Cow Country
(Jack Bottleneck, 2022)
Era una cosa que hacíamos de vez en cuando. Ya no. Ya no porque ya no arriesga, no le sale a cuenta y se centra en otras músicas más vendibles, más de almacén europeo, más baratas. Porque ahora se ha puesto imposible, por un lado porque nadie atiende, porque la gente anda con el Spotify (aunque se pongan dignos y digan que lo abandonan porque es una vergüenza que si tal y porque tal —y no por lo otro, lo de siempre, porque eso nunca les apuró—, y luego la indignidad no les dura ni tres días, claro, y ahí siguen con sus algoritmos), porque en Amazon lo encuentras más barato y por los aranceles, sobre todo los aranceles. Y así estamos como estamos, que ya va para cuatro años, más o menos los que tiene este disco, que no me llama para hacerlo. Ya no hace arqueología por aquellas latitudes. O la frecuenta, pero para él solo, y no trae nada. La cosa es que me llamaba por teléfono (casi todas las semanas). «Tengo una cosa que creo que te va a encantar», y yo iba, entraba en la tienda, a la que había que bajar por unas escaleritas, porque estaba en un callejón que daba la espalda al mundo y estaba a pie de calle por muy poco, como tiene que ser, porque solo en tenduchos así encuentra uno gremlims, criaturas raras o tesoros ocultos. Entonces me lo ponía a todo trapo, tenía un fantástico equipo de sonido instalado en el local, sin compresiones chungas (aunque, eso sí, con algún vecino desafecto y delator, muy aficionado a la denuncia), y me preguntaba: ¿Qué?»; y yo, casi siempre, porque me tenía perfectamente calado, le decía: «Buenísimo»; y él: «¿A qué no sabes de dónde?»; y yo arriesgaba (aunque no mucho, porque casi siempre eran de Oklahoma), pues eso, decía: «Oklahoma»; y él: «Pues no», y hacía una pausa, porque era muy teatrero y tenía esas pausas dramáticas muy medidas, y me dejaba tantear y tropezar con otros sitios, Virginia, Alabama, Nebraska, y, en los últimos tiempos, como ya me lo conocía, me aventuraba con lugares menos probables como Canadá, Australia o Reino Unido; y él, al final, sonreía y me decía (como en el caso presente): «Pues tampoco», y me enseñaba el disco. Por la cubierta, la fotografía, el nombre y el título, no había pistas. El tema que me había puesto, me sonaba. Claro, era una versión de una canción de Justin Townes Earle. Y en el álbum había otras dos, un total de tres versiones de Justin Townes, una de Tom Waits, una de Rory Gallagher y un tema tradicional, «Who's Gonne Shoe», que parecía poco menos que un descarte de un disco de William Elliott Whitmore. Esa selección delataba un gusto exquisito. Y sonaba todo lo sucio que tenía que sonar. Como grabado en directo en un chamizo. Los instrumentos tampoco deberían dejar lugar a dudas: guitarras eléctricas, acústica, mandolina, acordeón, lapsteel… Al verme todavía extraviado, me soltaba alguna otra pista. Ha abierto para los Hackensaw Boys y Scott H. Biram. Claro, suena muy a eso. Las fotos del álbum tampoco ayudan. La barra de una cantina que podría estar en cualquier carretera sureña. Un tipo con sombrero vaquero y guitarra en mitad de lo que podría ser un campo de algodón. Un cobertizo de maderas vencidas. «Del granero al bar», pone en el interior del disco. Pero cuidado con esos rostros, y con esos apellidos: Taekema y Blanksma. Nos vamos acercando. Pero, claro, podrían ser emigrados. «No lo sé», le digo. «Me rindo». Y entonces él, como un mago de cerca, ¡tachán!, descubre sus cartas: «Los bosques de Frisia». En efecto, Jack Bottleneck es de allí arriba, de las zonas altas de los Países Bajos. Intento identificar algo de acento neerlandés, frisón o algún dialecto del bajo sajón, pero no estoy capacitado para tales sutilezas. Me llega a decir Carolina del Norte y me lo hubiese creído. Illinois o Minessotta. Verosímil. Pero no, es de los bosques de Frisia, tierra de gente obstinada, recios como remos, y espíritu libre. Pasó varios años oscuros y luego salió de la sombra gracias a la música. De aspecto podría ser un rockero triste de Kaurismaki o de Jarmusch. No desentonaría nada en cualquiera de sus películas. En una taberna portuaria o un motel venido a menos con Screamin' Jay Hawkins en la mesa de recepción. Blues, bluegrass, country blues y americana. Eso es lo que ha mamado y lo que hace Jack Bottleneck con su voz cruda y su banda desde 2019. Honesto y sincero. Fiel a lo básico. Otra vez, más de allí que los de allí. Y, claro, me lo llevo a casa. Esta labor arqueológica que hacía mi querido amigo, a veces solo por la alegría de sorprenderme a mí y a cuatro gatos más, por culpa de todo eso que apuntábamos al principio, ya no le renta y andamos un poco desabastecidos. El mundo tiende a eso. A la idiotez. Y yo creo que habría que cuidar de estas cosas (entre otras formas, pagándolas bien, pagándolas como se merecen; la gente dice: «¡Qué carero! ¡En Amazon lo encuentro por la mitad y en Spotify gratis!», pero es que lo que uno paga de más, y yo al menos muy gustoso y agradecido, es un impuesto adicional por la impagable labor de búsqueda y espionaje que uno jamás haría, un activo que no suele cuantificarse en el pvp de nada porque el mundo es así de miserable). Gente que te descubre cosas. Raza casi extinta. Ya van quedando menos, porque nadie lo aprecia y prefiere lo que le susurra la máquina, que de vez en cuando acierta. Y pienso que también yo un día acabaré cerrando este tenderete. Y que cada cual se apañe con su capacidad y su olfato. A la banda de Jack Bottleneck y su Cow Country no los habríamos descubierto nunca, eso seguro. Ni por el más peregrino de los algoritmos.
