SAMMY BRUE

The Journals

(Bloodshot Records, 2026)

Los discos tributo, como las bandas de lo mismo, suelen ser bastante bochornosos (charanga de fiesta de pueblo). A veces, tienen una intención benéfica que los justifica remotamente, aunque quizá sería mejor decir, más bien, que los disculpa (siendo muy pero que muy generosos). Por lo general, son meros ejercicios de oportunismo, estrategias puramente comerciales, descaradas o escasamente disimuladas, con invitados que no pintan nada ahí, gente que parece que se ha colado en el funeral para cenar de balde y que, probablemente, no saben ni quién es el muerto. Hay excepciones, claro. Pocas y honrosas. Este disco es una de ellas. No puede tildarse de tributo u homenaje a este desgarro, a este corazón sangrante, servido en bandeja, tan alejado de toda fanfarria. Para empezar, es la obra de un discípulo, así es como firma el texto que acompaña el disco: «Sinceramente, Sammy Brue, un discípulo de Justin Townes Earle». Así se define él mismo. Justin Townes fue su mentor. Desde el primer segundo en que agarró una guitarra a los once años, nos dice Sammy, allá en Ogden, Utah, a la sombra de los montes Wasatch, ha estado intentando emular el sonido y las canciones de Justin Townes Earle. Confiesa que hay letras y melodías suyas que, entre todo el acervo, entre todo lo acumulado en sus años de formación, se le quedaron grabadas a fuego en el cerebro, en lo que él denomina «el armario de la inspiración». Fue un sueño, continúa diciendo, conocer a su héroe, tocar con él y aprender de él, parte de la realeza de esa rara y menguante estirpe de artistas y cantautores a la que viene a sumarse (su disco de cabecera sigue siendo el Live at The Old Quarter, Houston, TX de Townes Van Zandt, que nunca envejece y del que parece partir todo esto). Recuerda especialmente el día en que con fe en la mirada, Justin le dijo: «Eres uno de los nuestros», siendo él aún un jovenzuelo imberbe (tenía dieciséis años y estaba de gira con él). Palabras que actuaron en su interior a modo de catapulta y protección («no estás solo», le venía a decir —y bien sabía Justin lo que era la soledad de la carretera—). Ahora, seis años después del fallecimiento de su ídolo (y amigo), Sammy Brue, en el sello resucitado que vio nacer a su maestro, Bloodshot Records, se marca este The Journals, con el beneplácito de la viuda, Jenn Marie, que le cedió los diarios de su marido para que bucease en ellos y rescatase todo lo que le fuera dado rescatar. Sammy termina o reinventa canciones nunca antes grabadas, tomadas directamente de esas páginas. Trozos de letras, compilaciones de ideas, dibujos, bocetos, garabatos, esqueletos de canciones perdidas (las canciones de Justin Townes a veces se alargaban víricamente, «Saint of Lost Causes», según nos revela Sammy, se extendía originariamente a lo largo de casi cincuenta páginas; qué maravilloso sería que alguien publicara un facsímil de esos diarios). Con el ingenio lírico que le caracteriza (este es ya su cuarto disco, sin contar los dos EPs), como en un puzzle, Brue recompone la voz y el alma de su preceptor. Y la intención no es otra que la de hacer un disco para él, para Townes y para Jenn Marie. Una especie de beso (que él describe como un álbum de country punk). Además, quiso que todo lo que se recaudara fuese destinado a ellos, a quienes está dedicado, por supuesto: a Jenn Marie, a la pequeña Etta y a Justin Townes Earle. También lo asume como un deber, como una especie de misión. Proteger su legado para que las generaciones futuras no tengan que dedicarse al enojoso ejercicio de la arqueología y se encuentren con un arte vivo. El método no consiste más que en seguir escuchando, en que sigan sonando las canciones. Todo, desde Robert Johnson, Woody Guthrie y Leadbelly, hasta Townes Van Zandt, Blaze Foley, Guy Clark y Justin Townes Earle. Sammy es un forofo confeso, un creyente. Se parece a él, suena a él, viste como él y, probablemente, como dice Ben Yelton en su reseña del disco, hasta habla como él. Comparten una biografía bastante similar de no encajar, de rebelarse, de no querer pasar por el aro, de pasión por el folk acústico y el blues solitario. Justin lo acogió bajo su ala en cuanto lo escuchó. Un ala rota, como se vería luego, cuando nos dejó a todos tan huérfanos. Voz y guitarra. Y ya. No hace falta más. Solo la emoción. Que no es baladí. Que lo es todo. Poco menos que una invocación.