The Great Rise
(Dead Leaf Records, 2007)
Cuando en 2007 salió este disco, el primero de los dos que Chris Brecht, natural de Austin, Texas, ha grabado hasta la fecha, fue celebrado unánimemente, en el reducido círculo en que estas cosas se celebran (probablemente se enteraron cuatro gatos, entre los cuales me cuento, en una época en que, por azares de la vida y sin ser gato ni gato gato, vivía yo en Lavapiés y esta era la música de mis verbenas), fue celebrado, decía, como un excelente debut. Por el tono nasal, el fraseo, la prolijidad y el hálito poético de sus letras, se le comparó desde el minuto uno con Dylan, pero no con un Dylan cualquiera, el hombre de las mil caras, sino con uno muy concreto, el de «las cintas del sótano». Esto, ya de por sí, premeditado o casual, intencional o inventado por los reseñistas, que necesitan asideros, era una declaración, consciente o inconsciente, de principios. Brecht no es el primero, ni será el último, que cifra en esas cintas, en esas grabaciones deslavazadas, improvisadas, grabadas como al desgaire, en compañía de otros titanes sin pretensiones, con un equipo de lo más modesto, por no decir que paupérrimo, cifran, digo (sin desdecirles, sino sumándome al dictamen), lo mejor de Dylan, el Dylan descuidado, guarrete, abierto al azar, a la improvisación y a los avatares del más puro entusiasmo. Fijarse en eso, partir de ahí, de lo que no fue en el fondo más que un ensayo, una travesura, una búsqueda, para inaugurar toda una carrera, un estilo, un sonido, es tener las cosas meridianamente claras. Partir de algo que pudo muy bien no haber existido, que pudo haberse perdido porque nadie en su sano juicio, ninguna discográfica (de no haber venido de la mano de quien venía) lo habría querido editar. Chris Brecht pertenece a esa vieja raza de trovadores en las que el disco, físico, es algo meramente accidental. Como aquel pistolero itinerante protagonizado por Richard Boone en la serie Have Gun – Will Travel (aquí conocido como Revólver a la orden), Chris Brecht también podría haberse anunciado en los periódicos con un lema similar: «Con guitarra y dispuesto a viajar», guitarra a la orden, en efecto, dispuesto a lo que fuese, allá donde lo llamasen, a veces solo y a veces con su banda de forajidos (su The Band), los Dead Flowers. En un semanario de Seattle se hicieron eco en su momento, remarcaron su acento perezoso como una especie de cruce híbrido entre el farfulleo pletórico de sentimiento de un oriundo de Carolina del Norte como podría ser el primer Ryan Adams, con el tono nasal y desentonado de Bob Dylan, con el que canta sobre trenes (en la mitad de sus canciones aparecen trenes, él lo atribuye a haberse criado y vivido buena parte de su vida cerca de las vías), amores perdidos y la vida nómada, con la misma pasión y atractivo intemporal de los grandes gigantes de la «carretera perdida» e interminable (el «never ending tour» de Dylan), como pueden ser Woody Guthrie y Willie Nelson. Hay también una declarada e irredimible devoción por lo retro, tanto a la hora de componer como a la hora de grabar, él mismo asegura que no solo se sirve de una máquina de escribir para trasladar al papel sus ideas volanderas, sino que luego, en el estudio, en el sótano, graba las canciones en cinta de dos pulgadas, porque le importa el sonido, ese sonido, y no por capricho, porque es consciente, también, de que tal deriva, tal cabezonería, es, en el fondo, una decisión estrictamente ética. No le importa que lo llamen anticuado, es más, lleva tal calificativo como un galón, como una muesca en la culata de su guitarra. «No creo que la cinta haga realmente que la música suene vieja o vintage, lo que creo es que agrega una calidez y una belleza que lo digital nunca podrá capturar del todo.» Es ese algo que se pierde en la traducción lo que él se empeña en atrapar, de lo contrario, no tiene sentido ni merece la pena ser grabado. A finales del verano del 2007 se asoció con el guitarrista y productor Brad Rice (de la escuela del «vive y deja vivir», no de los entrometidos; entre otros, ha producido joyazas de Ryan Adams y Son Volt), para grabar este The Great Rise que es una auténtica gozada, no menos que su segunda incursión en los estudios, tres años más tarde, con el Dead Flower Motel, ya con los cómplices de su banda. Qué gusto da la imperfección y la tosquedad es este mundillo cada vez más digital y profiláctico.
