JOSH MORNINGSTAR

Songs For Fools With Broken Hearts

(Little Class Records, 2015)

Pensé que sí, pero no, y esa es una ausencia que habré de enmendar próximamente. Me la apunto. Hablo del legendario Billy Don Burns, de quien pensé que ya había hablado por aquí, pero ya veo que no, y me parece, como poco, feo, muy feo. Se enmendará, ya digo. Y todo esto para decir que fue él, un comentario suyo cazado al vuelo (y luego reproducido en la contra del disco) lo que me llevó a este artista. El comentario («Predigo que Josh Morningstar va a estar en este negocio mucho tiempo. Es trabajador y talentoso, un chaval estupendo») y el título del álbum. A veces basta con eso, un buen título que te entre bien por los ojos: Canciones para idiotas con el corazón roto. Luego Jody Hendrix, de la discográfica, Little Class Records, coproductor junto con D. Burasco del álbum, lo confirmaría: «Josh es uno de los tipos más agradables y humildes de este negocio. Sus canciones son auténticas. Su sonido es música country de verdad. Josh no va a cantarte una canción de pop country, va a cantarte una angustia, una pena». Entre las nueve penas/angustias del disco, hay una de Harlan Howard («She's Gone, Gone, Gone»), una del mítico Jack Clement («Let's All Help The Cowboy Sing The Blues») y dos de la susodicha leyenda, el forajido forajidísimo, Billy Don Burns («Motel Madness» y «Hank Williams Woman»). Poco más hacía falta para convencerme. Dolor. Angustia. Pérdida. Adicción. Cárcel. Redención. Cada una de estas palabras le resultan familiares al bueno de Josh Morningstar. Nacido y criado en la pequeña y aletargada localidad de Funkstown, en Maryland (en el último censo, una población de 852 habitantes), conocida básicamente por la batalla que tuvo lugar allí durante la campaña de Gettysburg. Y muy poco más. Paisaje para una vida mínima. Pero, sin embargo, Josh Morningstar, cuando sacó este disco (el tercero después de los autoeditados Hymns for Heartache de 2012 y From The Top To The Bottle de 2013), con treinta y dos años, ya llevaba vivida la vida de un hombre de al menos el doble de años. Llevaba tres limpio de su adicción a la heroína, sin ir más lejos (burló a la muerte después de varias sobredosis), «o me limpio o me muero», y siempre ha dicho que lo que verdaderamente lo sacó de aquel infierno (como a Billy Don Burns de lo suyo, y de ahí probablemente la sintonía) fue la música country, bueno, no, maticemos: la música country AUTÉNTICA. Conviene el matiz. Porque no todo vale ni es lo que es. Estudió con devoción a los grandes que le antecedieron. Se tomó al pie de la letra lo de subirse a hombros de gigantes. Se graduó en música country tradicional (Hank Williams, Keith Whitley y Lefty Frizell, la música que escuchaban sus abuelos). En 2014 hizo 230 conciertos, en los que se juntó con gente como David Allan Coe, Jesse Keith Whitley y el ya mentado Billy Don Burns, entre otras glorias forajidas (forajidas de verdad, en su acepción menos metafórica). Luego giró abriendo para los Waymore Outlaws de Shooter Jennings, como one-man-band, tocando el bombo con el pie derecho y la caja con el izquierdo. «En realidad, voy adónde la gente me quiera», dice. De todo aquel trance salió la firma con Little Class Records, el sello de Kansas City, el día que le contrataron para tocar en el Westport Saloon (propiedad del sello), y todas estas canciones de sufrimiento, amor, odio y triunfo para imbéciles de corazón roto. Determinación y humor. De nada falta. Con sus botas gastadas y su característica voz ronca. Chico de pueblo pequeño que lleva sus raíces en la maleta adonde quiera que va, por todos los sucios hoteles del país. Te vas del pueblucho, pero el pueblucho no se va de ti. Esa cosa que se suele decir. Su guitarra lleva la firma de Kris Kristofferson, santo patrón, palparla con los dedos le salva, le autentifica, le hace superar el miedo/respeto al micrófono. Le ha escrito muchas canciones a Cody Jinks, de hecho «Must Be The Whiskey», su mayor éxito, es suya. También ha compuesto mano a mano con Hayes Carll. Se le conoce poco, pero le conocen los que saben de esto. Y lo reclaman. Canta de verdad, o digamos mejor, de la verdad. Y eso se nota. Impregna todo lo que toca. Y sigue trabajando muy duro en ello, a diario. Porque ha estado ahí, lo ha vivido y se sabe un poco funambulista, sabe que basta un despiste, el menor descuido, para que todo se desmorone, lo que no quita que siga arriscándose sin red. Una simple cuestión de honestidad, para con él y para con quien quiera escucharle. Es lo mínimo.