We're Only Human
(Highway 87 Records/Thirty Tigers, 2025)
Ya van diez, este es el noveno de estudio, y hasta en las numerosas entrevistas que ha ido concediendo al respecto, da la impresión de que, aún con las no pocas inseguridades y vacilaciones que conlleva el oficio, Hayes Carll ha llegado a un sitio, puede que a casa, después de un largo y fatigante viaje, a un lugar en el que se siente relativamente cómodo, en el que parece haberse visto compensado por cierto sosiego, cierta sabiduría personal e íntima, un lugar que le ha permitido dejar de lado la ironía y los retratos humorísticos de la gente común, de los otros (en los que probablemente también estuviese hablando de sí mismo), para viajar a lo hondo, al «Up-Down», «la senda del jaguar» de la que habla Barry Gifford en la última entrega de su saga de Sailor & Lula, esa quinta dirección intuida por las civilizaciones antiguas que viene a representar algo así como el ombligo o el centro, el centro de las cosas, una mirada introspectiva en la que Carll se detiene a mitad de camino para respirar tranquilo, recuperar el aliento, y hacerse sujeto de su propia narración. En efecto, el álbum destila una cierta paz, tanto en lo predica como en el modo en que lo hace (sin resultar cargante ni catequista en ningún momento). «El disco —dice— está inspirado en el deseo de comenzar a escuchar mi voz interior en lugar de huir de ella. Las canciones son mi forma de solidificar las lecciones que he ido aprendiendo, no porque tenga las respuestas, sino porque necesito el recordatorio constante de que somos humanos.» El constante movimiento, la vida en la carretera, esa anatomía de la inquietud tan bien diagnosticada por Bruce Chatwin, lo que vendría a ser el «culismo de mal asiento», para entendernos, puede llevar a una suerte de angustia existencial que el propio movimiento, travestido de avance (¿hacia qué?, ¿hacia dónde?), encubre, hasta que llega un momento en que el pánico te asalta por la espalda y te encuentra, básicamente, en medio de «ninguna parte», esa patria desasosegante de los cómicos de la legua en la que no hay nada, ni casa, ni amor, ni sustento. Entonces conviene pararse (la extensa lista de descalabros así lo recomienda, a poco que uno esté atento). Y este We´re Only Human es el reportaje, la crónica, de ese parón. En «Stay Here Awhile» queda perfectamente de manifiesto. «Me he pasado mucho tiempo ascendiendo la colina / pero solo he empezado a moverme de verdad cuando he decidido quedarme quieto.» Sin miedo a mostrar su vulnerabilidad del modo más transparente, en sus propias palabras, él no es más que un ser «defectuoso, divertido y profundamente compasivo». Un disco a contracorriente en su casi suicida demanda de lentitud, dando la espalda al hit o al single peleón, reclamando la pausa, una escucha lenta y reflexiva, en medio de toda esta vorágine y precipitación que empuerca el entorno. Algo muy de agradecer en los tiempos que corren. Vivir el presente, cometer errores, saber encontrar momentos de quietud en un mundo ruidoso e inquieto. De eso va el disco. De eso va esta búsqueda. Y no puede tener mejor colofón que ese glorioso «May I Never» con que concluye el álbum (aunque haya una edición especial con tres temas adicionales que afean un poco el efecto, pese a ser canciones magníficas), donde Carll, en una especie de oración disfrazada de canción (o viceversa) se une a un buen grupo de amigos, Ray Wylie Hubbard, Shovels & Rope, Darrell Scott, Nicole Atkins, Gordy Quist y Ed Jurdi de Band of Heathens, para suplicar, de alguna manera, que no se pierda el rumbo. Tener los pies en el suelo y agradecer o, simplemente, disfrutar de lo que se tiene. Una casa, un amigo, un perro, una canción de John Prine sonando en la radio. Tampoco hacen falta mayores alajas ni dispendios. Seguir siendo ese niño excitado por la música, que desea dar a luz una canción decente, como le dijo a Bill DeVille en la entrevista que le hizo para The Current, en la que Hayes Carll transmite, por cierto, una calma poco menos que budista, bastante contagiosa. Un disco maravilloso que quizá (aunque era de esperar) haya pasado más desapercibido de lo que se merece. Las pinturas que decoran las cubiertas y el interior son, conviene también destacarlo, de otra de nuestras grandes favoritas, Courtney Marie Andrews, por lo que no estará de más proponer que se le haga el pájaro a las plataformas de escucha y se compre uno el disco físico, en cualquiera de sus formatos, no me seáis ruinacos ni mezquinos.
