Vengeance & Grace
(Thirty Tigers, 2026)
Con otros no, obviamente, porque sus directos exponen sus vergüenzas, o las ocultan a base de ruido, o las maquillan con despistes derivados hacia la profesionalidad de las bandas con que saben rodearse a modo de mercenarios, pero nunca suenan como en el disco, donde todo queda de lo más decente y sobreproducido (hoy cualquiera puede hacerlo desde su casa, lo de sonar bien, digo, aunque sea sin alma, porque eso no viene en el software). En el caso de Benjamin Tod y los de su ralea, la cosa es bien distinta. Se les nota el camino, el callo, y la queja suele ser bien distinta, suele ser que qué pena que en el disco nunca suenen como en sus directos (ni siquiera en los discos grabados en directo, porque la esencia del directo es, básicamente, la presencia, la ceremonia, y eso no hay micrófono que lo capture), lo que en algunos casos es una pena (desgracia, incluso diría), como en alguien de la monstruosidad de Malcolm Holcombe, por poner el ejemplo más bestia, que en ninguno de sus discos se haya podido capturar, siquiera de refilón, el conjuro casi atávico que se producía en sus directos, él solo, con la guitarra y sus demonios. Se tiende a edulcorar todo, porque se entiende o se pretende, que el público es memo y que la comerciabilidad exige instrumentación más variopinta, más amable, un sonido más para el gusto del cotarro. Claro que hay excepciones, pocas, en las que, como en el caso de Benjamin Tod, no existe diferencia entre lo uno y lo otro, y siempre suenan a sí mismos. De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda lo de los discos en edición Deluxe que (a veces ni siquiera a un mes de haber salido el de sin lujo, paupérrima concepción del lujo, por cierto), se publican para sacarle la pasta al contribuyente, añadiendo un dvd o tres o cuatro temas adicionales, que suelen ser directos o demos esmirriadas, para que te compren dos veces lo mismo (ahora parece que ya le han visto las orejas al lobo y, por una mera cuestión de decencia, los lanzamientos de sendas ediciones se simultanean, y que cada cual elija su propia aventura). De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda también otro concepto. Yo creo que fue Josh Ritter el primero o de los primeros en hacerlo, cuando reeditó sus discos incluyendo un álbum adicional con todos los temas en acústico, él solo con la guitarra. Luego lo han hecho también Steve Earle y Jason Isbell y otros muchos (ahí está Zack Bryan, que ha sacado su último, torrencial, disco en versión acústica, pero aparte, claro, porque el manuscrito original de On the Road, de Kerouac, no se paga solo). Son conscientes de que sus canciones, en opinión de algunos, en versión famélica y desnuda, son más potentes que en versión ahíta y bien vestida, y de ahí que ofrezcan ambas versiones, para contentar a todo el mundo. Benjamin Tod lo hace en este último álbum, Vengeance & Grace. Y la verdad es que tampoco habría sido necesario (aunque se agradezca, desde luego). Porque no creo que haya nadie en el panorama de lo suyo (de lo nuestro) que suene más honesto y más despojado, más desabrigado y conmovedor (tampoco es que en sus discos se le haya ido nunca mucho la mano en «meter cosas», apenas un violín, una pedal steel, un bajo y algo de percusión; Andrija Tokic, en el Bomb Shelter de Nashville, sabe qué sugerir y de dónde tirar). Han pasado cosas, claro es, desde que tocaba para sobrevivir debajo de los puentes y en las esquinas que se disputaba con Sierra Ferrell. Ha conocido por fin el «éxito», el reconocimiento, y hasta ha pisado los tablones del Opry. Puede que ahora sus camisas, botas y demás alhajas sean de mayor calidad, pero sigue sonando igual. La mirada de esos ojos que aparecen en plano detalle en la contracubierta del disco no engañan. Está ahí todo su bagaje infernal, la experiencia tatuada y el conocimiento de que sigue aquí, entre los vivos, de puro milagro. «The Bottle’s Gone», en efecto, como canta en el noveno (y en el decimonoveno) corte, pero el haber sobrevivido, el haberse reconciliado con sus fantasmas (si esto es, acaso, posible), no le ha restado fuerza ni aspereza a sus canciones. Siguen siendo las mismas cicatrices. Y el mismo lirismo de perro perdido de banda callejera. Y ya digo que la inclusión acústica aquí puede ser que en última instancia desmerezca, por reiterativa, porque en la versión con banda ya son perfectas. Pero quizá sea un buen ejercicio para entender los orígenes de todo el proceso y puede, también, que sea más recomendable escuchar primero las versiones en cueros, porque después pueden sonar, ya digo, un poco desabridas. Aunque no sea así, en absoluto, porque no son demos de chatarrería y están grabadas con el mismo cuidado. Dependerá del estado de ánimo de cada cual, digo yo, someterse a unas u otras. Dependerá de lo que quiera cada cual conmoverse, de cómo se levante o lleve uno el día, con más o menos tolerancia para el escalofrío. Y todo en el mismo lote, sin engaños.
