Y este Pain by Numbers era el disco que más le gustaba a Amy, la chica de la tienda que leía a Willy Vlautin. Aparte de temas propios, incluía versiones de Bill Monroe, Dusty Springsfield, The Fletwood Mac y Johnny Paycheck. Y me aseguró que en directo eran otra dimensión. Ella los había visto ya dos veces. El caso es que para hacer esta breve reseña me he puesto a bichear para ver en qué andan ahora, porque años después les perdí la pista. Y en la página de Bloodshot Records se puede leer este mensaje demoledor: «Debido a la indiferencia cultural, las penurias interpersonales y la necesidad de pagar las facturas, la banda se ha disuelto y actúa muy rara vez. Pero os lo haremos saber cuando vuelvan a juntarse». Puta vida. Ya que estaba, he mirado también en Google Maps. La tienda de discos de Salt Lake City ha cerrado (ahora hay un restaurante). Y no sé qué habrá sido de Amy (tenía un myspace y un número de teléfono que ya no existe). Así que me pongo bien alto el «The One I Love Is Gone» y lloro.

DADDY LONG LEGS

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Lowdown Ways

(Yep Roc Records, 2019)

Prefieren los sitios húmedos y oscuros, como las cuevas o las bodegas (o, mejor incluso, los garajes, origen de todos estos ruidos gozosos) y son muy comunes en zonas urbanas (concretamente, en Brooklyn) por sus hábitos sinantrópicos, esto es, su capacidad de adaptación a las condiciones ambientales creadas o modificadas como resultado de la actividad humana (la actividad de los brooklynitas en este caso, aunque no hayan dejado de girar por todo el mundo desde que sus huevos eclosionaron en la sombra). Antes de proseguir con su morfología y sus hábitos alimenticios, convendría ir aclarando que no estamos hablando de las arañas araneomorfas que describiese allá por 1850 el entomólogo alemán, especializado en aracnología, Ludwig Carl Christian Koch. No hablamos de fólcidos, o bueno, no tanto, no hablamos de esas arañas de sótano o trastero (bueno, la verdad es que un poco sí, bastante), arañas carpintero, conocidas comúnmente como arañas «daddy long-legs», «papi patas-largas», sino de una banda de Brooklyn (nada que ver con las otras cuatro bandas del mismo nombre que corretean por distintos callejones), hombres araña de allí mismo, del barrio, que también tejen sus telas irregulares y enmarañadas (su embriagadora mezcla de blues, rock garajero y soul gutural en la que se puede rastrear fácilmente la ponzoña de Howlin' Wolf, Captain Beefheart, Flamin Groovies, Dr. Feelgood y MC5), en las que envuelven a sus presas antes de devorarlas (porque más que conciertos, sus actuaciones son ceremonias arcanas, eucaristía, ebriedad, juke joint y santo sacrificio, crudeza, actitud e intimidación, lo que viene siendo rock and roll del bueno, cualquiera que haya asistido y sobrevivido a una de sus misas podrá atestiguarlo, y vaya por delante un aviso: no hay antídoto, lo bailará hasta tu abuela, aunque lleve diez años muerta). Como dicen por ahí, y está bien advertirlo, no son otros estridentes pateadores de blues. No son una pandilla chunga (de cutres, no de peligrosos) de blanquitos con sombreros Fedora que perpetran un blues aguado y cansino y que, a la mínima que te descuides, te defecan una versión criminal del «Sweet Home Chicago». No. Aquí no hay pose ni higiene. Tampoco hay escuela. Aquí lo que hay es buena vomitona de blues incendiario. Barbacoa de bosque adentro. Pez venenoso de río. Pantano y cerveza tibia. Música para dejar huellas de sangre y sexo en el limo. Si no los tienes delante en vivo, ponle bien de «bass», baja un poco el «treble» y sube el volumen sin cuidado hasta que te aparezcan en la puerta los vecinos enarbolando antorchas y una soga de nudo corredizo.

CORY BRANAN

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The No-Hit Wonder

(Bloodshot Records, 2014)

Ir a donde la canción quiere ir. No atarla ni domarla. Dejar que corra, como un caballo salvaje. Y si la canción precisa un sintetizador analógico, pues meterle un sintetizador analógico, aunque los gendarmes del country y de la «americana music» se lleven las manos a la cabeza y se santigüen como beatas ofendidas ante la exhibición de unos esplendorosos genitales. Por eso siempre hay alguien que se va de sus conciertos clamando al cielo. Demasiado country para el rock y demasiado izquierdista para el country, demasiado comprometido para el country, y demasiado punk también, aunque no tan punk para el punk, demasiado country para el punk, y luego demasiado Memphis para Nashville y demasiado Nashville para Nueva York, demasiado Cory Branan para lo que sea. Pero eso es también lo que le ha hecho ganar nuevos adeptos. Esa originalidad radical. Aparte, hay pocos que compongan como él. Simple cosa de no poner riendas a sus canciones. Al final, un secreto a voces. Chuck Ragan lo ha afirmado rotundamente: «es el mejor narrador de historias de nuestra generación»; y los de Lucero hasta llegaron a declararlo abiertamente en «Tears Don't Matter Much», la canción de su cuarto disco, el glorioso Nobody's Darlings del 2005: «Cory Branan tiene algo malvado / y una habilidad con las palabras que hace que te pongas de rodillas. / Oh, puede hacerte el concierto más salvaje y puede ser el cantante más tierno». Porque lo mismo te hace un «fingerpicking» que ya más quisieran los folkies trasnochados del Greenwich Village de los años sesenta, que te descerraja unos guitarrazos brutales de un proto-punk triturador que dejaría calladas hasta a las bandas más cafres que berrearon en el sufrido escenario del CBGB. No en vano, militó en su día en una banda de black metal (los Black Like Me) e incluso llegaría a ser el líder de una banda tributo a Black Sabbath. Y eso deja su poso. Es inevitable. Pero luego está también esa profesora de literatura, Evelyn, bendita sea, que le descubrió a Neruda, a Raymond Carver y a Henry Miller. Una señora mágica, según declara el propio Branan. Un hada madrina. A veces pasa, si tienes suerte (porque lo cierto es que hay otros profesores que te matan el espíritu en cero coma). Le animaría a escribir, y cuando al final se pusiera, tendría tres claros referentes: Tom Waits, John Prine y Leonard Cohen, de ahí esa cosa tan conversacional que tienen sus canciones, ese halo poético y al mismo tiempo engañosamente feliz, ese tono que te hace sentirte tan tranquilo escuchando sus letras, esbozando una media sonrisa, hasta que, de pronto, te mete el cuchillo. Los compañeros de ruta a lo largo de estos años nos pueden dar una pista de por dónde van los tiros: aparte de Lucero y Chuck Ragan, ha colaborado en sus discos la buena gente de The Gaslight Anthem, Two Cow Garage y el Drag the River del inmenso Jon Snodgrass, tres de nuestras quizá cinco bandas favoritas de todos los tiempos. Y, claro, los francotiradores de Bloodshot Records lo tuvieron claro desde casi el principio. Este es su tercer disco con ellos (quinto de su carrera). Y ya no lo sueltan, eso seguro. En este The No-Hit Wonder la lista de colaboradores que han querido sumarse también quita el hipo. El ubicuo Jason Isbell, para empezar, que últimamente está en todas partes, y que no duda en decir que este «es uno de esos raros discos que te hacen pararte de vez en cuando, una y otra vez, para procesar lo que ese puto y loco bastardo que canta te acaba de soltar a bocajarro. Muy brillante»; pero también Tim Easton, Austin Lucas y Caitlin Rose, la crème de la crème del alt-country underground. Resumiendo: «Bocato di cardinale».

THE MOTHER TRUCKERS

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Let's All Go To Bed

(Funzao Records, 2008)

Este es el tercero de cuatro, y lo reseñamos porque fue el primero que entró en nuestro rancho, porque fue el disco por el que conocimos a Zee y a Collins (por el que nos enamoramos de Collins), y porque es una auténtica fiesta, de principio a fin. Medicina buena. Una inyección de energía. Venían de Austin, Texas. Country, blues y guitarras potentes, pero se habían conocido en el área de la Bahía de San Francisco, tras una noche de micrófono abierto, en una jam de blues en San Rafael. Ray Benson, de Asleep At The Wheel, fue quien les dijo que en Austin lo petarían, y así fue como recabaron en la «Capital del Mundo de la Música en Directo», concretamente como residentes del mítico Continental Club, donde la cosa cuajó, ¡y vaya cómo! Un directo a medio camino entre lo que sucede en la pista de baile de un honky-tonk y el foso del pogo, el «mosh pit» del concierto de una banda de hardcore-punk, vamos, una mezcla explosiva de George Jones con H.R. de Bad Brains. No tardarían en subirse al escenario con Willie Nelson, Merle Haggard, Shooter Jennings y, más acorde a lo suyo, con los gloriosos Supersuckers de monsieur Spaghetti, antes de regresar victoriosos al condado de Marin, porque en el fondo no son más que unos chavales de California, y porque allí es donde están sus amigos y su familia. El océano y los bosques de secuoyas de su juventud, aunque suene un poco hippie, como reconoce el propio Zee. Pero claro, es que es muy difícil no sonar un poco hippie si te has criado y crecido en California. Aunque aquí, en este tercer álbum, como en los dos anteriores, grabado en Austin, de hippie más bien poco. Desde el «Dynamite» que abre el disco, con un título muy ajustado a lo que suena, todo es, como decíamos al principio, una fiesta. Como dicen por allí, no hay más que oír los cuatro primeros temas: auténticos «barn-burners», un término cuya traducción literal no puede ser más expresiva, «incendia-graneros». Música para pegar fuego a la pena y saltar/golpearse de alegría, o de rabia «against the machine». Y, como una declaración de principios, en medio del disco, como una mina antipersona, una versión del «When I Get My Wings» en plan «country waltz», del inmenso Billy Joe Shaver, para que nos tomemos un respiro antes de volver al foso, a las patadas y a los golpes, que Teal Collins canta, además, de un modo estremecedor: «si no puedo evitar al diablo, le escupiré en el ojo, y cuando consiga mis alas, volaré, me iré volando de aquí, cantando». El resultado de todo esto no es que sea novedoso ni original, pero es imposible no rendirse a los pies de tanta energía y entusiasmo. Una banda de caer, sangrar un poco, apretar los puños, hincar la rodilla, levantarse tambaleante y volver a la pelea. Y de los huesos rotos y los hematomas, ya si eso, nos ocuparemos mañana.

TRAMPLED BY TURTLES

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Life Is Good On The Open Road

(Thirty Tigers, Banjo Dad Records, 2018)

Todo esto transcurre en Duluth, ciudad natal de Bob Dylan, un lugar muy extraño, probablemente por eso mismo, por lo de haber visto nacer a Dylan, lo cual no es de extrañar, aún siendo de lo más extraño. El propio Dylan habla de Duluth en su Crónicas Volumen 1 (¿llegará a haber algún día un Volumen 2?, probablemente no, y a nadie debería extrañarle). Dice: «Lo que más recuerdo de Duluth son los ciclos de color gris pizarra, las inquietantes sirenas de los barcos, las tormentas violentas que siempre parecían venir a por ti y los despiadados y aulladores vientos procedentes del gran y misterioso lago negro en el que se levantaban traicionera olas de tres metros. La gente decía que adentrarse en el agua era un suicidio. La mayor parte de Duluth se asienta en una pendiente. No hay un centímetro de tierra llana allí. La ciudad está construida sobre una cuesta, y siempre te ves subiendo o bajando». Y esto antes de hablar de Leif Erickson, el vikingo que llegó allí antes de que los Padres Peregrinos tropezaran con la Roca de Plysmouth. Todo muy de principio de un relato de Lovecraft. Pero no estamos hablando de Dunwich ni de Innsmouth, sino de Duluth, allí arriba, en la zona del Lago Superior, a mitad de camino entre Minneapolis y Thunder Bay (ya en Canadá, al noroeste de Ontario), una pequeña ciudad rodeada de bosques, colinas, ríos y lagos, en la que según sus habitantes, existe una vibración bajo el suelo en pendiente tan palpable como difícil de definir. Noventa mil habitantes y más de ciento cincuenta bandas locales. Per cápita más bandas que en cualquier otro lugar del mundo. Algo bastante extraño y escalofriante, más que cualquier mito de Cthulhu. Como dice Ryan Young, violinista de Trampled by Turtles (un nombre de lo más extraño, claro), «aquí todo el mundo se conoce y hay un montón de gente que toca en más de una banda». De hecho él tocaba antes la guitarra en un grupo de speed metal, en varias bandas de rock y jazz y hasta en una tropa de hiphop. Lo mismo cabe decir de los demás miembros de Los Pisoteados por Tortugas. Una banda que empezó siendo, para todos, un «proyecto paralelo», como tanto les gusta decir a los músicos que van ahora, con la que está cayendo, de modernos. No fue premeditado. Estaba en el aire. El aire extraño de Duluth. Guitarra acústica, mandolina y banjo. La cosa cuajó (gracias, por cierto, a unos ladrones que le robaron el coche con todo el equipo a Dave Simonett, líder del grupo, dejándole solo con una guitarra acústica). Cinco discos después ya no son ni proyecto ni paralelo. Claro que esto no es el bluegrass de tus abuelos. La estridencia y el tempo del speed metal que se trajo Ryan Young de su pasado tambaleante acabó inseminando el folk y el country tradicional de sus compañeros. Ahora ya hay gente que no los considera bluegrass. Han inventado un género nuevo: el speedgrass, bluegrass metal de la zona de los Anishinaabe, las naciones Ojibwe y Chippewa. Un bluegrass extraño, como no podía ser de otra manera. Con tintes de Townes Van Zandt, Ralph Stanley y, por supuesto, Bob Dylan, que, si me apuran, es un poco el horror oculto de todo esto, el extraño caso de Dexter Ward, o el Herbert West, reanimador, poco menos. Este Life Is Good On The Open Road es su último álbum hasta la fecha después de un silencio de cuatro años que necesitaron para descansar un poco de sí mismos. Pero la magia sigue. Esa maravillosa extrañeza.

THOM CHACON

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Blood in the USA

(Appaloosa Records, 2018)

Lo descubrimos en julio del año pasado, cuando nos hicimos con el disco When the Wind Blows: The Songs of Townes Van Zandt. Al final de aquella reseña mencionábamos de pasada «el jubiloso descubrimiento» de Thom Chacon, con su escalofriante versión del «Still Looking for You», y decíamos que volveríamos a hablar más detenidamente de él. Bien, pues ha llegado el momento de hacerlo. Blood in the USA, su último álbum hasta la fecha, editado por el sello italiano, tiene todos los ingredientes que nos gustan. Para empezar hay un claro posicionamiento por los desheredados, por los miembros olvidados de la sociedad. Y no solo por las historias que cuenta, sino también por el modo en que lo hace, al más puro estilo Woody Guthrie (la misma senda que recorre nuestro admiradísimo Lance Canales), con sencillez, algo que, como muy bien subrayaba Mary Gauthier al hablar de la rica imaginería de sus canciones (coincidieron en Italia en el Festival Internacional Townes Van Zandt), no hay que confundir con falta de profundidad. Californiano de padre hispano y madre libanesa, con cinco hermanas (que no es dato baladí, lo de criarse entre tanta hermana, en términos de sensibilidad y percepción). Existe una cinta en la que se puede escuchar a un Chacon de tres años haciendo una rendida versión del «Rhinestone Cowboy». El crío ya apuntaba maneras. Su abuelo fue ayudante del sheriff en Silver City, Nuevo México, y formó parte de la cuadrilla que salió a capturar a Billy el Niño. Hay esa épica crepuscular. Mucho western, mucho John Ford. Su madre era muy fan de John Wayne. Esas imágenes y esas bandas sonoras conformaron el paisaje de su infancia. Glen Campbell y Jim Croce fueron sus héroes. También Smokey Robinson. Y los Beatles del Rubber Soul, el sexto álbum de estudio de la banda inglesa. Pero lo que le rompió la cabeza fue ver a Kris Kristofferson. Desde entonces, tanto melódica como literariamente, sería su ejemplo a seguir. Con veintipocos se trasladó a Los Ángeles en busca del «Diablo de Lengua Plateada», en busca de la fama y la fortuna. Pero enseguida vio que necesitaba algo más auténtico que aquellas infructíferas noches de neón y micro abierto. Vanidad y pretensión. Así que consiguió un trabajo en un rancho en las estribaciones de la ciudad. Aprendió a montar y a ocuparse de los caballos. Eso también se transmite de alguna manera en sus composiciones. Ese cuidado artesanal. Ese susurro y esa doma. Luego vendría Durango, Colorado, donde fue guía de pesca. Las montañas de Nuevo México y Colorado harían el resto del trabajo. Un paisaje así te deja marca. Te quita la tontería. Y claro, su voz, grave, arenosa, también ayuda. Por momentos uno cree estar escuchando al Ryan Bingham más acústico y descarnado. Este disco, grabado en un solo día y guardado en un cajón durante un par de años, macerándose bajo el Apocalipsis Trump, es su Nebraska, su The Ghost of Tom Joad. Un disco comprometido y urgente que habla de esta América de muros y odios renacidos. Y de la gente que la padece. «A Bottle, two guitars and a suitcase». Escalofríos.

GRAHAM STONE MUSIC

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Bad News

(Graham Stone Music, 2019)

«Cuarenta y seis patrocinadores contribuyeron con 9.081 dólares para que este proyecto se pudiera realizar». Kickstarter, un avatar de la miseria de los tiempos escuálidos que nos ha tocado vivir. Mecenazgo sin el glamour de los Medici florentinos o los Montefeltro de Urbino, sin Papas ni reyes, muy de andar por casa mientras anda medrando la mierda en las grandes compañías (y superficies), todo muy de capa caída, eurovisivo y de reality show, con concentración excesiva de gonadotroprinas, mucha ovulación y mucha espermatogénesis (y así suena luego todo como suena, que como decía Woody Allen, le entran a uno ganas de invadir Polonia). Pero hay vida y esperanza en los márgenes (aunque haya que despejar mucha maleza). Graham McCune Stoll, escritor de canciones, músico y ser humano (por este orden), joven nacido en Manassas, pero residente en Richmond, Virginia, se lo toma muy en serio y, tras su primer álbum, Until the Day, que Ron Wray reseñó muy positivamente en la revista No Depression en julio de 2017, destacando sus letras y comparando su voz con la de James Wilson, de Sons of Bill (en los registros graves, en el énfasis oscuro), «canciones de Virginia» como él propio Graham (por Gram Parsons, según sus padres) responde cuando se le pregunta qué hace, ha tenido que recurrir al «crowdfunding» para sacar adelante su segundo disco. Objetivo de 9.000 dólares superado en un mes, y aún le sobraron 81 dólares para invitarse a unas cervezas y celebrarlo con la familia y los amigos. Porque la cosa va de eso, y poco más (que ya es mucho). Contar historias, así de sencillo (y así de complejo). Algunas canciones son sobre la gente de allí, otras sobre los sitios, otras son más bien perspectivas y otras una mezcla visceral de las tres anteriores. Así lo cuenta él mismo, que dice además que es mejor persona cuando escribe y hace música porque le ayuda a recordar para qué está aquí y qué sentido tiene tanta fatiga. Al final es una cosa de raíz. Intensamente personal y honesta. De compartir con los vecinos en el porche. Una cuestión de elección, de cómo involucrarse con el mundo que te rodea, aunque ese mundo se circunscriba a un pequeño rincón perdido de las montañas de Virginia que, a fin de cuentas, es el mundo entero, porque los sentimientos y los acordes son siempre los mismos, tanto aquí como en la China Popular, y de ahí nuestra vecindad, esa cosa de sentirnos muy bien recibidos en su porche (siempre que aportemos aunque solo sea un cartón de seis cervezas), cuando nos sentamos a escucharle. No en vano, «It's like the whole world's got the blues» es la frase de la canción que da título al disco («Bad News») que parece atravesar el resto de las canciones, un sentimiento que él mismo parece llevar tatuado en los huesos. Y la verdad es que todos andamos en esas.

MOLLY TUTTLE

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When You're Ready

(Compass Records, 2019)

Veintisiete años llevaba la International Bluegrass Music Association dando premios a diestro y siniestro, nunca a diestra ni a siniestra, hasta que por fin, en 2017, por primera vez en su prestigiosa historia y porque ya era del todo imposible hacer la vista gorda (porque les daba mil vueltas al resto, la verdad sea dicha), nominó a una mujer en la categoría de guitarrista del año. Con 24 años, nativa de California aunque trasplantada a Nashville, Molly Tuttle no solo tuvo la desfachatez de ser nominada, sino que también se alzó con el trofeo. Y al año siguiente también. Al año siguiente incluso más: seis nominaciones y dos victorias, como si se avecinase el Fin de los Tiempos. Y es que se ve que el contingente tradicionalista ha empezado a consentir, o a morirse. Se ve que, por lo que sea, chochez o desahucio, los señores del banjo y la mandolina, han empezado a ceder ante las habilidades de las mujeres virtuosas (no de virtud, que es cosa de viejos babeantes recién desembarcados en la Roca de Plymouth, no lo del hábito de obrar bien, quedarse en casa, preparar la cena y abrirse de piernas cuando yo lo diga, disposición del alma para las acciones conformes a la ley moral –que es la ley de mis santos cojones–; sino de virtuosismo, del dominio de la técnica, maestra indiscutible del «flatpicking», el «clawhammer» y el «cross-picking» –verla tocar es magia pura– y del si tienes hambre, ahí está la nevera, porque yo ya no estoy aquí para tus mierdas y tengo cosas mucho mejores que hacer, como, por ejemplo, llevarme de calle todos tus premios y defecar en ellos). Los tiempos están cambiando, ahora parece ser que sí, querido Bob (aunque todavía quede un largo camino por recorrer). Desde los ocho añitos tocando la guitarra y debutando a los once con su padre, Jack Tuttle, multi-instrumentista bluegrass y profesor de música. A los quince entra en la banda familiar, The Tuttles, y luego ya sola, a lo suyo, premios, colaboraciones, clases de guitarra en las que solo hay hombres porque, la guitarra, hasta ahora, vaya usted a saber por qué, es de entre todos el instrumento más degenerado (y no por la degeneración celular sino por lo de la identidad de género, aunque bueno, un poco sí, lo de degeneración, lo del deterioro estructural o funcional de las células, lo de la pérdida progresiva de la normalidad psíquica y, de nuevo, moral: cosa de hombres marcando paquete, como si el traste fuese un fantasioso avatar de sus tristes pollas). Desde su primer EP, Rise, ya la cosa es imparable. Energía y juventud para todas esas articulaciones anquilosadas y llenas de prótesis del viejo bluegrass achacoso. Molly no ha parado de cosechar premios y ganar adeptos que intentan emular su innovador estilo. Junto a Alison Brown, Missy Raines, Sierra Hull y Becky Buller forma parte del súper-grupo The First Ladies of Bluegrass. Porque sí, porque se puede, porque ya están aquí y no piensan marcharse. Porque no todo va a ser Old Crow Medicine Show, señores por todas partes. Molly Tuttle era algo que, tarde o temprano, tenía que suceder. Y, por fin, ha explotado. En términos astrofísicos: Enana Marrón, Nebulosa Planetaria o Supernova.

IAN NOE

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Between The Country

(Thirty Tigers, 2019)

Por aquí lo vimos abriendo para Colter Wall. Me dice un amigo músico que lo de «telonero» está feo, y yo le hago caso, el mismo caso que casi no le hicimos a Ian Noe cuando telone... ¡abrió! para Colter. Quién nos iba a decir que ya estaba trasteando en el guiso Dave Cobb, productor no solo de Colter Wall, sino también de todo lo bueno que le ha pasado a la música americana en los últimos tiempos: Sturgill Simpson, Chris Stapleton, Jamey Johnson, Shooter Jennings (los discos buenos), Anderson East, Jason Isbell… La lista es abrumadora. Y con solo 44 años (por aquí hay un nombre para eso, y sí, hijos de puta, hay que decirlo más). Y ahora resulta que el joven de Beattyville, Kentucky (población: 1200), de donde salió por primera vez hace solo dos años (precisamente cuando le vimos por aquí) está telonean… ¡abriendo! para John Prine y Son Volt. Habla poco (pudimos comprobarlo). Como dice y percibe Andrew Paul en la entrevista que le hace en el Honky Tonk BBQ, junto a la puerta del Thalia Hall de Chicago, parece como si reservara las palabras para las letras de sus canciones. Una entrevista bastante complicada, según confiesa. Casi monosilábica. Cosa muy de allí, que aún tiene muy presente: los Apalaches. Al terminar el instituto intentó crear una banda en Louisville pero, tras la gran recesión, el mercado laboral no estaba lo que se dice boyante y tuvo que volver a casa para amoldarse a los turnos de doce horas de los yacimientos petrolíferos, donde casi pierde «una puta mano». Es en ese momento cuando la que va a ser su representante, Mary Sparr, el hada madrina de esta historia, se fija en él y cambia el curso de la historia. Primero un EP (Off This Mountaintop, que pudimos adquirir cuando telone… ¡abrió! para el canadiense en su gira europea), luego tocar en un tributo a John Prine, su héroe (dignísimo sucesor; hay canciones en los que el parecido, voz y fraseo, jubiloso, resulta escalofriante) y, por último, y todo esto en menos de dos años, este primer álbum que hoy reseñamos, aún con la boca abierta, producido por el mago Cobb (que también se encarga de algunas guitarras). Un disco sobre Kentucky, sobre su gente y sus paisajes, sobre el sueño imposible de dejar atrás «Appalachia», otra vez, y disculpen por la recurrencia, como en los cuentos de Ann Pancake, Tierra vencida. Adicción, muerte y pérdida («Meth head», «Junk Town»). Noe también se refiere a ideas adaptadas sin reparo de dos de sus series favoritas, True Detective y Justified. Esa misma desolación sin posibilidad de fuga que es la suya, la de su propia familia y sus conocidos. Sin edulcorantes. Alguien para ver y escuchar en silencio. Kriptonita (necesaria) para los tonticos con sombrero del «line dance» segoviano. Canciones con manchas de crudo y olor a cocina de meta.

WILLIAM ELLIOTT WHITMORE

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Kilonova

(Bloodshot Records, 2018)

La cosa es como sigue. Dos estrellas de neutrones (o una estrella de neutrones y un agujero negro) se fusionan a partir de un sistema binario. Se desintegran los iones pesados producidos y expulsados de forma isotrópica durante el proceso de fusión y se emiten fuertes señales de radiación electromagnética. Algo parecido a una supernova (Ray Lamontagne), pero más corta y con menor emisión. También se cree que es origen de explosiones de rayos gamma de corta duración y la fuente más predominante de elementos estables pesados en el universo. Aunque pueda parecerlo, no estamos hablando de astronomía, sino de un disco de versiones, de lo que debería ser siempre un disco de versiones: fusión de estrellas, emisiones infrarrojas y explosión de rayos gamma. Si no, ni te molestes. Nada de imitaciones o tristes rendiciones. El granjero de Iowa lo advierte sucintamente en las notas del disco. «Estas canciones no las he escrito yo, pero me gusta tocarlas y cantarlas y espero que vosotros disfrutéis escuchándolas…». Hacer un disco de versiones y que te salga tu obra más personal. Hay que ser muy Saturno devorando a sus hijos, muy agujero negro o muy estrella de neutrones para lograr eso, para lograr que sean tuyas, para lograr que parezcan compuestas a tu medida, como si hubiesen estado metiendo las narices en tu correo, hay que ser muy mala bestia o muy Hombre de Negro para robarle la novia a Trent Reznor como hiciera, hablando de hombres/agujeros negros, Johnny Cash con el «Hurt» de los Nine Inch Nails. En el trayecto de ser un amante y fan de la música a convertirse en un creador musical, cuenta William Elliott Whitmore, nunca perdió el sentimiento de sobrecogimiento que te entra al escuchar una buena canción. Como todo el mundo (y ya lo apuntamos en este mismo Blog hace tres años, cuando reseñábamos su Radium Death), disfruta con toda clase de música, desde el country con el que se crió gracias a sus padres, hasta las bandas de punk rock y avant-garde que descubriría más tarde. Lo mismo da, siempre que la canción sea buena. Para su paso a Bloodshot Records ha recolectado diez temas que llevaba mucho tiempo deseando compilar. Diez temas que llevaba años interpretando en sus conciertos y a los que quería dar un pequeño hogar, sin más pretensión que la de compartirlas con la gente. Pura radiación electromagnética. Canciones que, pese a sus diversas procedencias (Magnetic Fields, Harlan Howard, Johnny Cash, Bad Religion, ZZ Top, Bill Withers, Red Meat, Jimmie Driftwood, Captain Beefheart, Dock Boggs: estrellas de neutrones), nunca han sonado tan orgánicas como aquí. William Elliott, con su banjo y su cosa de predicador rural sacado de un cuento de Flannery O'Connor, con su garganta rasposa de disco viejo de 78 rpm, las ha devorado, las ha regurgitado y ya son otro fenómeno, mucho más que una suma (si no eres capaz de colisionar así, dedícate a otra cosa). Ha desintegrado los iones pesados de la fusión y la música resultante, os lo advertimos, es pura radiación electromagnética.

EMILY DUFF

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Maybe in the Morning

(Mod Prom Records, 2017)

Como toda buena historia, esta se origina con Dioses y Monstruos. En Nueva York. A principios de los noventa. En sitios como el Knitting Factory y el CBGB. Imagínense qué monstruos y qué dioses. Al parecer el nombre procede de una cita de La novia de Frankenstein (1935): cuando el Doctor Pretorius brinda con acento europeo muy fuerte por «¡un nuevo mundo de dioses y monstruos!». Gary Lucas, que había sido guitarrista de Captain Beefheart, lo vio claro y decidió llamar así a su nueva banda de rock psicodélico: Gods and Monsters. En la banda militaría durante un tiempo el bueno de Jeff Buckley, al que luego reemplazaría como vocalista Emily Duff antes de emprender su carrera en solitario de la que este Maybe in the Morning es su segunda y más reciente entrega (ahora anda metida en un proyecto de góspel y solo escucha a Mavis Staples, de manera obsesiva). Ya ven, por tanto, de qué clase de dioses y monstruos estamos hablando. Rosanne Cash, que aparece en los agradecimientos del disco, desde su reencarnación neoyorquina, especie de madrina, hija de una diosa y un monstruo, dice que este es su trabajo más potente hasta la fecha. Nos fiamos de ella. No en vano (y pueden atestiguarlo los que la han entrevistado en su apartamento del West Village), Emily Duff es chef y respeta los ingredientes. Sabe de colores, texturas, presentaciones y sabores. Y esos conocimientos los ha incorporado a su música. El respeto al detalle es la única vía hacia la autenticidad. Y estamos hablando de country soul. De ahí lo de irse a Alabama a grabar estas canciones, concretamente a los estudios FAME de Muscle Shoals (¡Amén!). Garantía de calidad. Ella dice que grabar allí fue una experiencia profundamente espiritual. Lo dice todo el que cruza esas puertas. Entrar en esos estudios es como entrar en una iglesia. Grabar este disco fue como ir a misa. Y la cosa viene, además, con pedigrí. Hay una biografía promocional que corre por ahí en la que se explica todo. Comienza diciendo: «Emily nació en Flushing Queens y fue criada por un paquete de tabaco. Su madre le enseñó cuatro acordes perfectos y luego la dejó a su suerte para que se las arreglase sola con el resto. Armada con una guitarra eléctrica de cuerpo hueco y la furia suficiente para arrasar un país pequeño, Emily se abrió camino hasta el CBGB y ya nunca miró atrás». ¿No se mueren ya por escucharla? Las comparaciones son odiosas, pero de nuevo vuelve a salir a la palestra el nombre de Lucinda Williams. Recurso de vagos y pelafustanes, a los que, aunque solo sea por citarlos, maldita sea, nosotros también nos sumamos. Voz arenosa y mucho «groove» sureño de pantano. Tórrida y seductora. Letras sudorosas, como escenas sacadas de una obra de Tennessee Williams (pasado por el tamiz del off-Broadway). Al final de una entrevista le pedían a Emily que le dirigiese unas palabras al lector. Dijo esto: «Deja ya de juguetear con tu iPhone, despídete del DJ y recuerda que las canciones buenas y las guitarras salvan vidas. ¡Ve a ver música en directo!». Así que ya saben. ¡Oído cocina!

BRAD ARMSTRONG

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I Got No Place Remembers Me

(Cornelius Chapel Records, 2018)

La historia empieza como muchas otras historias. Libro Primero de Moisés, Génesis 1, «La creación»: en el principio hubo una banda de rock and roll de Birmingham, Alabama. Una historia familiar, por no decir anodina. La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Un hombre se encuentra con una guitarra, ese hombre conoce luego a otro hombre que tiene un bajo, después los dos hombres se topan con otro hombre que tiene una batería y desde su garaje deciden cambiar el curso de la historia del rock and roll. Le siguen diez o doce años de Éxodo, Levítico y Deuteronomio, multitud de conciertos (bajo la denominación 13ghosts, una banda gótico sureña, algo así como Lynyrd Skynyrd con la imaginería de Faulkner y del Apocalipsis, para que se hagan una idea, mucho kudzu y mucho alambre de gallinero, historias de buscavidas, borrachos, «good ol' boys» y toda clase de perdedores a la deriva, la calaña de ese Sur mitad mito mitad realidad que puebla las historias de Flannery O'Connor, Harry Crews, Padgett Powell y Barry Hannah, de quienes el primer hombre se declara forofo irredento, todo ese fatalismo de la literatura sureña, nada que ver con la delicadeza de un Salinger, por poner un ejemplo de lo más discreto…), algunos discos (seis entre 2000 y 2012) y no muchos dólares. Ni que decir tiene que no lograron cambiar el curso de la historia del rock and roll, claro. Ya hemos anticipado que se trata de una historia bastante familiar, por no decir anodina. El nombre de aquel primer hombre es Brad Armstrong y, por supuesto, en toda esta historia del origen hay otros nombres, pero como él mismo dice en su biografía, prefiere dejarlos en el anonimato, y no por amargura, sino por amor. El caso es que en el largo camino a Damasco encuentran de vez en cuando una pepita de oro, pero sobre todo lingotes de plomo. Una historia muy familiar, ya digo. Al menos hasta el momento en que interviene de repente la divina providencia, humorística y caprichosa: alguien de Pitchfork les hace una reseña y ocurre el milagro. La historia deja de ser tan impertinentemente familiar. Alcanzan cierta notoriedad en la prensa nacional con el tercer álbum, Cicada, que, al poco tiempo, una noche oscura y tormentosa, tienen que retirar del mercado por una denuncia de los herederos de Bob Marley, los mercaderes del templo, a causa de la versión de «Three Little Birds» a la que Armstrong añadió unos cuantos versos de su propia cosecha. Multón inmenso para un sello indie que no puede afrontarlo. Jeremías y Lamentaciones. No está el horno para Salmos. El álbum muere tras un pesaroso calvario. Sus siguientes discos funcionan y son bien recibidos por la crítica, pero ya con el fuego apagado. No digas que fue un sueño. La banda se queda en el escenario, como la Carrie de la película de Brian de Palma –la referencia es del propio Armstrong–, la reina de la promoción empapada en sangre. Algo que da cosilla mirar. De nuevo la misma historia. Descontento en las tropas. Raciones insuficientes. Chinches y gachas. Desilusión. Y también amargura. Choque de egos. Muerte por asfixia de la banda. Cada uno por su lado. Armstrong se larga al Valle del Hudson con su mujer y sus hijas. Se compra un perro y se dedica a la carpintería. Una historia, de nuevo, bastante familiar, esta vez ya más Nuevo Testamento. Aunque seguirá tocando como miembro de los Dexateens, garaje rock de Tuscaloosa, Alabama (con Matt Patton, de los Drive By Truckers). Guitarra y martillo. Canciones sobre beber whisky y romper cosas. ¿Para qué más? Pero no es suficiente. Cuando uno ha mordido la dichosa manzana nunca es suficiente. Y es así que llega, fruto del descontento, su primer álbum en solitario, Empire, publicado con cero fanfarria, cero repercusión en prensa y cero gira promocional. Incluso cero copias físicas. ¿Dónde puedo conseguir el disco? Bit Torrent a punta pala. Y, claro, cero flujo de pasta. Así que de nuevo carretera, tocando con gente del calibre de John Moreland y Charlie Parr. Pero ahora sí parece haber encontrado su sitio. Una suerte de revelación. Ahora está tocando en sitios en los que la gente escucha (esa gente existe). Así que ya poco Gólgota. Y por ese mismo camino llegamos, por fin, a 2018 y a este prodigioso I Got No Place Remembers Me. Americana con carnet de identidad punk y corazón de garaje sureño, como ha apuntado Steven Howlett en una reseña. Basta con oír los casi siete minutos del primer tema, «Brother Ford», una narración oscura a propósito de un granjero pobre que se convierte en predicador. Parafraseando a Howlett: es el «It's All Right Ma (I'm Only Bleeding)» de Dylan, con un chute en vena del «Copperhead Road» de Steve Earle, enunciado con el diabólico brinco saltarín de la Charlie Daniels Band. «Longevidad erigida sobre una base sólida», a decir del señor Howlett. Sobre esta piedra, edificaré mi iglesia, parece estar diciendo Brad Armstrong desde cada corte del disco. Así que no les digo más: volumen a tope y genuflexión.

TODD SNIDER

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Cash Cabin Sessions, Vol.3

(Aimless Records, 2019)

Desde el «Blues hablado del Rock Grunge de Seattle» del Songs for the Daily Planet, el álbum con el que debutó en 1994 tras haber sido «descubierto» por Keith Sykes y John Prine, y el «Blues hablado de la telerrealidad», segundo corte de estas sesiones, han pasado veinticinco años y un montón de sueños que se han ido haciendo realidad, pero ninguno de una manera tan literal como en el caso de este portentoso Cash Cabin Sessions, Vol.3 (y no se me pongan ahora a buscar por ahí, porque ya les aviso yo que no hay ni volumen 1 ni volumen 2). Se trata de un sueño recurrente que Snider empezó a tener tras su primera visita a la cabaña de Cash (la cabaña que construyó Johnny Cash en 1978 en medio del bosque y que luego Rick Rubin convertiría en estudio para las míticas American Recordings), cuando Loretta Lynn le invitó a asistir a la grabación de un par de temas que habían escrito juntos (componer y grabar con la «hija del minero» en el estudio de El Hombre de Negro, hablando de sueños cumplidos). Cuenta Daryl Sanders en las notas del disco que, a los pocos días de aquella visita, Todd Snider soñó que se quedaba dormido en el suelo de la cabaña, sin manta ni almohada, como traspuesto tras una larga parranda, y que alguien se ponía a darle golpecitos en el hombro. Al abrir los ojos se encontraba con el mismísimo Johnny Cash. En los meses siguientes volvió a soñar lo mismo dos veces, lo que le llevó a pensar que allí había algo, un mensaje cifrado, una significación oculta, una suerte de «mojo» o encantamiento. Así que, en octubre de 2015, llamó al hijo de Johnny Cash, John Carter, y reservó unas horas de estudio en la cabaña de Cash para, según la versión oficial, grabar unas demos; en realidad, para ver si se manifestaba algo… Pero nada. Ni poltergeist ni vudú. Más adelante, en la primavera de 2016, volvió a soñar lo mismo. Esta vez el Hombre de Negro no se limitaba a despertarle, esta vez se dirigía a él y le decía: «Todd, te lo estás perdiendo» y le señalaba un rincón de la sala de control. A Todd Snider no le quedó otra que volver a la cabaña. Ahora un fin de semana entero y con la excusa de grabar unos temas con su banda, los Hard Working Americans. John Carter bajó de la colina. Snider le refirió el sueño. John Carter le dijo que justo el sitio donde soñaba que se quedaba dormido era donde había muerto su padre. Se pasó sus últimos días encerrado y grabando en la cabaña, y justo ahí fue donde le instalaron la cama. Snider le preguntó si creía que aquel lugar estaba encantado. John Carter le contestó que sí, que al menos Loretta Lynn juraba que sí, que una noche, cuando Loretta estaba grabando en la cabaña, se la encontró, a eso de las tres de la madrugada, bailando como una jovencita alocada al son de una música inexistente. Al día siguiente, le preguntó qué estaba haciendo a esas horas intempestivas en el bosque y Loretta Lynn le contestó: «Bailando con tu padre». Así que cuando volvió a su casa tras aquel fin de semana, Todd Snider creyó haber descifrado el mensaje. Johnny Cash le estaba animando a escribir y grabar la canción que estaba germinando en todo eso, «The ghost of Johnny Cash»: «When Loretta Lynn goes dancing / With the ghost of Johnny Cash / Father Time takes forever / And makes it look like less than lightning flash / Violins bow into fiddles / Two iconic symbols crash / When Loretta Lynn goes dancing /With the ghost of Johnny Cash», la canción que sería el origen de este Cash Cabin Sessions, Vol.3. Un regreso a sus orígenes folk, justo en la dirección opuesta a la que estaba tomando con los Hard Working Americans. Una vuelta a la sencillez y a la sequedad descarnada del primer American Recordings. Sin concesiones. Totalmente a contracorriente. Casi fantasmal y gótico. Un disco que probablemente no vaya a sonar jamás en la radio, motivo por el que, no en vano, incluye una foto homenaje a Rubin/Cash, de Snider en el porche de la cabaña haciendo el «pájaro» a la cámara, como diciendo que al que no le guste que se joda, porque esto no es ni será nunca el puto Country Channel. Punk total, es decir, folk puro y duro, sin perifollos.

DRIFT MOUTH

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Little Patch of Sky

(Wild Frontier, 2018)

En el glosario de términos mineros del «Kentucky Coal and Energy Education Project», «drift» se define como un pasaje subterráneo horizontal que sigue la veta, que no se entrecruza ni la intercepta. Pero la veta hace tiempo que se agotó, fue el estigma de la región. Todo empezó ahí abajo, en la falta de oxígeno y los desmoronamientos. Después de treinta y siete años trabajando en las minas de Virginia Occidental, el padre de Lou Poster (líder de los Drift Mouth) se retiró, momento en que su hijo contactó con Brad Swiniarski (el secreto mejor guardado de Columbus, Ohio) para formar una banda y grabar un EP de «consumo privado», a lo Elvis cuando se le ocurrió grabar aquella canción para su madre, una especie de regalo de celebración para el señor Poster, no tanto por haberse retirado después de tantos años, sino más bien por haber sobrevivido (algo muy poco habitual en aquellos túneles). Y ahí dieron con la veta. Diez años después de aquel EP (con versiones como la de «Dark as a Dungeon», por supuesto, y algún que otro tema original), surgirían los Drift Mouth. Una banda de hijos y nietos del carbón. Muchos de aquellos abuelos prefirieron irse a luchar a Corea porque sabían que la zona de guerra, por cruenta que fuera, siempre sería mejor que bajar a las minas de los Apalaches. Música de eso, de preferir la sangre de las trincheras. Música de hijos y nietos de una región increíblemente hermosa, casi paradisiaca, pero violada y expoliada desde tiempos inmemoriales, sin miramientos; una región de hombres despiezados y jadeantes. Porque después del carbón vino la fracturación hidráulica y, así, cuando todo parecía indicar que la cosa podía inhalar y recuperar un poco el aliento, continuó impertérrito el curso emasculador de la explotación de recursos. Devastación económica, manantiales que llevaban funcionando más de cien años, repentinamente secos, y ríos con reflejos irisados a causa del derrame incesante de materiales radioactivos (ni se te ocurra comerte ese pez resplandeciente que acabas de pescar). En definitiva, el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento del trash metal o el punk de los Apalaches en el que todos ellos militaron (unos cuantos años en la banda cowpunk Grafton, una formación básicamente «destroza-tímpanos») antes de calmarse un poco y derivar hacia el «americana oscuro» de este Little Patch of Sky, que es la etiqueta con la que los Drift Mouth prefieren definirse, oscureciendo de carbonilla un sonido que parece explotado a cielo abierto, un rock de escombrera que suena como si los Bottle Rockets acabasen de salir de la mina pestañeando al sol y tosiendo, pero sonriendo porque han regresado del infierno.

BECKY WARREN

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Undesirable

(Becky Warren, 2018)

Becky Warren comenzó su andadura en Boston como líder de los Great Unknowns (los Grandes Desconocidos), una banda de esa cosa tan eufemística que algunos prefieren llamar country alternativo para que sus amigos no les retiren el saludo. Y la cosa habría podido seguir así, sin más, otra gran banda desconocida de country alternativo (con la que llegaría a sacar dos discos), de no haber sido por la invasión y la guerra de Irak. Becky se casó con un soldado que fue destinado a Oriente Medio y regresó con síndrome de estrés postraumático. El matrimonio aguantó cuatro años. Y Becky Warren salió de aquel infierno con un devastador primer disco en solitario, War Suplus, la historia de un soldado y su mujer (Scott y June), su propia historia, la de los regresados, o mejor dicho, la de los no regresados del todo, la de los que se dejaron allí algo vital e irrecuperable (también la de los que se quedaron, los que no fueron pero igualmente lo perdieron), aunque pudiera parecer una buena idea en un principio (con toda la fuerza cruda y descarnada de la primera Lucinda Williams, no hay más que oír la demoledora «Seemed Like a Good Idea at the Time», y con referencias literarias del calibre de El eterno intermedio de Billy Lynn's, de Ben Fountain, esa brutal novela, sátira brutal, publicada por los camaradas de Contra y que luego llevaría a la pantalla Ang Lee). Un disco que te puede hacer arder en tu propio dolor hasta que solo queden rescoldos que luego sea imposible avivar. Quedarte en esa ceniza catártica y no volver a ser capaz de volver a componer ni cantar nada. Una especie de curación cataclísmica. Pero no. Dos años después, Becky Warren vuelve a la trinchera. Se muda a Nashville. Busca inspiración. No se toma su obra a la ligera. No vive para los country charts. No es de disco al año porque, si no, se olvidan de ti. Está viviendo cerca del Music Row y un día, paseando, un vagabundo le vende La Farola de allí, The Contributor. Y la semilla queda implantada. De repente empiezan a colarse en su mente las historias de los inquilinos tambaleantes del Drake Motel. Historias que le suenan, que, de hecho, ha vivido en carne propia: rupturas, muertes de seres queridos, la lucha cruenta por alcanzar la quimera de la felicidad. Historias de la trastienda de Estados Unidos. Y Becky Waren sabe hacerlo sin dar la chapa, sin resultar cansinamente política, didáctica ni depresiva. Realismo sucio del bueno. A lo Carver o Wolff. Pero sin olvidar que esto es, principalmente, rock and roll (porque a muchos/as, cuando se ponen estupendos/as, parece que, de pura seriedad y compromiso, se les olvida –y hiede–).

CHARLES WESLEY GODWIN

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Seneca

(Charles Wesley Godwin, 2018)

Probablemente él mismo suscribiría lo que dijo Coppola al presentar en Cannes su Apocalypse Now, cambiando Vietnam por Virginia Occidental y los Apalaches: «Este no es un disco sobre Virginia Occidental y los Apalaches, este disco es Virginia Occidental y los Apalaches». Tal cual. Nativo de Morgantown (la tierra de «Country Roads»), Charles Wesley Godwin es el último de una larga saga de predicadores, mineros, granjeros, empresarios, profesores, borrachines y soldados; y en Seneca, el álbum con el que debuta en estas lides, pinta un retrato rico y honesto de su hogar y su gente, veintiséis años (sí, veintiséis años y ya esta portentosa credibilidad) de vida fuertemente enraizada en los montes Apalaches, la «autobiografía de un chico de los Apalaches», así es como lo describe él mismo. Padre minero y madre maestra de escuela. Abuelo predicador metodista y granjero que, desde que el nieto cumple siete añitos, le enseña a conducir la camioneta de la granja entre historias y más historias de los viejos tiempos. Historias de devastación y de vidas perdidas en la inundación del 85 (y sí, amigo, ya 1985 son los viejos tiempos, lidia con ello). Mucha caza y mucha pesca (más que nada mucho tiempo para pensar y componer, aparte de tener algo que poner en la mesa). Gente incomprendida y trágicamente olvidada. Esa lucha permanente contra la caricatura y el estereotipo. Él iba en principio para futbolista del equipo de los Mountaineers en la Universidad de West Virginia, lo que ya era un primer paso de fugitivo (otro podía haber sido el ejército, las anfetaminas o el suicidio); pero no era muy bueno en el campo y la ganzúa acabaría siendo la música, como lo fue la literatura para Ann Pancake, otra ilustre nativa de las mismas montañas. Igual que ella, Charles Wesley Godwin aprendió enseguida que lo que se come se mata, grita y sangra, como diría Harry Crews. Y como Pancake, también quiso poner tierra de por medio, huir, acosado por la cantinela que parecía y sigue pareciendo resonar en los bosques: «Algún día me largaré de aquí». Y así fue, en su caso Estonia, la cosa báltica, donde tampoco es que haya poco bosque, de hecho la mitad del país es bosque, aunque no se trata del mismo bosque, y donde comenzó a tomarse más en serio lo de la música (ciento cincuenta euros por bolo), quizá como un avatar de la nostalgia, saudade de porche y banjo, morriña de fiddle y bluegrass, y donde, al final, como no podía ser de otra manera, las montañas, las otras montañas, comenzaron a reclamar su regreso. El álbum tardó más de lo previsto en llegar, rascando tiempo de estudio entre bolos y giras interminables, un año en total, contando con músicos de la talla de Eric Heywood (antiguo miembro de Son Volt) para el pedal steel y Ben Townsend (de los Hillbilly Gypsies) para el fiddle y el banjo. Aunque contabilizado en tiempo real, toda una vida para parir finalmente un álbum, como él mismo dice, lleno de «cosas humanas». Un disco apabullante y asombroso ante el que solo nos cabe preguntar (con blasfemia incluida, elige tú la que mejor te sirva) qué vendrá luego…

PATTY GRIFFIN

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Patty Griffin

(Thirty Tigers, 2019)

Para que se vayan apeando los disgustados de turno, para que nadie se llame a error, convendrá decir desde el principio que esto no es, ni pretende serlo, una reseña, sino una descarada, rendida y emocionada declaración de amor. Y una vez aclarado, aunque ni estemos a mediados de marzo, no me duelen prendas afirmar, de manera categórica, que nos encontramos ante el mejor disco del año, es más, de los años, de todos los años, de todos los tiempos, pasados y venideros. Una obra maestra incontestable desde el primer hasta el último acorde. Es ella otra vez. Después de nueve discos. Con un álbum epónimo. Lo que otros hacen para titular su primer trabajo, ella lo hace con el décimo, un disco de lucha, renacimiento y reencuentro. Y más fuerte que nunca. Acústica y poderosa. Entre medias han pasado cosas. Grammys, Band of Joy, Robert Plant, acordes y desacuerdos. Y, más recientemente, su propia batalla personal contra el cáncer de mama (ni me enteré Patty, maldita sea), de la que ha salido felizmente victoriosa. Grabó el disco en su estudio casero de Austin, con guitarras españolas y algo de percusión, un cello, un piano y un trombón para «Hourglass», ese tema tan jazzy que parece salido de los mismísimos callejones de Nueva Orleans, y poco más, su voz, que para nada es poco (probablemente lo sea todo), que como siempre te pone la piel de gallina; grabado, además, durante ese terrible período de lucha y radioterapia (lo canta en «Mama’s worried», nada más empezar: «Mamá se pasa todo el tiempo preocupada / le dice a todo el mundo que está bien / pero está sufriendo mucho y está preocupada / y no quiere que nadie lo sepa»), con el país, por otro lado, desmoronándose social y políticamente. Y es que puede que sea su disco más comprometido hasta la fecha, su poesía habla fuerte y claro de todo lo que latió y vibró en las calles el pasado 8-M. Y todo en este Patty Griffin pone el pelo de punta. Quizá anduviera yo en otras batallas y por eso sus tres discos anteriores, por otra parte fantásticos, no me conmovieron como lo ha hecho este desde la primera escucha. Aquí vuelve a desatarse la energía de aquel descomunal concierto en el Artist Den de hace ya más de diez años que me voló la cabeza. Enamorarse así de una artista y de su trabajo. No me había pasado nunca de un modo tan visceral (de qué hablamos cuando hablamos de amor, en efecto, Raymond). Escalofriante. Luego la cosa se calmó (fue más bien cosa mía, que llegué a una isla); así que es posible que, en esta nueva situación de intemperie, sus canciones me hayan cogido con la guardia baja y me hayan roto y curado como solo ella es capaz de hacerlo (bueno, ella y unos pocos más, no muchos). Porque aquí hay luz, dolor y muchísima fuerza. «Un río es demasiado poderoso / y ella es un río […] Síguela a dondequiera que vaya / Ponte a cubierto cuando se enfade / ahógate en sus lágrimas cuando las cosas vayan mal / nunca te olvides / de que ella es un río / No necesita un diamante para brillar / Lleva aquí mucho tiempo / y ha visto toda clase de rostros / y lugares por el camino / Fue dada por muerta un millón de veces / pero sigue volviendo a casa / con los brazos abiertos / siempre cambiada e indefinible / Es un río». Momento en el que, el que escribe, abandona prudentemente la «reseña» antes de ponerse aún más en evidencia arrodillándose, sacándose el anillo del bolsillo y diciendo: «Patty, ¿quieres casarte conmigo?».

SARAH BORGES & THE BROKEN SINGLES

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Love's Middle Name

(Blue Corn Music, 2018)

Al igual que el EP que le precede (Good and Dirty, exactamente como nos gustan por aquí las cosas, buenas y sucias, sin aditamentos ni profilaxis), la cubierta de este Love's Middle Name, de vuelta con los Broken Singles, es obra del gran Tony Fitzpatrick, el artista de Chicago que viene haciéndose cargo de las cubiertas de Steve Earle desde el I Feel Alright de 1996. Otro detalle a tener en cuenta es la presencia inapelable de Eric «Roscoe» Ambel al frente de la producción (y de las guitarrazas) en el Cowboy Technical Services, su estudio de Brooklyn (para que suene la calidez de los amplis, para que, como dice Jedd Beaudoin, parezca que Sarah está tocando con su banda en tu puñetero salón, con los menos «overdubs» posibles, fumándose tus cigarrillos y bebiéndose tus cervezas), otro vínculo nada desdeñable con nuestro queridísimo «Hardcore Troubadour». Y es que sigue habiendo mucho de esa rabia «hardcore» sin domesticar en Sarah Borges, nativa de Taunton, Massachusetts, la «Ciudad de la Plata», una de las más antiguas de Estados Unidos, mucha de esa fuerza de bruja de Salem que le hace seguir coleccionando, como ella misma dice, «cosas brillantes», refiriéndose a premios y a créditos en series como Sons of Anarchy, a salir de gira con los Strait Jackets o con Big Sandy & His Fly-Rite Boys, o a colaborar estrechamente con Dave Alvin (amén). En todo este tiempo (siete discos) se ha casado, se ha divorciado, ha sido madre y ha logrado llegar a experimentar ese extraño estado del que a veces se oye hablar, la sobriedad, pero en ningún momento ha echado el freno (de hecho, los demonios siguen ahí, «Are You Still Takin' Them Pills», temazo). Sarah sigue teniendo fe en lo que le dictan sus entrañas y, como andan diciendo por ahí, «sigue caminando sobre la delgada línea que separa el punk del country». Pero tampoco es que haya que ponerse a hilar tan fino: se trata de rock and roll sin tonterías, y punto. Indomable e inclasificable, ajena a modas y riéndose un poco de todos esos calificativos de la crítica miope que, en su día, por ejemplo, con menos atino que un algoritmo de iTunes, quiso ver en ella a la nueva Sheryl Crow (como si nos hiciese falta una nueva, o la antigua, ya que estamos). Así que, váyanse ustedes un poquito a la mierda y ahórrense también lo de la Lucinda de los primeros tiempos, de verdad, ni se molesten. Sarah Borges es una madre soltera muy ocupada y no tiene tiempo para gilipolleces. Promete sudor y diversión en sus conciertos, y con eso ya vamos más que servidos. Y, aunque suene muy poco punk, ella ya es feliz así (incluso estando sobria).

JOHN R. MILLER & THE ENGINE LIGHTS

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The Trouble You Follow

(Emperor, 2018)

A veces ocurre, portentos que surgen de la nada, de la noche a la mañana, y uno no puede evitar preguntarse dónde han estado hasta ahora, qué demonios hacían, de qué se alimentaban, qué cosas vieron y padecieron para debutar así, tan de pronto, con semejante autoridad. Claro que hay nadas y nadas. Hay nadas que seguirán siendo siempre nadas por mucho que uno se dedique a llenarlas de cosas. La nada de la que sale John R. Miller, la misma nada de la que salió en su momento Tyler Childers (que haría una versión de un tema de Miller en su reedición del Live on Red Barn Radio I & II) y los Hackensaw Boys (con quienes ha estado girando a cargo del bajo) es una nada bastante relativa: el territorio de Appalachia, una nación interior, más ninguneada que vacía, voluntariosamente oculta, tierra vencida, pero defendida con uñas y dientes. No es el Nashville de los estadios y las grandes compañías, ni siquiera el terreno respetado de los «songwriters» del Bluebird Cafe o de los universitarios de Austin y sus festivales modernos; es bosque, monte y hondonada. Kentucky, West Virginia y North Carolina, donde la música, más que nada, es un recurso natural (como en Oklahoma, está en el agua). Mucho granero de baile, garito cervecero y radio comunitaria. Una nada bien nutrida en cualquier caso, familia Carter y descendientes, tesoro nacional. Así que no tan de la nada ni tan de repente como puede parecer a primera vista. Este es su primer disco con los Engine Light (grabado en cuatro días, por cierto, sin pijoterías tecnológicas ni sofisticaciones vacuas, porque entre trabajos ocasionales y compromisos familiares no hay tiempo para tonterías), pero antes hubo mucho taller, pala y martillo con The Fox Hand y los Prison Book Club. Perros de carretera. The Triggerman, a cargo de esa maravilla que es https://www.savingcountrymusic.com/, lo ha definido magistralmente en la maravillosa reseña que escribió el pasado 4 de septiembre. Paso a traducir lo que dijo entonces porque es imposible decirlo mejor. Cualquier reseña después de la suya se queda tullida, así que mejor me callo y acabo con sus palabras: «Tan real como las curvas pronunciadas de las carreteras de montaña y los cascotes abandonados de antiguos pueblos mineros, John R. Miller teje sus historias de lucha y supervivencia con ingenio poético, honestidad, abandono y una palpable autenticidad. Son canciones tan escondidas en el valle que para dar con ellas uno ha de adentrarse y dejar atrás señales de “Prohibido el Paso”, mestizos de pit-bull con cadena larga y algún que otro abuelo con un rifle cargado sobre la puerta de su cabaña, para luego deslizarse por una espesura en la que los árboles se estrangulan entre ruinas de viejos pozos de minas abiertos. Al final abrirás una puerta destartalada cuyas bisagras oxidadas crujirán anunciándote y allí es donde por fin encontrarás la música que andabas buscando, inmaculada, libre de intereses comerciales y de observancia calculadora a las tendencias del momento. Música que huele a humo de estufa de leña que se niega a tirar y a cerveza Pabst caliente en una lata llena de colillas flotantes». Amén.

MIKE PLUME BAND

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Born By The Radio

(Songharvester, 2018)

Sentir que has esquivado una bala, o lo que es lo mismo, volver con tu familia a Edmonton, al río Saskatchewan, al este de las Rocosas canadienses, después de pasarte veinte años en Nashville. Eso sí, hay que reconocer que estuvo bien mientras duró. Todos sus héroes estaban o estuvieron allí. Podemos imaginárnoslo como a Stephen Dorff en Wheeler, con esa misma expresión de pura emoción al ver el Grand Ole Opry, el Bluebird, el Tootsie's Orchid Lounge. Y ya sin mito, como él mismo ha dicho en alguna entrevista, pasados los primeros asombros, sin llegar a morir en la cumbre, esquivando, en efecto, la bala, o como en el caso del bueno de Wheeler, el trágico accidente catapultador, adaptado y regurgitado por la ciudad: ver a Jack White, de los White Stripes, llevando a sus hijos al colegio, sí, vale, eso puede estar muy bien, es muy humano y tal, pero quizá también signifique que ha llegado el momento de irse. Sentir que la cosa se ha vuelto un poco formularia, bolos y radio. Esa sensación de sacar discos solo para tener algo nuevo que vender en los conciertos, en los muchísimos conciertos. Y sentir que cuanto más vive en Estados Unidos, más canadienses se vuelven sus canciones. Referencias constantes a Sault Ste. Marie, Ontario, por poner solo un ejemplo, el reclamo de lo que viene siendo su inherencia, eso que ellos llaman el «canuckleness», traducido a lo bestia como «canucklismo», una especie de «saudade», que no es otra cosa que morriña, sentirse y ser de origen canadiense y que te gusten los donuts (especialmente los de Tim Horton), las mujeres y el hockey, puede que no todo a la vez, según afirman los más sentidos, aunque todo a la vez no duela. Por no hablar, claro, del nuevo sonido country (Tim McGraw y su cochina descendencia, todo ese «outlaw» de pose y palo), ni del clima político (Trump y sus mierdas). A tomar por culo la doble ciudadanía. Ha llegado el momento de volver a casa (su mujer y su hija se lo ruegan: «Tenemos que hablar seriamente, necesitas volver a la carretera, en eso eres bueno y, además, es lo único que sabes hacer, para qué nos vamos a engañar») y así queda dicho en la primera línea de la primera canción de su nuevo disco grabado en Canadá, este Born By The Radio con el que vuelve a emocionarnos, en la que habla del impulso rebelde con el que uno decide, por fin, regresar a Alberta. Y una vez allí, recuperar la calma y el tiempo (seis meses, nueve canciones, treinta y cinco minutos), y también la rabia, el viento del oeste que Levon Helm (curiosamente el único miembro no canadiense de The Band) identificó en su música el día que estuvieron ensayando en su casa de Woodstock, allá por el año 2000, recuperar el gruñido de la pradera. Y volver a poner el marcador a cero.