AGS CONNOLLY

Siempre

(Finstock Music, 2023)

Te lo digo y te lo crees, porque me tienes mucha fe, de lo contrario me dirías que a otro cándido con ese cuento. Y el cuento es que aunque el acordeón de Michael Guerra se haya grabado en los Blue Cat Studios de San Antonio, Texas, y el violín de Billy Contreras en los Sidekick Sound de Nashville, Tennessee, Ags Connolly, como quizá pudiera sospecharse por su apellido (forma anglificada del gaélico Ó Conghaile, «descendiente de Conghal», esto es «de sabueso valiente», o, como dicen otros, de Ó Conghalaigh, «descendiente de Conghalach», una derivación de Conghal), es natural de West Oxfordshire, Reino Unido, donde uno ha de sentirse forzosamente como un cowboy de Leningrado (que es como me siento yo, y quizá tú también, cada vez que entro en un garito o voy a casa de alguien), y el grueso del disco se ha grabado en los estudios Woodworn, en mitad de la campiña inglesa, con músicos londinenses. Por aquí, Ags Connolly ya nos encandiló en 2014 con su ópera prima, How about Now, acodado a esa barra de bar de ensueño, con fotos enmarcadas de todos sus héroes (que son los nuestros), pero con este, Siempre, su cuarto álbum, la pirueta ha alcanzado la perfección. Contra patrias, brexits, o cualquier otra barrera con la que uno pretenda cercarse y definirse (porque quizá su vida sea un vacío y, ya se sabe, «cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo», vamos, que da por culo), puede que al final todo sea mucho más sencillo y sentimental y uno no sea más que de la música que escucha (y puede que de la cerveza que beba). Un vaquero a orillas del río Thames (léase Guadalquivir o Manzanares), esta vez incluso fronterizo, más texano que los de allí, incluso. No en vano, su nombre consta ya, con todos los honores, entre lo más destacado del podio de aquello que Dale Watson inauguró y bautizó en su día como Ameripolitan, un movimiento musical de raíces que se aleja de la moderna encarnación de la música country que inunda las radios con sus sonidos de pop y rock de pacotilla. El country que bailan los tontos, para entendernos. Un movimiento que apuesta por lo auténtico y que vendría a abrazar las cuatro grandes subcategorías tradicionales: honky-tonk, western swing, rockabilly y outlaw. Ags Connolly se crio con el rock and roll de los años cincuenta (¿hay otro?), junto a los inevitables Beatles y Stones de su tierra. Su padre era un habitual del viejo Marquee y de la calle Waedour. Su madre era más campestre, aunque esa música nunca se pinchase en casa. Fue precisamente la sensibilidad country de Buddy Holly, ese exquisito fondo de armario, lo que le sedujo desde el minuto uno. Ags quería escribir sus propias canciones, y sus referentes, en ese sentido, fueron en un primer momento Loudon Wainwright III y Ron Sexmith, pero la cosa se disparó tras asistir en 2009 a un taller impartido con el gran Darrell Scott en Nashville, dinero bien gastado. Aquello le hizo ganar confianza. Se empezó a tomar el asunto muy en serio. Ya no tenía que soslayar su verdadera patria. Y su verdadera patria no era otra que David Allan Coe, Johnny Cash, Johnny Paycheck, Guy Clark, Robert Earl Keen y Chris Knight (está visto que somos paisanos). Ni «Americana», ni disfraces para aliviar el bochorno tipo «Nuevo Tradicionalismo». Country y punto. La corbata de bolo, la camisa western, su buen sombrero y sus camperas. Y así empezó todo, muchas actuaciones tabernarias por los alrededores de Oxfordshire, primero con bien de versiones, claro, si no a ver quién se sube ahí arriba, pero poco a poco inoculando temas propios, con su acento difícil de localizar, en un terreno completamente inhóspito para su estilo, hasta radicar en este cuarto álbum, que ya es puro Tex Mex, con su bajo quinto, su dobro, su acordeón y su violín, y con los Texas Tornados resonando en cada corte, claro, su banda favorita. Valses de bareto. Baladas. Polkas. Sabor fronterizo. Gringos, caballos, señoras, bandoleros (en cursiva porque aparecen en castellano en el original, como quien dice), cerveza, tequila, baile, partidas de billar y coches destartalados. Y esa cosa de haberse curtido en terreno yermo que le llevó a decir en cierta ocasión que si te lo encuentras solitario a última hora en la barra de un bar, velando su whisky, mejor no te acerques a importunarlo. «No soy alguien al que quieras conocer cuando el whisky y los recuerdos están en plena floración». Lo que me lleva a pensar de nuevo que si no fuera porque Dios no quiso darme el don de la música, podría estar seguro de tener un doppelgänger en Oxforshire. Dado que no es así (lo del talento para la música), lo dejaremos en «un hermano» o, como ya dije antes, «un paisano».