CHRIS SMITHER

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Leave The Lights On

(Mighty Albert/Signature Sounds, 2006)

Ignoro el motivo, fue puramente accidental, como cuando vas conduciendo por carreteras secundarias, un poco a lo Larry Brown, y al tomar un desvío te encuentras de pronto con ese lugar que ya sabes desde el primer momento que jamás vas a poder olvidar, que a partir de ese momento va a ser ya para siempre tu sitio, el emplazamiento secreto al que volverás recurrentemente, con tu coche o con tu imaginación, cuando estés lejos, porque solo ahí te habrás sentido a gusto, ese lugar en el que siempre habrá paz, en el que siempre habrá un perro a tus pies (que se llamará Elvis) y al que ella estará siempre a punto de llegar, un poco airada pero con su lunar y su radiante sonrisa, con las anécdotas de su día a día en el curro, y en el que siempre habrá una nevera llena de cervezas frías, ese lugar en el que se sosiegan y desaparecen, como por arte de magia, todos tus impulsos homicidas (que son muchos). Pues exactamente fue eso lo que me sucedió cuando, ya no sé ni cómo ni por qué (¿qué andaría yo buscando?), cayó este disco en mis manos y oí la segunda canción: «Leave The Light On». Bastaron treinta segundos. La voz, la guitarra, el fraseo… Enseguida lo supe. Ensalmo y medicina. Paré el coche y me quedé mirando el paisaje. Aquí es, me dije. Y al cabo de tres minutos y cuarenta y ocho segundos decidí construirme una casa, en esa canción, después del primer estribillo. Fue en 2006, y durante cerca de seis años no quise salir de allí. Tampoco es que fuera necesario. Lo tenía todo a mano. No me faltaba de nada. Me instalé en el porche y viví en esa canción. También estaba, seis canciones más allá, la prodigiosa versión del «Visions of Johanna» de Dylan, transformada en vals, que era como el bosque al que a veces salía a dar una vuelta desde el jardín. Se respiraba la misma calidez de las canciones de mi queridísimo Mississippi John Hurt. Gente que oyes y que te hace sentir de golpe que estás en casa. Luego ocurrieron cosas y dejé de frecuentarla tanto (la casa, la canción). Recibí llamadas y acudí a otras citas. Hubo traiciones y deserciones. Volví a la ciudad. Pero la casa ha seguido siempre ahí, en la canción, y de vez en cuando vuelvo. El otro día, sin ir más lejos, (y de ahí este rescate), me la devolvió a bocajarro el modo aleatorio del iPod. Y fue como volver a esa residencia de verano a la que llevas muchos años sin ir. Bajas del coche y subes al porche, hay hojarasca en los escalones, abres la puerta, que se resiste un poco, ha llovido y hay goteras, huele un poco a cerrado y a humedad, y puede que algo que se arrastra y que haya anidado en algún rincón, salga huyendo al intuirte. Al momento, ventilas, respiras hondo y es como si nunca te hubieses ido. La nevera está milagrosamente llena. De alguna manera sabes que ella está a punto de llegar. Elvis ladra desde alguna parte. Y te vuelve a invadir esa calma. Sonríes. Y ya si eso otro día hablaré del disco y de Chris Smither. De momento «no me esperes / deja la luz encendida / volveré pronto a casa».

JEFFREY MARTIN

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One Go Around

(Fluff & Gravy Records, 2017)

No resulta fácil recuperarse del impacto inicial. Hace ya tiempo que quería reseñar esta obra maestra. Escuchar sus historias, en efecto, fue como leer por primera vez los relatos de Raymond Carver o Annie Proulx. El mismo deslumbramiento. Junto a Jeffrey Foucault (¿será cosa del cifrado cabalístico de su nombre?), para el que esto suscribe (con toda mi dudosa subjetividad, tan llena de fobias y aversiones, de odios sarracenos y lealtades gitanas), Jeffrey Martin es uno de los mejores «storytellers» que han surgido en los últimos años. Durante mucho tiempo se le ha venido considerando, los que se han molestado en considerarlo (que no son muchos), un «songwriter's songwriter», un «cantautor para cantautores», lo que vendría a traducirse, como muy bien dicen por ahí, en alguien básicamente ignorado y muy mal pagado. Si me permiten, voy a hurgar un poco en su biografía. Quizá por ahí se halle una clave. De niño, siempre buscó la soledad. Sigue siendo así, y ya solo por eso se ha ganado para siempre nuestra simpatía, se ve que nunca ha llegado a comprender del todo esa cosa tan marciana y tan poco natural de sonreír en las fotografías (lo suscribimos, porque ¿a cuento de qué tanta sonrisa?), aunque él mismo se considere un tipo de lo más alegre (la verdad es que cuesta creerlo). Dice que una noche, cursando secundaria, se quedó despierto bajo las sábanas con una linterna y un DiscMan escuchando «That's the Night that the Lights Went Out in Georgia», de Reba McEntire, hasta que se le gastaron las pilas. Y dice que esa fue la noche en que se convirtió en escritor de canciones (aunque aún tardaría varios años en ponerse manos a la obra). Más tarde, se licenciaría en escritura creativa y se haría profesor de literatura. Escribiría todo tipo de cosas (no solo canciones) y se enamoraría de su trabajo: enseñar literatura en institutos, lo más parecido a entrar en combate en La Colina de la Hamburguesa, una lucha permanente contra las fuerzas indomables del ruido y la curiosidad, algo que te acaba arrebatando horas de sueño y puede incluso que de sensatez, pero que te lo devuelve, multiplicado por cien, en dosis de cruda humildad. Fines de semana de corregir exámenes en un avión que te lleva a Los Ángeles para tocar en un par de garitos y luego volver a casa tras una noche de motel barato corrigiendo exámenes, en un vuelo de regreso con más exámenes por corregir hasta llegar muy tarde a casa, cenar algo frío que no repte aún por la nevera, corregir los últimos exámenes, irse a la cama para soñar con montañas de exámenes por corregir y despertarse a las cinco de la mañana, ya muy lunes, para ir al instituto con legañas, mala leche, mucho café y tendencias homicidas. Un tren de vida que no podía durar. Muy a su pesar, acabaría dejando la enseñanza para dedicarse enteramente a la música. No tenía sentido seguir animando a sus alumnos a luchar por sus sueños cuando él era el primero que no lo hacía. Raro sueño, en cualquier caso (raquítico, al menos: llegar a fin de mes haciendo canciones). De momento vive en Portland, Oregon, pero en los últimos tiempos la ciudad se ha puesto de moda y todo se ha vuelto carísimo. Demasiados cupcakes y lattes. Siente que ya se ha puesto en marcha la cuenta atrás hacia el día en que tendrá que largarse a vivir a un sitio que no le suponga semejante sangría. Ahora no para de girar, su cuerpo todavía lo aguanta, pero sabe que llegará un momento en que tendrá que bajar el ritmo y cambiar de aires, porque de algún modo habrá que seguir pagando las facturas. El trovador errante de los abatidos y los desolados, así lo han bautizado los que le siguen. Una voz afligida y vulnerable para unas historias que hay quien ha querido asociar a las de Willy Vlautin, el otro maravilloso triste de Portland, aunque musicalmente Jeffrey le gane la partida, mucho menos ambicioso, mucho menos paisajista, más directo a la yugular, sin preciosismos. Música para corazones incendiados, como el librazo de A.M. Homes. Sueños y miserias de la clase obrera. El hecho de que haya una canción dedicada al día que leyó por primera vez que William Burroughs había matado a su mujer de un tiro en la cabeza («Billy Burroughs») y una versión con banjo en vez de acústica del «Surprise, Arizona» de Richard Buckner, ya lo dice todo. Dolor y cicatrización. Good Medicine.

JEFFREY FOUCAULT

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Miles From the Lightning

(Blueblade Records, 2001/ 2019)

A poco más de tres meses de dar 2019 por desinflado, puedo ya atreverme a decir que la reedición de esta joya inencontrable, ha sido, sin duda, junto a la sonda New Horizons sobrevolando el asteroide «Última Thule» (2014 MU69) en el Cinturón de Kuiper y el brote de la primera semilla en la luna (Gossypium barbadense), el mayor acontecimiento del año. Guitarras acústicas, lap slide y toda la vasta desolación de Wisconsin. Fue su primer disco. A los 11 años se había comprado su primer cassette: un Grandes Éxitos de Little Richard. A los 17, encerrado en su habitación, con el pestillo echado y los rostros de un montón de bandas New Wave británicas mirándole mórbidamente, aprendió a tocar todas las canciones del primer disco de John Prine. A los 19 le robó el Live & Obscure de Townes van Zandt a un amigo. Y a los 24 grabó este disco. Cuenta Foucault que estas canciones las escribió entre los 19 y los 24 años, una época de huidas, rendiciones, abandonos y regresos. Dejó los estudios y regresó. Se enamoró y regresó (más o menos entero). Se largó de casa y regresó. Hay una foto por ahí. En ella sale apoyado en el radiador de una vieja Suburban del 84, con los ojos entrecerrados por el sol, con una guitarra prestada y el viejo chaquetón de lana de su padre. Era el día que se disponía a grabarlo. Si no fuese por la guitarra daría la impresión de que está en el ejército, a punto de entrar en combate; y un poco sí, ya digo: se dispone a grabar su primer disco. Dice que al escuchar ahora estas canciones regresa de golpe a aquella época y a aquellos pueblos: el susurro de los maizales, los mirlos de alas rojas cantando en el río Bark, los quejidos de la estufa de su apartamento. Vuelve a oír las risas de los amigos alrededor de una caja de cervezas. Vuelve a oler el interior de aquella vieja camioneta. Sus abuelos le dieron la pasta para el estudio de grabación. Lo primero que hizo cuando tuvo el master fue llevarlo a casa. Después de cenar, de brazos cruzados y en silencio, lo oyeron todos en la cocina. A su padre le gustó. Según Foucault en este disco está todo lo que sabía hacer en aquel entonces, y unas cuantas cosas que no tenía ni la más remota idea de cómo se hacían. Ahora sí sabe hacerlas, con todo lo que se gana y se pierde por saberlo. En los conciertos sigue tocando de vez en cuando alguna de estas canciones, pero dice que ya no le pertenecen, que han hecho nuevos amigos. La canción que cierra el disco, «Miles From the Lighning», dedicada a Townes Van Zandt, aún sigue poniendo los pelos de punta. Y Jeffrey sigue a lo suyo. Sin idioteces. Carreteras secundarias, salas pequeñas y un par de guitarras viejas con un ampli Skylark de 5 vatios. Y una máquina de escribir Smith Corona. Ahora vive en un pueblo de Nueva Inglaterra, con un río que lo cruza, un gallinero, un pequeño granero, un teléfono de disco que aún utiliza y su vieja camioneta, que aún funciona. Es así. La ironía nunca ha sido su fuerte y sigue tratando de escribir el tipo de canciones que a Johnny Cash le hubiese gustado versionar si siguiese por aquí. Y cuando friega los platos le gusta ponerse música a todo trapo. Porque sigue fregando los platos, casi siempre.

THE MEAT PURVEYORS

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Pain by Numbers

(Bloodshot Records, 2004)

Fue en Salt Lake City, poco después del Festival de Sundance, cuando la ciudad volvía a ser un erial tedioso y vacío. Cerveza de baja graduación, arquitectura mormona de pésimo gusto y un frío de andar todo el día soñando con California o con matar por mandato divino a una señora con su hija, como los tristemente célebres hermanos Lafferty. Estábamos montando un documental sobre un viaje por el nuevo Oeste. Dormíamos tirados en el estudio porque el presupuesto no daba para más. Había largas horas de clasificación y espera. Una de aquellas tardes desesperantes decidí salir a la calle en busca de una tienda de discos. Había una no muy lejos del estudio. No tenía mucha fe, pero necesitaba oxígeno. Ella estaba con los pies sobre el mostrador, leyendo The Motel Life, de Willy Vlautin. Ese fue el vínculo, también los discos que escogí y los que me recomendó ella. Luego hubo una historia, que no viene ahora a cuento (una historia sobre el tedio, la soledad y dos extraños). Se llamaba Amy. No sé si la tienda seguirá existiendo. No sé lo que duran esas cosas en Utah (por aquí, más bien poco). El caso es que fue ella la que me descubrió esta banda. Me los describió como «una mofeta arrojada a la tienda de campaña de los estoicos evangelistas del bluegrass» (así los definían en la página de su sello). Me los pinchó a todo trapo en la tienda y fue un amor a primera escucha. Mucho más hermanos Ramone que hermanos Osborne, como también decían en aquel genial texto de presentación, más de botas con puntera de acero que de camperas. Y con una energía trepidante. Justo lo que necesitaba aquella maldita ciudad que fundara en 1847 Brigham Young con otros miembros muy rubios de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (esto lo dijo ella, como pidiendo auxilio). Eran de Austin, Texas. Y eran los reyes indiscutibles del «thrashgrass». No apto para los engreídos puristas del bluegrass ni para los farsantes adoradores del «alt-country», que tras oír un par de temas suyos entrarían en paroxismos de inseguridad y tendrían que ser sometidos a años de carísimas terapias (esto lo dicen ellos mismos, en el susodicho texto). Todo muy disfuncional y maravilloso. Con humor, pegada punk y la sana intención de que el bluegrass no acabara pudriéndose en un viejo ataúd polvoriento. Y este Pain by Numbers era el disco que más le gustaba a Amy, la chica de la tienda que leía a Willy Vlautin. Aparte de temas propios, incluía versiones de Bill Monroe, Dusty Springsfield, The Fletwood Mac y Johnny Paycheck. Y me aseguró que en directo eran otra dimensión. Ella los había visto ya dos veces. El caso es que para hacer esta breve reseña me he puesto a bichear para ver en qué andan ahora, porque años después les perdí la pista. Y en la página de Bloodshot Records se puede leer este mensaje demoledor: «Debido a la indiferencia cultural, las penurias interpersonales y la necesidad de pagar las facturas, la banda se ha disuelto y actúa muy rara vez. Pero os lo haremos saber cuando vuelvan a juntarse». Puta vida. Ya que estaba, he mirado también en Google Maps. La tienda de discos de Salt Lake City ha cerrado (ahora hay un restaurante). Y no sé qué habrá sido de Amy (tenía un myspace y un número de teléfono que ya no existe). Así que me pongo bien alto el «The One I Love Is Gone» y lloro.

DONNIE FRITTS

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Oh My Goodness

(Thirty Tigers, 2015)

La canción de Kris Kristofferson «The Pilgrim–Chapter 33», allá por 1971, se abre con una dedicatoria: «Empecé a escribir una canción sobre Chris Gentry y acabé escribiéndola sobre Dennis Hopper, Johnny Cash, Norman Norbert, Funky Donnie Fritts, Billy Swam, Bobby Neuwirth, Jerry Jeff Walker y Paul Sieber, y también tiene mucho de Ramblin' Jack Elliott». Cuatro años más tarde, en 1975, imitando la voz de Kristofferson, Jerry Jeff Walker abre su canción «Pissing in the Wind» con una parodia de aquella dedicatoria: «Quiero dedicar esta canción a Kris Kristofferson, a Johnny Cash, a Billy Swam, a Funky Donnie Fritts y a… mear de cara al viento». Oh My Goodness fue su cuarto y último disco. No se prodigó mucho en estas lides. Murió hace unos días, a los 76 años, dejando un vacío inmenso que, a primera vista, para los no iniciados, puede parecer inverosímil. Fue un poco el Pepín Bello de allí, el Pepín Bello de Alabama, de Muscle Shoals (algo así como la Residencia de Estudiantes de Colbert County). Nadie fue tanto como él «el hombre que estuvo allí», aunque siempre en segundo plano, un poco amalgama, el que juntaba a todos, un poco el fotógrafo de toda aquella generación. Kristofferson fue un poco su Lorca, por seguir con el símil. En los agradecimientos de Oh My Goodness le da las gracias a Kris por haberle dado una vida que jamás hubiera podido soñar. Durante casi más de tres décadas fue el teclista de su banda, en el 74 Kristofferson le produciría su primer disco en los estudios de Muscle Shoals, el mitiquísimo Prone to Lean (en el que, aparte de Kristofferson, participaron Willie Nelson, Dan Penn, Spooner Oldham, Waylon Jennings, Delbert McClinton, Tony Joe White, Leroy Parnell y John Prine, ahí es nada). En las «liner notes», Kristofferson presentaba al «legendario hombre inclinado de Alabama» («en su casa dicen que creció así antes de que intentase siquiera incorporarse, el mote que le puso alguna gente por aquel entonces fue Brisa Fresca y le queda como anillo al dedo a Funky Donnie Fritts»). También gracias a Kristofferson participaría como actor en tres películas de Sam Peckinpah (Pat Garrett & Billy the Kid, Bring Me the Head of Alfredo García y Convoy) y en A Star is Born y SongwriterOh My Goodness pone el pelo de punta. Es un poco su despedida anticipada. Está él, con su voz ya algo cascada y su viejo Wurlitzer, sobrecogedor, como siempre, y con producción exquisita de John Paul White. Vuelven a aparecer los sospechosos habituales y algunos nuevos como Jason Isbell, Amanda Shires, Reggie Young, Dylan LeBlanc, Jack White… Y la cosa no puede empezar con mejor canción (en las notas le agradece a Billy Bob Thornton que se la descubriese): «Errol Flynn», en la que uno no puede evitar encontrar el rastro biográfico y sentimental del propio Fritts: «En la pared del pasillo de una casa que hay en Reseda / hay un póster colgado con dos clavos y una chincheta / es mi padre, el actor, a punto de morir con las botas puestas, / es el tipo que está de pie al lado de Errol Flynn…». En los créditos, siempre cinco o seis nombres por debajo de las grandes estrellas. Pero siempre ahí, tapando agujeros, en la intendencia. El resto del álbum sigue manteniendo muy alto el nivel de emoción, no hay fatiga, no hay nada senil ni geriátrico, como a veces ocurre en los discos de algunos grandes veteranos, está todo intacto y en forma. Coincidimos con el veredicto de Patterson Hood: una obra maestra. Y qué pena, joder, qué puta pena.

DADDY LONG LEGS

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Lowdown Ways

(Yep Roc Records, 2019)

Prefieren los sitios húmedos y oscuros, como las cuevas o las bodegas (o, mejor incluso, los garajes, origen de todos estos ruidos gozosos) y son muy comunes en zonas urbanas (concretamente, en Brooklyn) por sus hábitos sinantrópicos, esto es, su capacidad de adaptación a las condiciones ambientales creadas o modificadas como resultado de la actividad humana (la actividad de los brooklynitas en este caso, aunque no hayan dejado de girar por todo el mundo desde que sus huevos eclosionaron en la sombra). Antes de proseguir con su morfología y sus hábitos alimenticios, convendría ir aclarando que no estamos hablando de las arañas araneomorfas que describiese allá por 1850 el entomólogo alemán, especializado en aracnología, Ludwig Carl Christian Koch. No hablamos de fólcidos, o bueno, no tanto, no hablamos de esas arañas de sótano o trastero (bueno, la verdad es que un poco sí, bastante), arañas carpintero, conocidas comúnmente como arañas «daddy long-legs», «papi patas-largas», sino de una banda de Brooklyn (nada que ver con las otras cuatro bandas del mismo nombre que corretean por distintos callejones), hombres araña de allí mismo, del barrio, que también tejen sus telas irregulares y enmarañadas (su embriagadora mezcla de blues, rock garajero y soul gutural en la que se puede rastrear fácilmente la ponzoña de Howlin' Wolf, Captain Beefheart, Flamin Groovies, Dr. Feelgood y MC5), en las que envuelven a sus presas antes de devorarlas (porque más que conciertos, sus actuaciones son ceremonias arcanas, eucaristía, ebriedad, juke joint y santo sacrificio, crudeza, actitud e intimidación, lo que viene siendo rock and roll del bueno, cualquiera que haya asistido y sobrevivido a una de sus misas podrá atestiguarlo, y vaya por delante un aviso: no hay antídoto, lo bailará hasta tu abuela, aunque lleve diez años muerta). Como dicen por ahí, y está bien advertirlo, no son otros estridentes pateadores de blues. No son una pandilla chunga (de cutres, no de peligrosos) de blanquitos con sombreros Fedora que perpetran un blues aguado y cansino y que, a la mínima que te descuides, te defecan una versión criminal del «Sweet Home Chicago». No. Aquí no hay pose ni higiene. Tampoco hay escuela. Aquí lo que hay es buena vomitona de blues incendiario. Barbacoa de bosque adentro. Pez venenoso de río. Pantano y cerveza tibia. Música para dejar huellas de sangre y sexo en el limo. Si no los tienes delante en vivo, ponle bien de «bass», baja un poco el «treble» y sube el volumen sin cuidado hasta que te aparezcan en la puerta los vecinos enarbolando antorchas y una soga de nudo corredizo.

CITY ON A HILL

 

Recuerdo que llovía casi todos los días y, los días que no lo hacía, la bruma cubría las calles y los edificios de ladrillo de la ciudad de BOSTON.

Recuerdo que dormíamos en el barrio irlandés de CHARLESTOWN, el más viejo de la ciudad. En casa de una señora que mucho antes de todo el rollo de Airbnb, nos alquilaba un cuarto con baño privado y, cada mañana, mientras nos preparaba el desayuno, nos hablaba de lo orgullosa que estaba de que ese año los NEW ENGLAND PATRIOTS hubieran ganado su primera SUPER BOWL.

Recuerdo ir a ver jugar a los BOSTON CELTICS contra los WASHINGTON WIZARDS, y cumplir el sueño de ver jugar en directo a MICHAEL JORDAN en un partido de la NBA, aunque no fuera con los BULLS.

Todas estas cosillas pasaban a comienzos de los años 2000, cuando yo era joven y viajaba en un autobús de la GREYHOUND por toda NUEVA INGLATERRA con la que hoy en día es mi exmujer.  

Y aunque la serie CITY ON A HILL está ambientada a principios de los 90, no he podido evitar que todos estos recuerdos me vinieran a la cabeza con el comienzo del primer capítulo.

Ahora, en cuanto empieza el festival KEVIN BACON, imágenes fugaces de la peli FOOTLOOSE se han cruzado por mi mente y he pensado: ¡Madre mía, qué cambiazo el colega!

KEVIN está tremendo en su papel de agente del FBI farlopero, corrupto, bebedor y putero.

¡Sencillamente se sale!

Basada en una idea de BEN AFFLECK y producida por SHOWTIME, CITY ON A HILL tiene todo lo que nos gusta a los «flipaos» de las series.

Ritmo, oscuridad y buen guión para disfrutar durante 10 episodios, tumbado en el tresillo, con el aire acondicionado a toda castaña e hidratándose con una cerveza, como recomiendan los doctores durante el período estival.

Si no puedes irte de vacaciones o ya has vuelto, ni te lo pienses.

CITY ON A HILL es la mejor manera de esperar a que lleguen los PEAKY BLINDERS y la líen.

 

 

CORY BRANAN

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The No-Hit Wonder

(Bloodshot Records, 2014)

Ir a donde la canción quiere ir. No atarla ni domarla. Dejar que corra, como un caballo salvaje. Y si la canción precisa un sintetizador analógico, pues meterle un sintetizador analógico, aunque los gendarmes del country y de la «americana music» se lleven las manos a la cabeza y se santigüen como beatas ofendidas ante la exhibición de unos esplendorosos genitales. Por eso siempre hay alguien que se va de sus conciertos clamando al cielo. Demasiado country para el rock y demasiado izquierdista para el country, demasiado comprometido para el country, y demasiado punk también, aunque no tan punk para el punk, demasiado country para el punk, y luego demasiado Memphis para Nashville y demasiado Nashville para Nueva York, demasiado Cory Branan para lo que sea. Pero eso es también lo que le ha hecho ganar nuevos adeptos. Esa originalidad radical. Aparte, hay pocos que compongan como él. Simple cosa de no poner riendas a sus canciones. Al final, un secreto a voces. Chuck Ragan lo ha afirmado rotundamente: «es el mejor narrador de historias de nuestra generación»; y los de Lucero hasta llegaron a declararlo abiertamente en «Tears Don't Matter Much», la canción de su cuarto disco, el glorioso Nobody's Darlings del 2005: «Cory Branan tiene algo malvado / y una habilidad con las palabras que hace que te pongas de rodillas. / Oh, puede hacerte el concierto más salvaje y puede ser el cantante más tierno». Porque lo mismo te hace un «fingerpicking» que ya más quisieran los folkies trasnochados del Greenwich Village de los años sesenta, que te descerraja unos guitarrazos brutales de un proto-punk triturador que dejaría calladas hasta a las bandas más cafres que berrearon en el sufrido escenario del CBGB. No en vano, militó en su día en una banda de black metal (los Black Like Me) e incluso llegaría a ser el líder de una banda tributo a Black Sabbath. Y eso deja su poso. Es inevitable. Pero luego está también esa profesora de literatura, Evelyn, bendita sea, que le descubrió a Neruda, a Raymond Carver y a Henry Miller. Una señora mágica, según declara el propio Branan. Un hada madrina. A veces pasa, si tienes suerte (porque lo cierto es que hay otros profesores que te matan el espíritu en cero coma). Le animaría a escribir, y cuando al final se pusiera, tendría tres claros referentes: Tom Waits, John Prine y Leonard Cohen, de ahí esa cosa tan conversacional que tienen sus canciones, ese halo poético y al mismo tiempo engañosamente feliz, ese tono que te hace sentirte tan tranquilo escuchando sus letras, esbozando una media sonrisa, hasta que, de pronto, te mete el cuchillo. Los compañeros de ruta a lo largo de estos años nos pueden dar una pista de por dónde van los tiros: aparte de Lucero y Chuck Ragan, ha colaborado en sus discos la buena gente de The Gaslight Anthem, Two Cow Garage y el Drag the River del inmenso Jon Snodgrass, tres de nuestras quizá cinco bandas favoritas de todos los tiempos. Y, claro, los francotiradores de Bloodshot Records lo tuvieron claro desde casi el principio. Este es su tercer disco con ellos (quinto de su carrera). Y ya no lo sueltan, eso seguro. En este The No-Hit Wonder la lista de colaboradores que han querido sumarse también quita el hipo. El ubicuo Jason Isbell, para empezar, que últimamente está en todas partes, y que no duda en decir que este «es uno de esos raros discos que te hacen pararte de vez en cuando, una y otra vez, para procesar lo que ese puto y loco bastardo que canta te acaba de soltar a bocajarro. Muy brillante»; pero también Tim Easton, Austin Lucas y Caitlin Rose, la crème de la crème del alt-country underground. Resumiendo: «Bocato di cardinale».

THE MOTHER TRUCKERS

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Let's All Go To Bed

(Funzao Records, 2008)

Este es el tercero de cuatro, y lo reseñamos porque fue el primero que entró en nuestro rancho, porque fue el disco por el que conocimos a Zee y a Collins (por el que nos enamoramos de Collins), y porque es una auténtica fiesta, de principio a fin. Medicina buena. Una inyección de energía. Venían de Austin, Texas. Country, blues y guitarras potentes, pero se habían conocido en el área de la Bahía de San Francisco, tras una noche de micrófono abierto, en una jam de blues en San Rafael. Ray Benson, de Asleep At The Wheel, fue quien les dijo que en Austin lo petarían, y así fue como recabaron en la «Capital del Mundo de la Música en Directo», concretamente como residentes del mítico Continental Club, donde la cosa cuajó, ¡y vaya cómo! Un directo a medio camino entre lo que sucede en la pista de baile de un honky-tonk y el foso del pogo, el «mosh pit» del concierto de una banda de hardcore-punk, vamos, una mezcla explosiva de George Jones con H.R. de Bad Brains. No tardarían en subirse al escenario con Willie Nelson, Merle Haggard, Shooter Jennings y, más acorde a lo suyo, con los gloriosos Supersuckers de monsieur Spaghetti, antes de regresar victoriosos al condado de Marin, porque en el fondo no son más que unos chavales de California, y porque allí es donde están sus amigos y su familia. El océano y los bosques de secuoyas de su juventud, aunque suene un poco hippie, como reconoce el propio Zee. Pero claro, es que es muy difícil no sonar un poco hippie si te has criado y crecido en California. Aunque aquí, en este tercer álbum, como en los dos anteriores, grabado en Austin, de hippie más bien poco. Desde el «Dynamite» que abre el disco, con un título muy ajustado a lo que suena, todo es, como decíamos al principio, una fiesta. Como dicen por allí, no hay más que oír los cuatro primeros temas: auténticos «barn-burners», un término cuya traducción literal no puede ser más expresiva, «incendia-graneros». Música para pegar fuego a la pena y saltar/golpearse de alegría, o de rabia «against the machine». Y, como una declaración de principios, en medio del disco, como una mina antipersona, una versión del «When I Get My Wings» en plan «country waltz», del inmenso Billy Joe Shaver, para que nos tomemos un respiro antes de volver al foso, a las patadas y a los golpes, que Teal Collins canta, además, de un modo estremecedor: «si no puedo evitar al diablo, le escupiré en el ojo, y cuando consiga mis alas, volaré, me iré volando de aquí, cantando». El resultado de todo esto no es que sea novedoso ni original, pero es imposible no rendirse a los pies de tanta energía y entusiasmo. Una banda de caer, sangrar un poco, apretar los puños, hincar la rodilla, levantarse tambaleante y volver a la pelea. Y de los huesos rotos y los hematomas, ya si eso, nos ocuparemos mañana.

TRAMPLED BY TURTLES

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Life Is Good On The Open Road

(Thirty Tigers, Banjo Dad Records, 2018)

Todo esto transcurre en Duluth, ciudad natal de Bob Dylan, un lugar muy extraño, probablemente por eso mismo, por lo de haber visto nacer a Dylan, lo cual no es de extrañar, aún siendo de lo más extraño. El propio Dylan habla de Duluth en su Crónicas Volumen 1 (¿llegará a haber algún día un Volumen 2?, probablemente no, y a nadie debería extrañarle). Dice: «Lo que más recuerdo de Duluth son los ciclos de color gris pizarra, las inquietantes sirenas de los barcos, las tormentas violentas que siempre parecían venir a por ti y los despiadados y aulladores vientos procedentes del gran y misterioso lago negro en el que se levantaban traicionera olas de tres metros. La gente decía que adentrarse en el agua era un suicidio. La mayor parte de Duluth se asienta en una pendiente. No hay un centímetro de tierra llana allí. La ciudad está construida sobre una cuesta, y siempre te ves subiendo o bajando». Y esto antes de hablar de Leif Erickson, el vikingo que llegó allí antes de que los Padres Peregrinos tropezaran con la Roca de Plysmouth. Todo muy de principio de un relato de Lovecraft. Pero no estamos hablando de Dunwich ni de Innsmouth, sino de Duluth, allí arriba, en la zona del Lago Superior, a mitad de camino entre Minneapolis y Thunder Bay (ya en Canadá, al noroeste de Ontario), una pequeña ciudad rodeada de bosques, colinas, ríos y lagos, en la que según sus habitantes, existe una vibración bajo el suelo en pendiente tan palpable como difícil de definir. Noventa mil habitantes y más de ciento cincuenta bandas locales. Per cápita más bandas que en cualquier otro lugar del mundo. Algo bastante extraño y escalofriante, más que cualquier mito de Cthulhu. Como dice Ryan Young, violinista de Trampled by Turtles (un nombre de lo más extraño, claro), «aquí todo el mundo se conoce y hay un montón de gente que toca en más de una banda». De hecho él tocaba antes la guitarra en un grupo de speed metal, en varias bandas de rock y jazz y hasta en una tropa de hiphop. Lo mismo cabe decir de los demás miembros de Los Pisoteados por Tortugas. Una banda que empezó siendo, para todos, un «proyecto paralelo», como tanto les gusta decir a los músicos que van ahora, con la que está cayendo, de modernos. No fue premeditado. Estaba en el aire. El aire extraño de Duluth. Guitarra acústica, mandolina y banjo. La cosa cuajó (gracias, por cierto, a unos ladrones que le robaron el coche con todo el equipo a Dave Simonett, líder del grupo, dejándole solo con una guitarra acústica). Cinco discos después ya no son ni proyecto ni paralelo. Claro que esto no es el bluegrass de tus abuelos. La estridencia y el tempo del speed metal que se trajo Ryan Young de su pasado tambaleante acabó inseminando el folk y el country tradicional de sus compañeros. Ahora ya hay gente que no los considera bluegrass. Han inventado un género nuevo: el speedgrass, bluegrass metal de la zona de los Anishinaabe, las naciones Ojibwe y Chippewa. Un bluegrass extraño, como no podía ser de otra manera. Con tintes de Townes Van Zandt, Ralph Stanley y, por supuesto, Bob Dylan, que, si me apuran, es un poco el horror oculto de todo esto, el extraño caso de Dexter Ward, o el Herbert West, reanimador, poco menos. Este Life Is Good On The Open Road es su último álbum hasta la fecha después de un silencio de cuatro años que necesitaron para descansar un poco de sí mismos. Pero la magia sigue. Esa maravillosa extrañeza.

TOO OLD TO DIE YOUNG

 

Al César lo que es del César, si no hubiera visto en el Instagram del colega JOSÉ ÁNGEL BARRUECO hablar de TOO OLD TO DIE YOUNG, de esta serie ni me habría enterado.

Y no sabe cómo se lo agradezco, porque me está costando ver series nuevas que me pongan la pila. No hablo de segundas o terceras temporadas de series que ya me molan. 

Otro problema que tengo, es que no me pongo con una serie hasta que no están todos los capítulos colgados, por eso el rollo que lleva HBO me resulta tan tedioso.

Lo que hago en estos largos meses de verano es pillar series que ya he visto y volvérmelas a cuadrar enteras.

Ahora le estoy dando cera a BOARDWALK EMPIRE, que es toda una gozada.

Y dicho todo esto, pasemos a TOO OLD TO DIE YOUNG, que la verdad es que me ha volado la cabeza. 

Sus creadores, NICOLAS WINDING REFN y ED BRUBAKER, han hecho lo que fue incapaz de hacer DAVID LYNCH con su vuelta a la televisión con TWIN PEAKS. 

Crear un mundo onírico y gringo kitsch que te atrapa y te deja todo pillado preguntándote pero qué hostias está pasando.

Lentitud y violencia extrema son las dos banderas de la serie. 

El primer capítulo es para cuadrar de qué va la cosa y a partir de ahí es un no parar de «sin cuidaos» espectaculares. Tanto los episodios que suceden en los USA, como en los de MÉXICO.

Los más pillados ya sabrán que NICOLAS WINDING REFN es el director de DRIVE y que ED BRUBAKER es el creador del cómic THE AUTHORITY; para los que no lo supieran, ahí queda el dato.

Está claro que con la combinación de estos dos figuras nada malo ni corriente podía salir.

Como todo lo bueno en la vida, la cosa no podía durar mucho y acabo de leer por ahí, que tras esta primera temporada AMAZON ha cancelado la serie.

Los que estamos acostumbrados a llevarnos desengaños en la vida ya nada nos sorprende.

¡Pero qué coño, que nos quiten lo «bailao»!

 

THOM CHACON

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Blood in the USA

(Appaloosa Records, 2018)

Lo descubrimos en julio del año pasado, cuando nos hicimos con el disco When the Wind Blows: The Songs of Townes Van Zandt. Al final de aquella reseña mencionábamos de pasada «el jubiloso descubrimiento» de Thom Chacon, con su escalofriante versión del «Still Looking for You», y decíamos que volveríamos a hablar más detenidamente de él. Bien, pues ha llegado el momento de hacerlo. Blood in the USA, su último álbum hasta la fecha, editado por el sello italiano, tiene todos los ingredientes que nos gustan. Para empezar hay un claro posicionamiento por los desheredados, por los miembros olvidados de la sociedad. Y no solo por las historias que cuenta, sino también por el modo en que lo hace, al más puro estilo Woody Guthrie (la misma senda que recorre nuestro admiradísimo Lance Canales), con sencillez, algo que, como muy bien subrayaba Mary Gauthier al hablar de la rica imaginería de sus canciones (coincidieron en Italia en el Festival Internacional Townes Van Zandt), no hay que confundir con falta de profundidad. Californiano de padre hispano y madre libanesa, con cinco hermanas (que no es dato baladí, lo de criarse entre tanta hermana, en términos de sensibilidad y percepción). Existe una cinta en la que se puede escuchar a un Chacon de tres años haciendo una rendida versión del «Rhinestone Cowboy». El crío ya apuntaba maneras. Su abuelo fue ayudante del sheriff en Silver City, Nuevo México, y formó parte de la cuadrilla que salió a capturar a Billy el Niño. Hay esa épica crepuscular. Mucho western, mucho John Ford. Su madre era muy fan de John Wayne. Esas imágenes y esas bandas sonoras conformaron el paisaje de su infancia. Glen Campbell y Jim Croce fueron sus héroes. También Smokey Robinson. Y los Beatles del Rubber Soul, el sexto álbum de estudio de la banda inglesa. Pero lo que le rompió la cabeza fue ver a Kris Kristofferson. Desde entonces, tanto melódica como literariamente, sería su ejemplo a seguir. Con veintipocos se trasladó a Los Ángeles en busca del «Diablo de Lengua Plateada», en busca de la fama y la fortuna. Pero enseguida vio que necesitaba algo más auténtico que aquellas infructíferas noches de neón y micro abierto. Vanidad y pretensión. Así que consiguió un trabajo en un rancho en las estribaciones de la ciudad. Aprendió a montar y a ocuparse de los caballos. Eso también se transmite de alguna manera en sus composiciones. Ese cuidado artesanal. Ese susurro y esa doma. Luego vendría Durango, Colorado, donde fue guía de pesca. Las montañas de Nuevo México y Colorado harían el resto del trabajo. Un paisaje así te deja marca. Te quita la tontería. Y claro, su voz, grave, arenosa, también ayuda. Por momentos uno cree estar escuchando al Ryan Bingham más acústico y descarnado. Este disco, grabado en un solo día y guardado en un cajón durante un par de años, macerándose bajo el Apocalipsis Trump, es su Nebraska, su The Ghost of Tom Joad. Un disco comprometido y urgente que habla de esta América de muros y odios renacidos. Y de la gente que la padece. «A Bottle, two guitars and a suitcase». Escalofríos.

GRAHAM STONE MUSIC

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Bad News

(Graham Stone Music, 2019)

«Cuarenta y seis patrocinadores contribuyeron con 9.081 dólares para que este proyecto se pudiera realizar». Kickstarter, un avatar de la miseria de los tiempos escuálidos que nos ha tocado vivir. Mecenazgo sin el glamour de los Medici florentinos o los Montefeltro de Urbino, sin Papas ni reyes, muy de andar por casa mientras anda medrando la mierda en las grandes compañías (y superficies), todo muy de capa caída, eurovisivo y de reality show, con concentración excesiva de gonadotroprinas, mucha ovulación y mucha espermatogénesis (y así suena luego todo como suena, que como decía Woody Allen, le entran a uno ganas de invadir Polonia). Pero hay vida y esperanza en los márgenes (aunque haya que despejar mucha maleza). Graham McCune Stoll, escritor de canciones, músico y ser humano (por este orden), joven nacido en Manassas, pero residente en Richmond, Virginia, se lo toma muy en serio y, tras su primer álbum, Until the Day, que Ron Wray reseñó muy positivamente en la revista No Depression en julio de 2017, destacando sus letras y comparando su voz con la de James Wilson, de Sons of Bill (en los registros graves, en el énfasis oscuro), «canciones de Virginia» como él propio Graham (por Gram Parsons, según sus padres) responde cuando se le pregunta qué hace, ha tenido que recurrir al «crowdfunding» para sacar adelante su segundo disco. Objetivo de 9.000 dólares superado en un mes, y aún le sobraron 81 dólares para invitarse a unas cervezas y celebrarlo con la familia y los amigos. Porque la cosa va de eso, y poco más (que ya es mucho). Contar historias, así de sencillo (y así de complejo). Algunas canciones son sobre la gente de allí, otras sobre los sitios, otras son más bien perspectivas y otras una mezcla visceral de las tres anteriores. Así lo cuenta él mismo, que dice además que es mejor persona cuando escribe y hace música porque le ayuda a recordar para qué está aquí y qué sentido tiene tanta fatiga. Al final es una cosa de raíz. Intensamente personal y honesta. De compartir con los vecinos en el porche. Una cuestión de elección, de cómo involucrarse con el mundo que te rodea, aunque ese mundo se circunscriba a un pequeño rincón perdido de las montañas de Virginia que, a fin de cuentas, es el mundo entero, porque los sentimientos y los acordes son siempre los mismos, tanto aquí como en la China Popular, y de ahí nuestra vecindad, esa cosa de sentirnos muy bien recibidos en su porche (siempre que aportemos aunque solo sea un cartón de seis cervezas), cuando nos sentamos a escucharle. No en vano, «It's like the whole world's got the blues» es la frase de la canción que da título al disco («Bad News») que parece atravesar el resto de las canciones, un sentimiento que él mismo parece llevar tatuado en los huesos. Y la verdad es que todos andamos en esas.

MOLLY TUTTLE

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When You're Ready

(Compass Records, 2019)

Veintisiete años llevaba la International Bluegrass Music Association dando premios a diestro y siniestro, nunca a diestra ni a siniestra, hasta que por fin, en 2017, por primera vez en su prestigiosa historia y porque ya era del todo imposible hacer la vista gorda (porque les daba mil vueltas al resto, la verdad sea dicha), nominó a una mujer en la categoría de guitarrista del año. Con 24 años, nativa de California aunque trasplantada a Nashville, Molly Tuttle no solo tuvo la desfachatez de ser nominada, sino que también se alzó con el trofeo. Y al año siguiente también. Al año siguiente incluso más: seis nominaciones y dos victorias, como si se avecinase el Fin de los Tiempos. Y es que se ve que el contingente tradicionalista ha empezado a consentir, o a morirse. Se ve que, por lo que sea, chochez o desahucio, los señores del banjo y la mandolina, han empezado a ceder ante las habilidades de las mujeres virtuosas (no de virtud, que es cosa de viejos babeantes recién desembarcados en la Roca de Plymouth, no lo del hábito de obrar bien, quedarse en casa, preparar la cena y abrirse de piernas cuando yo lo diga, disposición del alma para las acciones conformes a la ley moral –que es la ley de mis santos cojones–; sino de virtuosismo, del dominio de la técnica, maestra indiscutible del «flatpicking», el «clawhammer» y el «cross-picking» –verla tocar es magia pura– y del si tienes hambre, ahí está la nevera, porque yo ya no estoy aquí para tus mierdas y tengo cosas mucho mejores que hacer, como, por ejemplo, llevarme de calle todos tus premios y defecar en ellos). Los tiempos están cambiando, ahora parece ser que sí, querido Bob (aunque todavía quede un largo camino por recorrer). Desde los ocho añitos tocando la guitarra y debutando a los once con su padre, Jack Tuttle, multi-instrumentista bluegrass y profesor de música. A los quince entra en la banda familiar, The Tuttles, y luego ya sola, a lo suyo, premios, colaboraciones, clases de guitarra en las que solo hay hombres porque, la guitarra, hasta ahora, vaya usted a saber por qué, es de entre todos el instrumento más degenerado (y no por la degeneración celular sino por lo de la identidad de género, aunque bueno, un poco sí, lo de degeneración, lo del deterioro estructural o funcional de las células, lo de la pérdida progresiva de la normalidad psíquica y, de nuevo, moral: cosa de hombres marcando paquete, como si el traste fuese un fantasioso avatar de sus tristes pollas). Desde su primer EP, Rise, ya la cosa es imparable. Energía y juventud para todas esas articulaciones anquilosadas y llenas de prótesis del viejo bluegrass achacoso. Molly no ha parado de cosechar premios y ganar adeptos que intentan emular su innovador estilo. Junto a Alison Brown, Missy Raines, Sierra Hull y Becky Buller forma parte del súper-grupo The First Ladies of Bluegrass. Porque sí, porque se puede, porque ya están aquí y no piensan marcharse. Porque no todo va a ser Old Crow Medicine Show, señores por todas partes. Molly Tuttle era algo que, tarde o temprano, tenía que suceder. Y, por fin, ha explotado. En términos astrofísicos: Enana Marrón, Nebulosa Planetaria o Supernova.

IAN NOE

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Between The Country

(Thirty Tigers, 2019)

Por aquí lo vimos abriendo para Colter Wall. Me dice un amigo músico que lo de «telonero» está feo, y yo le hago caso, el mismo caso que casi no le hicimos a Ian Noe cuando telone... ¡abrió! para Colter. Quién nos iba a decir que ya estaba trasteando en el guiso Dave Cobb, productor no solo de Colter Wall, sino también de todo lo bueno que le ha pasado a la música americana en los últimos tiempos: Sturgill Simpson, Chris Stapleton, Jamey Johnson, Shooter Jennings (los discos buenos), Anderson East, Jason Isbell… La lista es abrumadora. Y con solo 44 años (por aquí hay un nombre para eso, y sí, hijos de puta, hay que decirlo más). Y ahora resulta que el joven de Beattyville, Kentucky (población: 1200), de donde salió por primera vez hace solo dos años (precisamente cuando le vimos por aquí) está telonean… ¡abriendo! para John Prine y Son Volt. Habla poco (pudimos comprobarlo). Como dice y percibe Andrew Paul en la entrevista que le hace en el Honky Tonk BBQ, junto a la puerta del Thalia Hall de Chicago, parece como si reservara las palabras para las letras de sus canciones. Una entrevista bastante complicada, según confiesa. Casi monosilábica. Cosa muy de allí, que aún tiene muy presente: los Apalaches. Al terminar el instituto intentó crear una banda en Louisville pero, tras la gran recesión, el mercado laboral no estaba lo que se dice boyante y tuvo que volver a casa para amoldarse a los turnos de doce horas de los yacimientos petrolíferos, donde casi pierde «una puta mano». Es en ese momento cuando la que va a ser su representante, Mary Sparr, el hada madrina de esta historia, se fija en él y cambia el curso de la historia. Primero un EP (Off This Mountaintop, que pudimos adquirir cuando telone… ¡abrió! para el canadiense en su gira europea), luego tocar en un tributo a John Prine, su héroe (dignísimo sucesor; hay canciones en los que el parecido, voz y fraseo, jubiloso, resulta escalofriante) y, por último, y todo esto en menos de dos años, este primer álbum que hoy reseñamos, aún con la boca abierta, producido por el mago Cobb (que también se encarga de algunas guitarras). Un disco sobre Kentucky, sobre su gente y sus paisajes, sobre el sueño imposible de dejar atrás «Appalachia», otra vez, y disculpen por la recurrencia, como en los cuentos de Ann Pancake, Tierra vencida. Adicción, muerte y pérdida («Meth head», «Junk Town»). Noe también se refiere a ideas adaptadas sin reparo de dos de sus series favoritas, True Detective y Justified. Esa misma desolación sin posibilidad de fuga que es la suya, la de su propia familia y sus conocidos. Sin edulcorantes. Alguien para ver y escuchar en silencio. Kriptonita (necesaria) para los tonticos con sombrero del «line dance» segoviano. Canciones con manchas de crudo y olor a cocina de meta.

WILLIAM ELLIOTT WHITMORE

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Kilonova

(Bloodshot Records, 2018)

La cosa es como sigue. Dos estrellas de neutrones (o una estrella de neutrones y un agujero negro) se fusionan a partir de un sistema binario. Se desintegran los iones pesados producidos y expulsados de forma isotrópica durante el proceso de fusión y se emiten fuertes señales de radiación electromagnética. Algo parecido a una supernova (Ray Lamontagne), pero más corta y con menor emisión. También se cree que es origen de explosiones de rayos gamma de corta duración y la fuente más predominante de elementos estables pesados en el universo. Aunque pueda parecerlo, no estamos hablando de astronomía, sino de un disco de versiones, de lo que debería ser siempre un disco de versiones: fusión de estrellas, emisiones infrarrojas y explosión de rayos gamma. Si no, ni te molestes. Nada de imitaciones o tristes rendiciones. El granjero de Iowa lo advierte sucintamente en las notas del disco. «Estas canciones no las he escrito yo, pero me gusta tocarlas y cantarlas y espero que vosotros disfrutéis escuchándolas…». Hacer un disco de versiones y que te salga tu obra más personal. Hay que ser muy Saturno devorando a sus hijos, muy agujero negro o muy estrella de neutrones para lograr eso, para lograr que sean tuyas, para lograr que parezcan compuestas a tu medida, como si hubiesen estado metiendo las narices en tu correo, hay que ser muy mala bestia o muy Hombre de Negro para robarle la novia a Trent Reznor como hiciera, hablando de hombres/agujeros negros, Johnny Cash con el «Hurt» de los Nine Inch Nails. En el trayecto de ser un amante y fan de la música a convertirse en un creador musical, cuenta William Elliott Whitmore, nunca perdió el sentimiento de sobrecogimiento que te entra al escuchar una buena canción. Como todo el mundo (y ya lo apuntamos en este mismo Blog hace tres años, cuando reseñábamos su Radium Death), disfruta con toda clase de música, desde el country con el que se crió gracias a sus padres, hasta las bandas de punk rock y avant-garde que descubriría más tarde. Lo mismo da, siempre que la canción sea buena. Para su paso a Bloodshot Records ha recolectado diez temas que llevaba mucho tiempo deseando compilar. Diez temas que llevaba años interpretando en sus conciertos y a los que quería dar un pequeño hogar, sin más pretensión que la de compartirlas con la gente. Pura radiación electromagnética. Canciones que, pese a sus diversas procedencias (Magnetic Fields, Harlan Howard, Johnny Cash, Bad Religion, ZZ Top, Bill Withers, Red Meat, Jimmie Driftwood, Captain Beefheart, Dock Boggs: estrellas de neutrones), nunca han sonado tan orgánicas como aquí. William Elliott, con su banjo y su cosa de predicador rural sacado de un cuento de Flannery O'Connor, con su garganta rasposa de disco viejo de 78 rpm, las ha devorado, las ha regurgitado y ya son otro fenómeno, mucho más que una suma (si no eres capaz de colisionar así, dedícate a otra cosa). Ha desintegrado los iones pesados de la fusión y la música resultante, os lo advertimos, es pura radiación electromagnética.

CHERNOBYL

 

Reconozco que, tras ver los dos primeros episodios de CHERNOBYL, pensé: «Bueno, tampoco es para tanto: Serie mejor puntuada en la historia de IMDb, venga ya».

Mucha acción y poca chicha, un rollo en plan la peli del TITANIC, pero en soviético.

Pero pasa con muchas series de nivel, que los dos primeros episodios son para la presentación de los personajes y para que nos pongamos en contexto, y a veces resultan un poco muermo.

Con el tercero la cosa cambia. Todo toma forma. La crudeza, el terror de la historia y las imágenes radioactivas te dejan de piedra.

Madre mía, pobre gente, y vaya par de huevos que le echaron al asunto los currelas rusos. Y menudo descontrol entre los políticos y las clases dominantes. Se podía haber liado la de Dios, asusta saber que toda la historia es real.

Nunca he viajado a la URSS, el vodka no es lo mío, y menos a palo seco, como no paran de beberlo los personajes de la serie para poder tirar para adelante con todo lo que se les viene encima.

Lo más parecido que he visto al ambiente de la miniserie es cuando mi socio, DIRTY LUCINI, y un servidor nos fuimos a Berlín a ver en acústico al bueno de RYAN BINGHAM. Al día siguiente, con una resaca de partir de whisky y cerveza, visitamos el museo de las oficinas de la policía de la RDA durante la ocupación soviética en la Guerra Fría. Cosa buena.

Cinco episodios, del que me falta el último por ver, producidos por HBO y SKY. 

Con caras conocidas entre los actores, protagonistas de series ya mencionados en el dirty blog como THE TERROR (JARED FRANCIS), RIVER (STELLAN SKARSGARD ) o APPROPRIATE ADULT (EMILY WATSON).

Vamos, que hay que ver CHERNOBYL, no sé si es la mejor serie de la historia, pero sí del momento, ahora que hay mucha serie cutre rondando por ahí.

Por cierto, menudo bajonazo ayer viendo la peli que cerraba DEADWOOD. Se la podían haber ahorrado.

 

EMILY DUFF

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Maybe in the Morning

(Mod Prom Records, 2017)

Como toda buena historia, esta se origina con Dioses y Monstruos. En Nueva York. A principios de los noventa. En sitios como el Knitting Factory y el CBGB. Imagínense qué monstruos y qué dioses. Al parecer el nombre procede de una cita de La novia de Frankenstein (1935): cuando el Doctor Pretorius brinda con acento europeo muy fuerte por «¡un nuevo mundo de dioses y monstruos!». Gary Lucas, que había sido guitarrista de Captain Beefheart, lo vio claro y decidió llamar así a su nueva banda de rock psicodélico: Gods and Monsters. En la banda militaría durante un tiempo el bueno de Jeff Buckley, al que luego reemplazaría como vocalista Emily Duff antes de emprender su carrera en solitario de la que este Maybe in the Morning es su segunda y más reciente entrega (ahora anda metida en un proyecto de góspel y solo escucha a Mavis Staples, de manera obsesiva). Ya ven, por tanto, de qué clase de dioses y monstruos estamos hablando. Rosanne Cash, que aparece en los agradecimientos del disco, desde su reencarnación neoyorquina, especie de madrina, hija de una diosa y un monstruo, dice que este es su trabajo más potente hasta la fecha. Nos fiamos de ella. No en vano (y pueden atestiguarlo los que la han entrevistado en su apartamento del West Village), Emily Duff es chef y respeta los ingredientes. Sabe de colores, texturas, presentaciones y sabores. Y esos conocimientos los ha incorporado a su música. El respeto al detalle es la única vía hacia la autenticidad. Y estamos hablando de country soul. De ahí lo de irse a Alabama a grabar estas canciones, concretamente a los estudios FAME de Muscle Shoals (¡Amén!). Garantía de calidad. Ella dice que grabar allí fue una experiencia profundamente espiritual. Lo dice todo el que cruza esas puertas. Entrar en esos estudios es como entrar en una iglesia. Grabar este disco fue como ir a misa. Y la cosa viene, además, con pedigrí. Hay una biografía promocional que corre por ahí en la que se explica todo. Comienza diciendo: «Emily nació en Flushing Queens y fue criada por un paquete de tabaco. Su madre le enseñó cuatro acordes perfectos y luego la dejó a su suerte para que se las arreglase sola con el resto. Armada con una guitarra eléctrica de cuerpo hueco y la furia suficiente para arrasar un país pequeño, Emily se abrió camino hasta el CBGB y ya nunca miró atrás». ¿No se mueren ya por escucharla? Las comparaciones son odiosas, pero de nuevo vuelve a salir a la palestra el nombre de Lucinda Williams. Recurso de vagos y pelafustanes, a los que, aunque solo sea por citarlos, maldita sea, nosotros también nos sumamos. Voz arenosa y mucho «groove» sureño de pantano. Tórrida y seductora. Letras sudorosas, como escenas sacadas de una obra de Tennessee Williams (pasado por el tamiz del off-Broadway). Al final de una entrevista le pedían a Emily que le dirigiese unas palabras al lector. Dijo esto: «Deja ya de juguetear con tu iPhone, despídete del DJ y recuerda que las canciones buenas y las guitarras salvan vidas. ¡Ve a ver música en directo!». Así que ya saben. ¡Oído cocina!

BRAD ARMSTRONG

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I Got No Place Remembers Me

(Cornelius Chapel Records, 2018)

La historia empieza como muchas otras historias. Libro Primero de Moisés, Génesis 1, «La creación»: en el principio hubo una banda de rock and roll de Birmingham, Alabama. Una historia familiar, por no decir anodina. La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Un hombre se encuentra con una guitarra, ese hombre conoce luego a otro hombre que tiene un bajo, después los dos hombres se topan con otro hombre que tiene una batería y desde su garaje deciden cambiar el curso de la historia del rock and roll. Le siguen diez o doce años de Éxodo, Levítico y Deuteronomio, multitud de conciertos (bajo la denominación 13ghosts, una banda gótico sureña, algo así como Lynyrd Skynyrd con la imaginería de Faulkner y del Apocalipsis, para que se hagan una idea, mucho kudzu y mucho alambre de gallinero, historias de buscavidas, borrachos, «good ol' boys» y toda clase de perdedores a la deriva, la calaña de ese Sur mitad mito mitad realidad que puebla las historias de Flannery O'Connor, Harry Crews, Padgett Powell y Barry Hannah, de quienes el primer hombre se declara forofo irredento, todo ese fatalismo de la literatura sureña, nada que ver con la delicadeza de un Salinger, por poner un ejemplo de lo más discreto…), algunos discos (seis entre 2000 y 2012) y no muchos dólares. Ni que decir tiene que no lograron cambiar el curso de la historia del rock and roll, claro. Ya hemos anticipado que se trata de una historia bastante familiar, por no decir anodina. El nombre de aquel primer hombre es Brad Armstrong y, por supuesto, en toda esta historia del origen hay otros nombres, pero como él mismo dice en su biografía, prefiere dejarlos en el anonimato, y no por amargura, sino por amor. El caso es que en el largo camino a Damasco encuentran de vez en cuando una pepita de oro, pero sobre todo lingotes de plomo. Una historia muy familiar, ya digo. Al menos hasta el momento en que interviene de repente la divina providencia, humorística y caprichosa: alguien de Pitchfork les hace una reseña y ocurre el milagro. La historia deja de ser tan impertinentemente familiar. Alcanzan cierta notoriedad en la prensa nacional con el tercer álbum, Cicada, que, al poco tiempo, una noche oscura y tormentosa, tienen que retirar del mercado por una denuncia de los herederos de Bob Marley, los mercaderes del templo, a causa de la versión de «Three Little Birds» a la que Armstrong añadió unos cuantos versos de su propia cosecha. Multón inmenso para un sello indie que no puede afrontarlo. Jeremías y Lamentaciones. No está el horno para Salmos. El álbum muere tras un pesaroso calvario. Sus siguientes discos funcionan y son bien recibidos por la crítica, pero ya con el fuego apagado. No digas que fue un sueño. La banda se queda en el escenario, como la Carrie de la película de Brian de Palma –la referencia es del propio Armstrong–, la reina de la promoción empapada en sangre. Algo que da cosilla mirar. De nuevo la misma historia. Descontento en las tropas. Raciones insuficientes. Chinches y gachas. Desilusión. Y también amargura. Choque de egos. Muerte por asfixia de la banda. Cada uno por su lado. Armstrong se larga al Valle del Hudson con su mujer y sus hijas. Se compra un perro y se dedica a la carpintería. Una historia, de nuevo, bastante familiar, esta vez ya más Nuevo Testamento. Aunque seguirá tocando como miembro de los Dexateens, garaje rock de Tuscaloosa, Alabama (con Matt Patton, de los Drive By Truckers). Guitarra y martillo. Canciones sobre beber whisky y romper cosas. ¿Para qué más? Pero no es suficiente. Cuando uno ha mordido la dichosa manzana nunca es suficiente. Y es así que llega, fruto del descontento, su primer álbum en solitario, Empire, publicado con cero fanfarria, cero repercusión en prensa y cero gira promocional. Incluso cero copias físicas. ¿Dónde puedo conseguir el disco? Bit Torrent a punta pala. Y, claro, cero flujo de pasta. Así que de nuevo carretera, tocando con gente del calibre de John Moreland y Charlie Parr. Pero ahora sí parece haber encontrado su sitio. Una suerte de revelación. Ahora está tocando en sitios en los que la gente escucha (esa gente existe). Así que ya poco Gólgota. Y por ese mismo camino llegamos, por fin, a 2018 y a este prodigioso I Got No Place Remembers Me. Americana con carnet de identidad punk y corazón de garaje sureño, como ha apuntado Steven Howlett en una reseña. Basta con oír los casi siete minutos del primer tema, «Brother Ford», una narración oscura a propósito de un granjero pobre que se convierte en predicador. Parafraseando a Howlett: es el «It's All Right Ma (I'm Only Bleeding)» de Dylan, con un chute en vena del «Copperhead Road» de Steve Earle, enunciado con el diabólico brinco saltarín de la Charlie Daniels Band. «Longevidad erigida sobre una base sólida», a decir del señor Howlett. Sobre esta piedra, edificaré mi iglesia, parece estar diciendo Brad Armstrong desde cada corte del disco. Así que no les digo más: volumen a tope y genuflexión.

TODD SNIDER

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Cash Cabin Sessions, Vol.3

(Aimless Records, 2019)

Desde el «Blues hablado del Rock Grunge de Seattle» del Songs for the Daily Planet, el álbum con el que debutó en 1994 tras haber sido «descubierto» por Keith Sykes y John Prine, y el «Blues hablado de la telerrealidad», segundo corte de estas sesiones, han pasado veinticinco años y un montón de sueños que se han ido haciendo realidad, pero ninguno de una manera tan literal como en el caso de este portentoso Cash Cabin Sessions, Vol.3 (y no se me pongan ahora a buscar por ahí, porque ya les aviso yo que no hay ni volumen 1 ni volumen 2). Se trata de un sueño recurrente que Snider empezó a tener tras su primera visita a la cabaña de Cash (la cabaña que construyó Johnny Cash en 1978 en medio del bosque y que luego Rick Rubin convertiría en estudio para las míticas American Recordings), cuando Loretta Lynn le invitó a asistir a la grabación de un par de temas que habían escrito juntos (componer y grabar con la «hija del minero» en el estudio de El Hombre de Negro, hablando de sueños cumplidos). Cuenta Daryl Sanders en las notas del disco que, a los pocos días de aquella visita, Todd Snider soñó que se quedaba dormido en el suelo de la cabaña, sin manta ni almohada, como traspuesto tras una larga parranda, y que alguien se ponía a darle golpecitos en el hombro. Al abrir los ojos se encontraba con el mismísimo Johnny Cash. En los meses siguientes volvió a soñar lo mismo dos veces, lo que le llevó a pensar que allí había algo, un mensaje cifrado, una significación oculta, una suerte de «mojo» o encantamiento. Así que, en octubre de 2015, llamó al hijo de Johnny Cash, John Carter, y reservó unas horas de estudio en la cabaña de Cash para, según la versión oficial, grabar unas demos; en realidad, para ver si se manifestaba algo… Pero nada. Ni poltergeist ni vudú. Más adelante, en la primavera de 2016, volvió a soñar lo mismo. Esta vez el Hombre de Negro no se limitaba a despertarle, esta vez se dirigía a él y le decía: «Todd, te lo estás perdiendo» y le señalaba un rincón de la sala de control. A Todd Snider no le quedó otra que volver a la cabaña. Ahora un fin de semana entero y con la excusa de grabar unos temas con su banda, los Hard Working Americans. John Carter bajó de la colina. Snider le refirió el sueño. John Carter le dijo que justo el sitio donde soñaba que se quedaba dormido era donde había muerto su padre. Se pasó sus últimos días encerrado y grabando en la cabaña, y justo ahí fue donde le instalaron la cama. Snider le preguntó si creía que aquel lugar estaba encantado. John Carter le contestó que sí, que al menos Loretta Lynn juraba que sí, que una noche, cuando Loretta estaba grabando en la cabaña, se la encontró, a eso de las tres de la madrugada, bailando como una jovencita alocada al son de una música inexistente. Al día siguiente, le preguntó qué estaba haciendo a esas horas intempestivas en el bosque y Loretta Lynn le contestó: «Bailando con tu padre». Así que cuando volvió a su casa tras aquel fin de semana, Todd Snider creyó haber descifrado el mensaje. Johnny Cash le estaba animando a escribir y grabar la canción que estaba germinando en todo eso, «The ghost of Johnny Cash»: «When Loretta Lynn goes dancing / With the ghost of Johnny Cash / Father Time takes forever / And makes it look like less than lightning flash / Violins bow into fiddles / Two iconic symbols crash / When Loretta Lynn goes dancing /With the ghost of Johnny Cash», la canción que sería el origen de este Cash Cabin Sessions, Vol.3. Un regreso a sus orígenes folk, justo en la dirección opuesta a la que estaba tomando con los Hard Working Americans. Una vuelta a la sencillez y a la sequedad descarnada del primer American Recordings. Sin concesiones. Totalmente a contracorriente. Casi fantasmal y gótico. Un disco que probablemente no vaya a sonar jamás en la radio, motivo por el que, no en vano, incluye una foto homenaje a Rubin/Cash, de Snider en el porche de la cabaña haciendo el «pájaro» a la cámara, como diciendo que al que no le guste que se joda, porque esto no es ni será nunca el puto Country Channel. Punk total, es decir, folk puro y duro, sin perifollos.