MATT HAECK

Late Bloomer

(Blaster Records, 2016)

Esta es una de las joyas de la corona (bueno, de mi colección). Ahora mismo no recuerdo cómo llegué a ella. Pero la lista de sospechosos habituales que se dan cita en el disco pueden darme un indicio. Lo mismo tiré de alguno de esos hilos hasta llegar a él. La fotografía del cuadernillo interior es de Joshua Black Wilkins. Caitlin Rose está a cargo de las voces. Al bajo y los teclados, Paul Defligia, de los Avett Brothers. Critter Fuqua, de los Old Crow Medicine Show, al banjo, el acordeón y la guitarra eléctrica en cinco temas. Elizabeth Cook hace las voces en el tercer corte («Belt»), y Aaron Lee Tasjan se ocupa de la guitarra eléctrica en «Minnie Pearl», «Couldn't Say Yes (Till I Learned To Say No)», «Whiskey & Fast Women», «Worst Enemy/Ramblin' Man» y «Cotton Dress», el maravilloso dúo con Caitlin Rose. La vida de Matt Haeck se las trae. Nace en Barbados, en las Indias Occidentales, de padres misioneros. Llegó, por tanto, a la música a través de los himnos (increíble la cantidad de música que debemos a la iglesia, a las iglesias de allí, claro, porque aquí no pasamos del «Paz Señor en el cielo y la tierra», que no prende ninguna vocación, salvo quizá la del homicidio). Iba para pastor. Amaba la teología, pero cuando decidió dedicarse a la música la cosa se torció. Cayó en la adicción y se pasó cuatro años perdido en una nube de pastillas, cocaína y alcohol. Se rehabilitó, pero a los dos meses volvió a caer y encaró el año más infernal de su vida. Acabó ingresando en un programa de recuperación a través del yoga en Indianápolis. Fue entonces cuando empezó a componer canciones. Al mes de sobriedad, marcha a Nashville, donde colabora en dos producciones teatrales aclamadas por la crítica: «El Legado Hank» y «El Legado Cash». Sus canciones, con su acento sureño sedoso, versan sobre la depresión, el divorcio, la lucha contra los demonios personales y los vicios. Puro country, en resumen (métele un perro y un camión, y ya puedes cantar ¡Bingo!). Tras las canciones del Western States, un álbum de corta duración, en 2010, salió en 2016 este Late Bloomer que, ya desde el título, subraya sin tapujos ni complejos su carácter confesional: desarrollo o maduración tardía, o flor tardía, como se prefiera. Aquí no hay precocidad ninguna. Aquí primero se ha vivido. Se ha padecido y se ha madurado. Se canta de lo que se sabe. No hay fórmula ni estilismo. Él mismo confiesa en las notas del disco que nunca fue un prodigio. Siempre recibió parabienes por su forma de cantar, pero su talento natural era de lo más elemental. Aprendió en coros. Tuvo que trabajar duro para adquirir los conocimientos musicales más rudimentarios. Era la única disciplina en la que estaba dispuesto a dejarse los codos, o, mejor dicho, los dedos. Le costó dar con su voz como escritor y cantante. Recuerda haber soñado desde muy joven con ser cantante. También recuerda haber soñado con escapar, puesto que ya había medio aceptado, presuntamente, el llamamiento de la iglesia. Pero nunca confió en sí mismo lo suficiente para verse capaz de hacer realidad su sueño. De hacer lo que quería. El miedo a la desaprobación de su «comité directivo» (como lo llama él) le paralizaba y le volvía miope, muy corto de miras. Nadie supo nunca lo que se le estaba cociendo por dentro hasta que cumplió los veintiséis años. Hasta entonces, siguió el camino que le marcaban (lo que incluía casarse a los veintiuno, pese a las dudas, y, claro, la cosa fue como fue: un fracaso). Estuvo a punto de rendirse en varias ocasiones, a punto de dejarse llevar por la corriente, que era lo más cómodo (luego solo se trataría de amordazar la frustración). Pero esa inquietud, ese dolor, persistió (jubilosamente), nunca se le apagó el deseo de hacer algo personalmente significativo y auténtico, ese guisote que llevaba horneándose en su interior desde que tenía uso de razón y memoria. Cocción lenta. Maduración tardía. Hasta los veinte no escuchó a Dylan. No probó el alcohol hasta los veintiuno. A los veinticuatro aún no había indagado en los Beatles y su primer porro se lo fumó a los veintisiete. La primera raya de coca a los veintiocho. Y desde luego que no fue la última. Lo cogió con ganas, todo ello: Dylan, el alcohol, los Beatles, la marihuana y la caspa del diablo (con permiso de Carlos Velázquez, escritor mexicano y amigo querido). Por suerte, de pura chiripa, logró salir indemne de todos esos excesos. Y la flor tardía brotó, finalmente, en este disco, que él mismo considera lo mejor que ha hecho en su vida. Refleja toda la mierda por la que ha pasado (buena y mala). El texto del disco acaba diciendo: «Mi nombre es Matt Haeck, y soy un fruto tardío». Él sabía muy bien que, pese a haber tardado, aún le quedaba un largo viaje por delante. Lástima que no se haya vuelto a saber nada de él. A veces pasa. Flor tardía y flor de un día. Aunque esperemos que no. Esperemos que algo se siga cociendo en sus entrañas. No tenemos prisa (o bueno, sí, un poquito sí, pues como le dijo el otro día Stephen King a Vince Gilligan por X, apurándole para que se pusiera cuanto antes con la segunda temporada de Pluribus, después de que este declarara impunemente que no tenía ninguna prisa: «Understood, but hey Vince, if you’re listening: I’m not getting any younger»; bueno, pues eso mismo te digo yo a ti, Matt Haeck, si estás leyendo esto, porque por aquí ya hace rato que hemos doblado la esquina).