The Mysterious Tale of How I Shouted Wrong-Eyed Jesus!
(Luaka Pop, 1997)
Vamos ya para treinta años desde esto, que se dice pronto. Del documental del 2003 de la BBC algo menos, y ahí fue realmente donde lo descubrimos, a Jim White, aunque reparásemos en el docu porque Lee Ranaldo, al que aquel mismo año editamos en Acuarela (el poemario Road Movies), nos dijo que salía Harry Crews, el tipo que daba nombre a la banda de su antigua compañera en Sonic Youth, Kim Gordon, junto con Lydia Lunch y Sadie Mae. Ahí hubo ya un germen de lo que acabaría siendo Dirty Works. Tremenda vuelta de este que me habló de ese y ese de aquel. ¿Pero quién era Jim White? Pues, como muy bien reza en su biografía, «aquel antiguo drogadicto, vagabundo, narrador, taxista y talentoso inconformista pentecostal en vías de recuperación, natural de Pensacola (Florida), que revolucionó en los años noventa el género del sadcore y el alt-country con influencias espaciales». Ni más ni menos. Y ni que decir tiene que nos voló la cabeza en cuanto acudimos a abrevar en sus discos. Su primer álbum, Wrong-Eyed Jesus, o mejor dicho The Mysterious Tale of How I Shouted Wrong-Eyed Jesus! (no confundir con el disco de la banda sonora del documental, que se abre con la voz de Harry Crews hablando de alimentarse de historias para sobrevivir, y que incluye temas de The Handsome Family, Cat Power, Sixteen Horsepower, David Eugene Edwards y el propio Jim White, entre otros ángeles caídos) reveló al señor White como un lúcido anatomista espiritual del Sur, a la altura, según se decía, y así lo supo muy bien ver David Byrne, que aparece en los créditos como productor ejecutivo del disco, a la altura, se decía, de Flannery O’Connor y Tom Waits. El propio White veía su música como un conducto para dar vía libre a todas las historias locas en las que se veía constantemente involucrado, sin otra razón que el hecho de ser del Sur, porque su terruño, y cualquiera que haya estado por allí lo sabe, es un lugar de locos. El álbum ha venido a considerarse una obra maestra de esa cosa informe que se denomina el alt-country, pero a Jim toda esa desproporcionada veneración le resbala bastante, le parece ridícula. «Llevaba veinte años escribiendo esas cancioncillas oscuras. De vez en cuando se las tocaba a alguien y siempre acababan gritándome: “¡Para ya, Jim! ¡Es tan malo que me van a estallar los oídos!”. Luego algún lumbrera se sacó de la manga esa cosa del alt-country y, ¡bum!, de repente todo el mundo gritaba: “¡Jim, eres un puto genio!”. Que alguien me lo explique». La historia se remonta a él, con quince años. Una época en la que andaba metido en jaleos de drogas, trapicheando un poco por aquí y por allí, nada del otro mundo, a nivel local. Un conocido suyo acababa de morir de sobredosis. Por lo visto se inyectaba una cosa que se llamaba «Green T» que resultó ser polvo de ángel curado con líquido de radiador. Una receta mortífera. En esa época la droga fue borrando varios nombres del libro de su vida, como él mismo nos cuenta, en La misteriosa historia de cómo grité: ¡Jesús de Ojos Chungos!, el portentoso relato sobre el origen de todo esto, incluido en la reedición del veinticinco aniversario del disco. Él se veía ya como el siguiente en la lista de la Parca. Y una noche, haciendo autoestop de vuelta a casa de recoger mercancía en la casa de un camello en la otra punta del estado, un Plymouth Duster de color marrón, polvoriento y con matrícula de Alabama, se detuvo bruscamente (demasiado bruscamente, eso debió hacerle pensar que la cosa no pintaba nada bien, pero no, era la edad de sentirse inmortal) para recogerle. El granjero grandullón que iba al volante le preguntó a dónde iba y, al decírselo, coincidió, sospechosamente, que él tenía un asunto que resolver justo por allí, concretamente: en medio de la nada, donde Jim vivía con su familia. De camino se pusieron a charlar y Jim percibió algo oscuro y preocupante en el personaje. «Era como cuando sientes que se avecina una tormenta antes de verla siquiera y te invade una sensación oscura y salvaje por dentro. Así es como me sentí de repente… como si mi premonición hubiese encontrado un vehículo en la voz de aquel extraño y, de pronto, se abalanzara hacia mí desde las sombras a una velocidad aterradora.» Lo mismo era un policía o un agente de narcóticos en un coche camuflado. «La conversación divagó de un tema a otro y luego las cosas se pusieron delicadas cuando nos detuvimos en el último semáforo en rojo al final de una zona céntrica.» El tipo le suelta que parece una localidad aburrida y le comenta que lo que hace él para combatir el aburrimiento es drogarse. «Ahora aquel tipo estaba tanteando el terreno, esperando a que mordiera el anzuelo y le ofreciera algo de mi droga. “¿Te gusta drogarte, chico?”.» Por supuestísimo que no, le dice Jim. Entonces el tipo, con su permiso, se saca un porro y se lo lleva a los labios. Y el semáforo se pone en verde, y siguen. Y Jim ya solo piensa en cómo librarse de ese tío. «Al final, lo único que se me ocurrió fue esperar el momento oportuno, a que redujera la velocidad lo suficiente como para pillarlo desprevenido, y entonces saltar del coche y correr como el demonio.» Pero tal oportunidad no llegó a darse. De la droga, la conversación derivó al sexo. «¿Sabes lo que realmente me pone a mil, chaval? El sexo. Me gusta el buen sexo… ¿y a ti? ¿Te gusta el sexo, chaval?». «“Solo tengo trece años, señor”, le dije, mintiendo sobre mi edad, con la esperanza de que tal vez pensara que era demasiado joven para serle de utilidad. «Así que no sé nada de sexo». Esa parte era cierta. Yo era uno de esos chicos introvertidos y tímidos a los que las chicas rechazaban como al olor a muerte. Me ponía hasta el culo de drogas para olvidar el sufrimiento de ser así.» «¿Trece? Vaya, eres grande para tu edad. ¿Seguro que no sabes nada de sexo?». Más semáforos, más kilómetros. La tensión crece. «Yo había oído aquel viejo dicho: “Prefiero que me regalen cigarrillos en la cárcel que flores en el cementerio”, así que eché un vistazo a hurtadillas para ver si había algo con lo que poder golpearle, pero no había nada, al menos nada con lo que poder hacerle suficiente daño y que detuviera el coche. Además, me sacaba al menos cuarenta kilos.» Entonces el tipo le dice que tiene libros pornográficos en el maletero, y que podrían parar y echarles un vistazo, «en el bosque o algo así». «Libros en el maletero. La autopista se extendía ante nosotros, una cinta oscura y tensa que atravesaba los bosques pertenecientes a la fábrica de papel. A ambos lados había estrechos arcenes enmarcados por las siluetas de interminables hileras de pinos, invadidos por el kudzu y negros como la noche. No había nada más, ni farolas, ni casas, ni otros coches pasando, nada.» Jim ya se veía violado de formas indescriptibles, asesinado y enterrado en el bosque. Intenta huir cuando el granjero le planta la mano en el muslo, van a toda velocidad, pero a él ya no le importa lanzarse al vacío y descrismarse, va a tirar de la manilla de la puerta, pero no funciona «Esa manilla está rota, chaval». Y empieza a soltar risotadas. Y es en ese momento cuando Jim, acuciado por el terror, tiene la visión: una pareja de misioneros mayores recién llegados de África predican en una carpa, relatan a su grey el milagro de cómo fueron salvados de las garras de una sanguinaria banda de mercenarios que llevaba meses aterrorizando el campo. «Entonces, cuando el marido comenzó a hablar en lenguas y a clamar el nombre de Jesús tal y como lo hicieron aquel día en África, la mujer retiró un paño de terciopelo negro de un gran caballete que se alzaba en el escenario, revelando una representación de metro y medio del rostro de Jesús que ella misma había pintado cuando fue “derribada por el Espíritu”. Era el Jesús con los ojos más chungos que había visto en mi vida.» El caso es que Jim se pone a gritar eso en el coche, «¡Jesús de los Ojos Chungos!», una y otra vez, como un descerebrado, y el granjero se asusta y aparta la mano de su entrepierna. Jim sigue gritándolo y el granjero se pone a golpear el volante con los puños diciéndole que se calle, pero Jim sigue dale que dale y el tipo acaba frenando. Oscuridad, grillos enloquecidos. El tipo rebusca debajo del asiento y saca un destornillador. Jim cree que lo va a apuñalar y que así va a acabar su biografía, pero lo que hace el granjero es soltar el cerrojo de la puerta, abrirla de un tirón y decirle que se largue. Jim huye corriendo. «Recuerdo que me gritó: “¡Adiós y buen viaje a ti y a tu Jesús de los Ojos Chungos!”, mientras cerraba la puerta de un portazo.» Jim escucha el sonido de las ruedas patinando sobre las conchas de ostra que cubren el arcén y, luego, cómo se agarran al asfalto. Cuando le queda claro que se ha ido, vuelve a la carretera y reemprende la marcha hacia casa, «preguntándome todo el tiempo por aquel extraño conjuro que había salido de mi boca». Más adelante, lo recoge un hippie. Al cabo de un rato, le cuenta lo que le acaba de pasar con el granjero: «Le dije que me había defendido con las palabras «¡Jesús de los ojos chungos!». La historia hace que el hippie detenga el coche y se ponga a llorar. Le refiere entonces que su padre, hacía apenas unas horas, le había pillado fumándose un porro en la trastienda. Le había amenazado con llamar a la policía y él lo había mandado a la mierda. De la furia, al padre le acometió un fuerte dolor en el pecho, fue al hospital y, nada más ingresar, murió en brazos de la enfermera. Así que el hippie se siente ahora como un asesino. Va camino del hospital a reclamar el cadáver. «Me dijo que, unos kilómetros atrás, se vio invadido por una oleada de remordimiento y detuvo el coche en medio de la carretera desierta, probablemente en el mismo lugar donde el granjero me había liberado, y, por primera vez en años, se puso a rezar, preguntándole a Jesús por qué habían sucedido tales cosas. Entonces oyó una voz dulce y reconfortante que le dijo que todo tenía un propósito, y que pronto comprendería el plan de Jesús. Y, luego, unos kilómetros más adelante, ese “pronto” le llegó en forma de mí mismo: un niño embarrado y asustado abandonado en una carretera solitaria. […] Incliné la cabeza junto a aquel hippie que creía haber matado a su padre, y allí mismo abrimos nuestros corazones a Jesús y comenzamos a bailar una danza de arrepentimiento ante la audiencia de santos y ángeles que nos contemplaba desde el cielo. Como ninguno de los dos estábamos muy versados en los entresijos del proceder religioso, al poco tiempo nos detuvimos a trompicones, observando en un silencio incómodo e impotente cómo aquella delicada atmósfera nos rebasaba, para luego desvanecerse sin dejar rastro, como una tormenta de verano que pasa junto a un barco en alta mar. Una vez que el aire se despejó, el hippie puso el Dodge en marcha y nos alejamos.» El hippie acaba dejándolo en la puerta de su casa. Jim se va directamente a la cama. Abrumado por todo lo sucedido. Se queda dormido. Y en sueños se encuentra de vuelta en la carpa de los misioneros, mirando fijamente el cuadro del Jesús de los ojos chungos. En el sueño se levanta para decirle a la misionera que los ojos le han quedado fatal. «Esperaba que me condenaran, que me llamasen hereje y me expulsaran como a los demonios de la piara de cerdos, pero, sorprendentemente, todos estuvieron de acuerdo en que tenía razón. Los misioneros me dieron las gracias por mi testimonio y me brindaron la oportunidad de subir al escenario y arreglar aquellos ojos tan mal pintados.» Jim recorre el pasillo central con un pincel en la mano, pero nada más posar el pincel en el lienzo salen volando, el lienzo y él, a velocidad supersónica hacia el firmamento. «La Tierra se convirtió en una minúscula mota mientras empezaba a trabajar en esos ojos, pero cada vez que por fin conseguía que me quedasen casi decentes, el Jesús del retrato me guiñaba un ojo y deshacía mi arduo trabajo, de modo que me pasé la noche entera propulsado hacia los rincones más lejanos de la galaxia, fracasando una y otra vez en fijar sobre el rostro de Jesús unos ojos de expresión singular y sincera, una expresión que, al parecer, a Él no le hacía ninguna gracia.» Al día siguiente, Jim cogió un lápiz e intentó pintar un Jesús como Dios manda. No hubo manera Los ojos se le resistían. Acabó rindiéndose tras varios intentos, agujereándole los ojos. «De vez en cuando intento hacer otro retrato de Jesús, pero es inútil. Incluso los retratos de los artistas famosos me parecen que tienen los ojos chungos […] Recientemente me topé con aquel primer dibujo, olvidado en una caja de trastos marcada como “recuerdos religiosos” y, tal vez porque no esperaba encontrármelo allí, de alguna manera, esos agujeros irregulares a modo de ojos me parecieron perfectos. Sentí una extraña sensación de terror, luego aparté la mirada, diciéndome a mí mismo que no podía ser, pues Jesús solo hay uno, y no me quedaba otra que defender el pequeño consuelo que me daba saber que Sus ojos serían siempre chungos. ¡Larga vida al Jesús de los Ojos Chungos! ¿Sabéis a qué me refiero cuando digo eso?»… Y hasta aquí la reseña de hoy, que se me ha ido un poco de mano, pero creo que ha merecido la pena. Larga vida, también, por cierto, a Jim White. Porque no se puede ser más Gótico Sureño (signifique eso lo que signifique).
