THE DEUCE

 

Tras el bajonaco de ver que se cancelaba la serie VINYL hace ya unos cuantos meses, aparece THE DEUCE y un servidor ve la luz al final del túnel.

Ha habido muchas series entre medias que, como terapia, han ayudado, pero coño, no hay nada como estar otra vez en plena forma.

Al igual que VINYL, THE DEUCE está ambientada en el NY de los 70´s, donde todo molaba: los coches, la música, los buenos bigotes y las patillas, los pantalones de campana, los pelos afro, las chupas de cuero, las camisas estampadas, las minifaldas, las botas altas, los garitos…

Sexo, prostitución, corrupción, drogas, chulos, camellos, mucha vida en la calle e historias cañeras entrelazadas en el TIMES SQUARE de la época, que nada tiene que ver con el de hoy en día, infectado de turistas. 

THE DEUCE, filmada con crudeza, cuenta con un JAMES FRANCO y una MAGGIE GYLLENHAAL tremendos en sus papeles y, además, los colegas también son productores de la serie. Vamos, que los dos igual te valen para un roto que para un descosido.

Tras la creación, el DAVID SIMON de THE WIRE, y su fiel escudero, GEORGE PELECANOS.

Una primera temporada de 8 episodios, y está guay que HBO haya tenido a bien renovar por una segunda de otros 8 para no dejarnos con el moco colgando como nos hizo con VINYL.

Curiosidad de las buenas: en el papel secundario de detective corrupto que patrulla las calles, tenemos al bueno de RALPH MACCIO. Muy alejado de la imagen del chavalillo que daba y pulía cera en THE KARATE KID.

 

SNOWFALL

 

Casi todos tenemos la imagen de Los Angeles, California, como un lugar paradisíaco: siempre luce el sol, todas la avenidas están rodeadas de palmeras, las chavalas de cuerpos torneados patinan en bikini por el paseo marítimo de Venice Beach y los tíos petados y bronceados se esfuerzan por estarlo aún más viéndolas pasar.

También, claro está, Los Angeles del señor BUKOWSKI, más de moteles, prostitutas entradas en carnes y colgados que beben vino barato de una botella dentro de una bolsa de papel.

Pero como decía SUPER RATÓN: «¡No se vayan todavía, que aún hay más!»

Situada en los ochenta, SNOWFALL, nos muestra el Los Angeles del presidente RONALD REAGAN, bajo la mirada del creador de la serie JOHN SINGLETON.

El título de SNOWFALL, nevada en castellano, le viene al pelo, ya que la cosa va de cómo se inundaron las calles de la ciudad de las estrellas de crack. Derivado de la cocaína al alcance de todos los bolsillos.

Curiosidades... pues el actor español SERGIO PERIS-MENCHETA está que se sale en su papel del luchador mejicano OSO.

Diez episodios, emitidos en los USA por la cadena FX para ver el «A Dios rogando y con el mazo dando» de la administración REAGAN en cuanto al tema de las drogas y cómo afectó en las calles.

Si te moló la película LOS CHICOS DEL BARRIO, ópera prima de SINGLETON, no lo dudes.
 

 

BEN BOSTICK

Ben Bostick.jpg

Ben Bostick

(Simply Fantastic Music, 2017)

El pedigrí que se apuntaba en las cinco canciones de su EP, My Country, queda jubilosamente confirmado en este primer álbum: la ausencia de Waylon no termina de curarse (no terminará de curarse nunca), pero podemos respirar tranquilos, Ben Bostick ha llegado a la ciudad. California, dicen, Laurel Canyon, y es cierto que con My Country la prensa especializada lo calificó de «alianza impía entre George Jones y Merle Haggard», apuntando a cierta influencia de Bakersfield, que queda a no más de dos horas de Los Ángeles. Y este álbum, homónimo, lo ha co-producido John Would, responsable de algunas cosas de Fiona Apple y Warren Zevon… Mucho tocar a pelo en los muelles de Santa Monica, con chicas en patines y surferos nihilistas, entre trabajos de lo más peregrinos (incluyendo sets de rodaje, el sueño de Hollywood, camareros actores por todas partes), hasta sacar la pasta para grabar un EP. Pero hay que decir que la huella californiana no se intuye por ninguna parte. Hay más, probablemente, de Beaufort, Carolina del Sur, de donde es nativo, «la mejor ciudad pequeña sureña» de Estados Unidos, según la revista Southern Living, escenario de las novelas de Pat Conroy. O de la escucha casi obsesiva de Townes Van Zandt. Dicen por ahí que no está lo suficientemente cabreado para ser considerado «outlaw country» (últimamente, a todo lo que suena barítono y peligroso, con barba fuerte y posible historial carcelario, se le cuelga ese sambenito, prueba de infamia), que no es lo suficientemente nasal para el «honky-tonk» (afortunadamente, sus letras van más allá de esa simpleza de muchachote llorón), ni lo suficientemente hipster para el «Americana» (cada vez más claro, un invento para confesar, sin miedo, un gusto inconfesable que, en muchos casos, probablemente ni gusta: de ahí Wilco, de ahí Ryan Adams, de ahí rellene la línea de puntos con la primera banda con banjo y mandolina que se le pase por la cabeza: ................), ni lo suficientemente cínico para encajar en el rollo folk (indigestiones Dylanitas, fundamentalmente). El despropósito de las etiquetas. Él mismo se ríe de todo eso y se autodefine como «outsider country», con toda la libertad que le proporciona esa idiota (como cualquier otra) denominación en calidad de forastero, intruso, marginado y ajeno. Un «hago lo que me sale de los cojones, llámalo X, pero si no me va a echar una moneda, hágase a un lado». Todavía no ha dado el salto de, por ejemplo, un Chris Stapleton, pero los buitres de Nashville no tardarán mucho en pegar la oreja. De momento, aún se le puede ver cada domingo por la noche en el Escondite del centro de L.A., en pleno Little Tokyo (buenas hamburguesas, pero pídete mejor cerveza que copas si no quieres cabrearte), calentando motores con su banda, The Hellfire Club. O por el día en los muelles de Santa Monica, en plan «one-man-band», por la voluntad. Estamos a salvo.

TYLER CHILDERS

81LvucNS7SL._SL1500_.jpg

Purgatory

(Hickman Holler Records, 2017)

Tremendo discazo. Y con solo 26 añitos. Coproducido por Sturgill Simpson (que toca la guitarra y canta en un par de temas; en todo el concepto hay un claro ramalazo del «Sonidos Metamodernos») y el veterano David Ferguson (alias «el ingeniero de sonido del American Recordings de Cash/Rubin, entre otras glorias»). Kentucky. La zona este de Kentucky, el condado de Lawrence (la comarca que aparece delineada en la ilustración de la cubierta). Joder con Kentucky. Algo está volviendo a suceder en el estado del bluegrass y el bourbon (probablemente nunca ha dejado de suceder). Hace treinta años bajaron de las montañas a tomar la ciudad los Keith Whitley y los Ricky Skaggs de turno, les siguió Chris Knight con su cosa de lobo estepario, y ahora, de un tiempo a esta parte, el renacimiento lleva el nombre de Fifth On the Floor, Kelsey Waldon, Agaleena Presley, Sturgill Simpson, Chris Stapleton y este recién llegado, con su Purgatorio. Cantar de casa. Tyler no se puede imaginar a sí mismo haciendo otra cosa. Es lo que lleva haciendo desde que era un crío. Tocando sin parar en ferias del condado y tugurios de mala muerte con su banda, los Foodstamps (los «cupones de comida», así de precaria es la cosa en esas montañas). Recuerda un momento crucial. Cuando le rompió el corazón enterarse de que los Dukes de Hazzard no eran de Hazzard, Kentucky. Todo mentira. Pero él no. Él solo quiera cantar sobre él y los suyos. La voz de las montañas donde se crió. Honky tonk, bluegrass de los Apalaches, folk acústico e historias en primera persona que dan voz a la gente de la vecindad con sus cosas del día a día: pastillas, cocaína, alcohol de maíz y mujeres tristes. Baladas bañadas en sangre, como las de los antiguos bardos que sortearon las flechas de los primeros pobladores (cherokees y chickasaw). Amor y crimen. «El lugar es importante, pero largarse del lugar también lo es y, al largarse, mirar atrás y poder contemplar el lugar desde ángulos distintos; eso también es importante». «Whisky, Religión y Country Zen», han dicho de él por ahí. Country de bosque profundo. Y pecar como en los viejos tiempos, con todo el peso de antes, no como ahora. Y ese «Whitehouse Road» que Bobbie Jean Sawyer ha descrito en Wide Open Country como «una conversación de billar entre Billy Joe Shaver y Guy Clark». A lo que poco más se puede añadir. «El mismo viejo blues pero en un día distinto» como dice el camello en el tema ya mentado, «Whitehouse Road». Y si no te gusta, que te den. De ahí las dos citas que acompañan la carpeta del disco. Una de Albert E. Brumley, puro góspel sureño: «Este mundo no es mi hogar, yo solo estoy de paso»; y la otra del viejo amargado Jack Kerouac: «Cuando hayas entendido esta escritura, tírala a la basura. Si no puedes entender esta escritura, tírala a la basura. Insisto en tu libertad». Pues eso. Así es como se habla en los Apalaches. Suena exactamente así.

GOMORRA

 

Alguna cosa buena tenía que tener el verano. El otro día en remojo, en la charca que tenemos por piscina comunitaria, a eso de las nueve de la noche y asomando solo la cabecica, aparece un vecino y, sin conocernos de nada, el colega que ahora sé que se llama RAFA, se pone a hablar de GOMORRA y en cuanto subo para casa me pongo a ello.

Primera serie italiana que veo en mi vida y madre mía qué viaje bueno que me he pegado por los bajos fondos del norte de Nápoles.

Todos los actores desconocidos, pero los nombres de los personajes a los que interpretan ya se han quedado grabados en mi memoria como me pasó con RUPERT PUPKIN, después de ver EL REY DE LA COMEDIA.

GENNARO, CIRO, DON PIETRO SAVASTANO y un mazo de secundarios, cruzan sus vidas entre droga, casas de barrio destrozadas por fuera y decoradas como palacios por dentro, motos, cochazos, religión... en fin, cosas de la camorra napolitana.

Emitida por SKY ATLANTIC en Italia, 24 capítulos en dos temporadas, y lo bueno es que tras su éxito en el país vecino ya se han firmado dos temporadas más.

Por aquí la emitió LA SEXTA, pero he leído que el doblaje era tan malo que no le hizo caso ni Dios. No lo puedo confirmar, yo me la he tragado en italiano napolitano.

Si te gustó THE WIRE, ni te lo pienses.

Es curioso también observar que el rollo chandalista es inherente al país donde está localizada una serie de mafia, lo peta en todos lados. Ea, un apunte para los amantes de la moda.

 

OLD CROW MEDICINE SHOW

OCMS_blondeonblonde_Cover.jpg

50 Years of Blonde On Blonde

(Columbia, Nashville, 2017)

En enero de 2016, Peter Cooper, del Country Music Hall of Fame® and Museum, se topa con Ketch Secor, de los Old Crow Medicine Show, en una tienda de discos de East Nashville y le hace la proposición indecente: colaborar en la celebración del cincuenta aniversario de la grabación del Blonde On Blonde (1966) de Dylan. A los pocos meses, el 12 y el 13 de mayo, los Old Crow interpretan el álbum entero, de cabo a rabo (el primer álbum doble de la música pop, 43 páginas de letras para memorizar; eso, dice Secor, fue lo más jodido) en el CMA Theater y el 28 de abril se edita la grabación en vivo de lo sucedido en aquellas dos veladas. Del disco de Dylan poco se puede añadir, la secta dylanita ha hecho correr ríos de tinta sobre lo que es y supuso. Para los Old Crow, sin ser ni por asomo su álbum favorito de Dylan, tiene una significación especial que prima por encima del resto. Dylan tuvo los huevazos de grabar en Nashville lo que Secor ha llamado «su reencontrada voz rocanrolera». Y al hacerlo abrió de par en par las puertas de la música country. Dentro olía fuerte a naftalina. Con su irrupción, ventiló el cuarto. Desapolilló los armarios y los altillos. Le quitó telaraña a la cosa (que bien que le hacía falta). Y gracias a aquel desenfado, aunque la puerta volviese poco a poco a cerrarse, fue posible que cosas tan luminosas y entusiasmantes como los Old Crow Medicine Crow, antes de que alguien se inventase la etiqueta prestigiosa del Americana, con sus banjos, sus violines y su fanfarroneo camorrista de banda acústica con actitud punk, nueva piel para la vieja ceremonia, se colasen por la rendija. Tampoco ellos lo tuvieron nada fácil para encontrar la aprobación de la rancia y herrumbrosa comunidad Nashvillita. Blonde on Blonde, medio siglo después, para los OCMS era, claramente, el esqueleto oculto en el armario, el hijo bastardo de Nashville. Un disco que invitaba a hacerle un calvo a la escena del Music Row. ¡¿Cómo no celebrarlo?! Eso sí, amplificando un poco la cosa, claro, metiéndole energía y velocidad. Country, folk y rock n’ roll, tanto acústico como eléctrico, con sus dosis de hillbilly y de hokum (a lo minstrel show anfetamínico), impulsado por un poco de góspel y de blues a lo Hava Nagila... El resultado es dispar, pero la energía es incontestable y, desde el principio, te tatúa una sonrisa en la cara. Te jode no haber estado allí. Maldita sea. Pero algo ha quedado en los surcos. Cuanto más se alejan de Dylan, cuando más suenan a sí mismos, mejor es el resultado, como en el caso de la gloriosa versión de «Obviously 5 Believers», que levanta a los muertos de sus tumbas. Aunque hay momentos de rendición absoluta al original, muy emotivos, como en «4th Time Around»… Y todo esto para decir que en los tiempos que corren, de tan poca originalidad y tan baja estima (discos infumables de dúos, recopilatorios, directos innecesarios o la mamarrachada de volver a grabar un disco antiguo, como resulta que ahora ha hecho nuestra admiradísima Lucinda Williams –aunque seguro, en su caso, que con un resultado más que admirable–, de alguna manera hay que facturar, amigos, que lo de la música está cabrón…), un disco como este, en espera del siguiente álbum de estudio que andamos esperando como agua de mayo, es muy de agradecer. Sin tonterías. Respeto y admiración. Y la felicidad de saber que Mona Lisa sigue con los blues de la carretera…

LONESOME BOB

MI0001447047.jpg

Things Fall Apart

(Checkered Past Records, 1997)

«DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: estas son canciones, no instrucciones. No recomiendo ni abogo por el asesinato, el suicidio ni la violencia de ninguna clase. Si, tras la escucha de este disco, alguien se siente forzado a matar, mutilar o dañar de algún otro modo a su esposa/a sí mismo/o a otra parte pertinente o no pertinente (incluyéndome a mí), por favor, baja el arma, el cuchillo, el martillo, la horqueta, etc… descuelga el teléfono y llama al centro de salud mental o de intervención de crisis más cercano. Gracias. Fdo. Lonesome Bob». Con esta advertencia saludaba Bob Chaney, Bob el Solitario, desde la carátula del primero de sus dos únicos, colosales, discos (hasta la fecha), en 1997. Dos embestidas de country rock blue collar, seco, árido y rasposo, de taller mecánico y fábrica de piezas de recambio, de noches de six-pack, insomnio y sueños rotos. Bajo, guitarra (del inmenso Tim Carroll) y batería. De vez en cuando un banjo o una mandolina. Y la voz, también árida, de Allison Moorer un año antes de debutar con su Alabama Song… También podría haber elegido hablaros de su segundo disco, el de después de la muerte de su hijo, lleno de horror, lleno de cicatrices, el impactante Things Change (2002), con ese desgarrador «In the Time I Have Left», que ayer mismo por la noche volvió a dejarme desolado y abatido (no me acordaba y el puto modo aleatorio me volvió a pillar por sorpresa, a bocajarro, ¡ouch!); pero mejor empezar por el principio. Por el «Love is no Blind» con el que se abre el disco con el que debutó, con esa voz poderosa y profunda que Peter Cooper, desde las páginas del No Depression, describió como de «Waylon con un trabajo de día que le toca mucho los cojones». Bob es enorme, en todos los sentidos. Un físico imponente. Por eso se ganó de joven, cuando jugaba al baloncesto, el apodo de Chopper, como el personaje de dibujos animados de Hanna-Barbera, aquel bulldog de color blanco, espaldas anchas, grandes mandíbulas y gran fortaleza. De aspecto feroz cuando se enfada, pero un trozo de pan bondadoso cuando está con su chica… A los 18 aprendió a tocar la guitarra y empezó a escribir canciones. La influencia del country la heredó de su padre, criado en un tabacal de Virginia. A los 19 militaría en una banda junto a Ben Vaughn, los Hairy Geretz, más tarde rebautizados como los Gertz Mountain Budguzzlers, mitad country, mitad Zappa, mitad Captain Beefheart. De aquel entonces el sombrero cowboy que le adjudicaría el mote para siempre (alguien dijo: «Mira, por ahí viene Bob, el Vaquero Solitario»), aunque no tardaría en cambiarlo por una gorra de béisbol. La banda se fue a la mierda y la primera mitad de la era Reagan, Lonesome Bob ejerció de marido y de padre, currando por la noche de guardia de seguridad y cambiando pañales por el día. Vaughn volvería a rescatarlo para la música en el Ben Vaughn Combo. Vida de carretera y matrimonio a la cuneta, como un coyote atropellado. Aquel Combo también acabaría disolviéndose tras un bolo inhóspito en California. Bob recabó en Nueva York. En el 93 los Mekons le oyen cantar en el salón de alguien y versionan su tema «Point of no Return». Es la época en la que el punk redescubre las raíces country y todo estalla. Una época gloriosa. De allí, a Nashville, con unas cuantas canciones, algún que otro número de contacto y una chica (la madre de su segundo hijo) que en menos de un año se larga. «A tomar por culo tú, tu música y las barras de bar». Vida de subsistencia, decepciones y la canción «The Plans We Made» que incluiría la buena gente de Bloodshot Records en el recopilatorio Bloodshot's Nashville: The Other Side Of The Alley, álbum fundacional del «nuevo country alternativo» que le llevaría a firmar con el sello Checkered Past, de Chicago, para su primer disco, del que a pesar del éxito unánime de crítica (hasta en la revista Playboy), no llegó a vender ni mil copias. En agosto Bob lo deja, no lo ve, el disco sale en octubre y a finales de noviembre está limpiando ventanas. En diciembre su primera ex-mujer le llama para decirle que su hijo Zach, heroinómano, está en una clínica de rehabilitación. Eso une brevemente a padre e hijo, hasta que la hepatitis, una puta aguja sucia, acaba con la vida de este. También acaba con la música. Temporalmente. Porque años después será el germen de su segundo (último hasta la fecha) disco, demoledor, tras un período de luto limpiando ventanas, atendiendo mesas y vendiendo alarmas. Desde entonces le hemos perdido la pista… Allison Moorer, citando un verso de «In The Time I Have Left» que dice: «The battles I have fought have left me alive, but alone», lo ha comparado con Kris Kristofferson. Y es la que mejor lo ha sabido describir: «Nunca lo había oído así expresado, esa condición de haber pasado por relaciones sentimentales, haber sobrevivido a todas las rupturas, ser fuerte y poder con ello, pero mirar a tu alrededor y ver que no te queda más que tu estoicismo y tu orgullo. Bob cogió un clavo, lo golpeó con un martillo y ahí está, ahí sigue, en la pared». 

JOE FOURNIER

Dirt Road Joyride

(Dusty Records, 2008)

La cosa comenzó en un bar, al norte de Ontario. El bar de sus padres. Joe tenía doce años y muchas mudanzas encima (veintiuna antes de salir a la carretera con su primera banda). Era un viejo hotel destartalado con música country en vivo seis noches a la semana. Ellos vivían arriba. Y ahí es donde el niño aprendió a tocar la guitarra, pegando la oreja al suelo vibrante y dando la tabarra a todos aquellos bastardos fatigados de la carretera, antes de caer borrachos, para que le enseñaran los acordes y las letras de las canciones que interpretaban. Debutó, ya digo, con doce añitos, sustituyendo a los músicos de las bandas que estaban demasiado ebrios para tocar. El público se lo tragaba y Joe encontró su vocación. Siguieron años de intentar abrirse camino en el negocio de la música, escribiendo y tocando para otros, tocando lo que hubiese que tocar: pop, polka, blues, rockabilly, country (del nuevo y del viejo), incluso haciendo de Ringo en una banda tributo a los Beatles (el horror). «Tuve mis buenas dosis de peleas de bar y tratos nefastos. También me divorcié unas cuantas veces». Y cuando ya nada o muy poco quedaba de su entusiasmo y su creatividad en Ontario, Joe se larga con su chica a una cabaña de troncos en la costa meridional de Nueva Escocia y se monta un pequeño estudio. Mientras sierra y amartilla comienzan a importunarle ideas para un tipo de canciones al que nunca antes se había enfrentado. Canciones basadas en sus raíces campestres, en sus experiencias personales y en los delirantes personajes que conoció en sus múltiples mudanzas. Historias para reír, llorar y estremecerse (a veces las tres cosas en un mismo verso), letras afiladas como esa botella de cerveza estrellada contra la barra de un bar con la que te amenaza un lugareño tambaleante porque está solo y jodido y ni siquiera estamos a miércoles, joder… Dirt Road Joyride fue su cuarto álbum. Salvo el dobro y el violín en un par de canciones, él lo toca todo. Producción cruda de porche trasero, de radio de camioneta escacharrada que avanza dando tumbos por una carretera secundaria junto a un pantano. Ese sonido. Country garajero. Y letras brutales (de la escuela de Shel Silverstein). Ya sabes. «Bad Record Collection», por ejemplo. Todos hemos pasado por eso alguna vez: por muy buena que esté, por muy desnuda que te reciba enmarcada por su largo cabello rubio, no te enrolles con ella si descubres que tiene una colección de discos infame (si le pinchas un tema de Los Lobos y pone caras, sal corriendo). «Desvaríos de tres acordes», como él mismo define sus canciones en los agradecimientos, en los que también, por cierto, se disculpa con sus vecinos, por el ruido (aunque él no lo especifique, me atrevo a asegurar que los vecinos a los que cree importunar, más que colonos de rostro pétreo, agricultores neoescoceses o remotos acadianos, la cabaña más cercana a varias millas de distancia de su estudio de ocho pistas, son más bien renos, caribús, focas, morsas y algún que otro cetáceo… presencias que casi se dejan intuir en cada tema, porque así de rasposo suena el viejo Joe, exactamente como nos gusta, sin detergentes ni desinfectantes).

OZARK

 

Ni en mis más retorcidos pensamientos me podía imaginar que algo en lo que saliera el señor JANSON BATEMAN, ya fuera serie, peli o lo que sea, pudiera molar.

Con los calores del verano uno se enchufa a casi cualquier historia como excusa para no salir de casa y que no se le fría el cerebro bajo los rayos del sol del sur.

OZARK ha sido uno de esas: ¿por qué no?, vamos a probar. 

Y menuda clavada.

Al contrario que en BREAKING BAD, en esta serie se ponen las cartas sobre la mesa desde el minuto uno.

Padre de familia, aparentemente muy tranqui, blanquea dinero para un cartel mejicano, se lía la cosa y tiene que salir pitando a OZARKS, MISSOURI, dejando atrás su amado CHICAGO. 

Su familia se entera de la movida desde el principio.

Lo que parece un afable pueblo, que toma su nombre del lago OZARK, resulta ser un nido de REDNECKS que no están dispuestos a que un señorito de ciudad y su familia los tome por el pito del sereno con sus trapis.

Lo de JANSON BATEMAN (además el tío dirige varios de los episodios de la serie) es una sorpresa, no así lo de LAURA LINNEY que, como siempre, se sale.

Un montón de secundarios bien dibujados, entre los que destaca, PETER MULLAN, que no se pierde una serie dirty el colega.

NETFLIX ha estrenado los diez capítulos del tirón, no produciendo trastornos mentales a los pillados después de cada episodio, lo cual es siempre muy de agradecer.

No digo que JANSON BATEMAN sea el nuevo MATTHEW McCONAUGHEY, pero vamos a ver con el tiempo.

Ya me comentáis cuando veáis la serie.

Cerveza para hidratarse, ¡que no se os olvide!

 

SCOTTY ALAN

Wreck and the Mess

(Spinout Records, 2011)

Vive en las afueras de Marquette, un pequeño pueblo de la Península Superior de Michigan (lo que se conoce como: «The Yoop»), cerca de la orilla meridional del Lago Superior, o lo que es lo mismo: en medio de la nada, en los bosques del norte, en un terreno de diez acres, desconectado del mundo, en una modesta cabaña que lleva ya cerca de veinticinco años construyéndose poco a poco (a modo de ejemplo: arruinó dos palas del nº2 para cavar el sótano, tarea titánica que le llevó más de tres largos meses solitarios, acompañado ocasionalmente por los coyotes que se asomaban desde la línea del bosque para contemplar con mirada crítica sus lentos avances, ya al final casi dispuestos en su exasperación a echarle una mano…). También se instaló una sauna. Él mismo se ocupa de sus necesidades: caza ciervos, pesca, cuida de la huerta, espanta a los mapaches, se disputa las bayas con la fauna autóctona y calienta el hogar con leña cortada de sus terrenos. Consecuencias del punk (que como cantaba –y sabe muy bien– el gran Micah Schnabel, de los Two Cow Garage: «Al final el punk rock / nos deja vacíos y solos»). Está lejos, pero está cerca. Le gusta la soledad aunque, como él mismo dice, no es un solitario. En realidad solo vive a cinco kilómetros de la casa donde se crió, miembro de una familia que lleva generaciones instalada en la zona, sangre finesa. Dice que apenas escucha música (aunque lleva haciéndola desde que cumplió los 14). Se pasaría luego más de una década tocando en una banda punk de tres miembros, The Muldoons, que acabó siendo de dos, a «two-man trio» como ellos mismos se autodenominaban, él a cargo de la batería y la guitarra. Pero le llegó el vacío. Y se atrincheró en su granja, apuntalado en invierno por muros de nieve de más de tres metros, perfeccionando su técnica, cantando en la sauna, saliendo de vez en cuando para grabar cosas que luego sometía al juicio de los coyotes, o para hacer algún bolo en algún club de algún pueblo perdido del Medio Oeste. Incluso saltando el charco para tocar en los cafés de Amsterdam. En enero de 2011 viajó a Los Ángeles, un sitio extraño y sin nieve (el «Lost Ángeles», del que hablaba Bukowski en su correspondencia con Sheri Martinelli, Noche de escupir cerveza y maldiciones), para grabar con su viejo amigo Bernie Larsen (productor, entre otros, de Jackson Browne, Rickie Lee Jones, Melissa Etheridge y Lucinda Williams) el material que conformaría este inmenso Wreck and the Mess, la secuencia narrativa de un amor que se va a la mierda, con gente como Ian McLagan y Jorge Calderón, ahí es nada. Desde entonces no hemos vuelto a saber de él. Habría que preguntar al sheriff de Marquette. O al ferretero.

PREACHER

 

Eran otros tiempos, apenas tenía un par de tatuajes cubriendo mis brazos, aunque, al igual que en la actualidad, en julio hacía un calor del demonio y mi socio DIRTY LUCINI y un servidor seguíamos la fórmula de beber una cerveza fresquita tras otra para hidratarnos.

Por aquella época también consumíamos cómics como si no hubiera mañana.

Al no tener un duro, costumbre que seguimos cultivando, la fórmula era esperar a que FANO, el hermano mayor de JAVI, se pillara su fajo mensual de cómics, terminara de leérselos y, muy amablemente, el tío nos los pasara para darle caña.

He de decir que el colega nunca faltó a la cita, los freakies de los cómics suelen ser muy reservados a la hora de prestar sus preciadas adquisiciones; FANO todo lo contrario, por lo que siempre le estaré agradecido.

Y la serie de VERTIGO que nos voló la cabeza fue PREACHER; por eso, cuando salió la serie de TV, mi primera reacción fue: No la voy a ver ni de coña.

DIRTY LUCINI y un servidor, mientras leíamos PREACHER, fantaseábamos con cuál sería nuestro reparto ideal si consiguiéramos dinero para hacer la película.

Por aquel entonces, nuestra idea no era montar una editorial sino hacer películas de terror de serie B.

Aunque el reparto de PREACHER no se parece en nada al que nosotros teníamos en mente, la serie está de lujo.

En especial JOE GILGUN, que ya se sale en MISFITS, en el papel de CASSIDY, y qué coño, DOMINIC COOPER como JESSE CUSTER también tiene su puntazo. Y aunque TULIP no sea rubia como en el cómic, RUTH NEGGA se lo curra, el maquillaje de CARACULO está clavado y GRAHAM McTAVISH como el SANTO DE LOS ASESINOS genera.

Voy por el quinto episodio de la segunda temporada y aún faltan muchos personajes por salir, pero de momento, todo bien.

Olé AMC por emitir la serie y otro olé para SETH ROGER, EVAN GOLDBERG y SAM CATLIN por adaptar el cómic de GARTH ENNIS y STEVE DILLON de la manera en que lo han hecho; mis expectativas eran altas.

Como hacen los tíos pesados cuando les dan un premio –y ya que a mí nunca me han dado ninguno ni creo que me lo vayan a dar–, para terminar esta entrada del blog quiero aprovechar para darle las gracias a LOREA, que soportó todas las flipadas y borracheras de los dos DIRTIES mientras alucinábamos con PREACHER el cómic y que, no contenta con eso, la tía fue y me regaló un cofre edición de lujo con la serie completa de PREACHER, portadas alternativas y demás pijadas que nos molan a los pillados, más otra caja con todos los muñecos de la serie.

Cargó con las putas cajas, que pesaban un huevo, desde la tienda de NORMA hasta la casa donde vivíamos por aquel entonces, y había un trecho.

De todo esto de los cómics hace ya muchos años, no se pueden ni contar con los dedos, el cofre aún lo conservo intacto, pero los muñecos se perdieron en la batalla, aunque eso es otra historia.

En fin, a los que os mole el cómic, os recomiendo darle un tiento a la serie de TV y a los que no conocéis el cómic ni tenéis pasta para comprarlo, pues ahí tenéis, dadle caña al ventilador, abriros una cerveza y a disfrutar.

 

WATERMELON SLIM

The Golden Boy

(Dixiefrog, 2017)

William P. Homans es otro de mis grandes favoritos y también estaba tardando más de la cuenta en aparecer por aquí. Siempre que me disponía a incluirlo en nuestro particular «Hall of Fame» me frenaba el hecho de no poder decantarme por uno solo de sus discos. Cuando me decidía por uno, me acordaba de otro, aún mejor, y así una y otra vez, semana tras semana, ad infinitum. El Bull Goose Rooster de 2013, se me escapó, así que desde el 2011, año de aquella deslumbrante obra maestra, Watermelon Slim & Super Chikan Okiesippi Blues, le tenía perdida la pista. Seis años de quemar sobre todo el brutal The Wheel Man, el álbum con el que lo descubrí allá por el 2007 (y que tendré que volver a comprar en cuanto me tope con una copia, porque lo tengo achicharrado). Al año siguiente, además, lo trajeron al Teatro Zorrilla de Badalona los exquisitos francotiradores de Blues & Ritmes, unas semanas antes de sumar a Guy Clark y a Mavis Staples (algo por lo que nunca les estaremos lo bastante agradecidos; pagamos nuestras entradas, sí, pero siempre les deberemos dinero…). Así que al final, cuando Ana me llamó hace un par de semanas desde Y Que Viva Joplin para decirme que le había llegado lo nuevo de Watermelon Slim, ni me lo pensé. Rompería el sortilegio hablando del último. Con Golden Boy el viejo poeta rebelde de rostro capeado y quebrado por mil tormentas vuelve a sorprendernos. Nacido en Boston y criado en Carolina del Norte. Pero sobre todo Tulsa, Oklahoma, claro. Ese Dust Bowl ha anidado en ese rostro y en esa voz. Como también Vietnam (Golden Boy, aparte de a Canadá, a donde se ha ido a grabar, está dedicado a la Primeras Naciones Indias –sus cantos resuenan en el tema «Wolf Cry»– y a los miembros de VVAW/OSS, Veteranos de Vietnam contra la Guerra; asociación de la que él mismo es miembro). Y el golpear de las herramientas y las confidencias de barra de sus colegas de la construcción (compañeros a quienes homenajeó en su día con el nombre de su banda de acompañamiento: The Workers), así como los miles de kilómetros recorridos al volante de un camión de 18 ruedas, transportando los residuos industriales de un país devastado, o cultivando sandías al sol (de ahí el mote), sin olvidarnos de su experiencia como activista socialista ni de su licenciatura en periodismo e historia. Y más aún Mississippi. Mucho Delta. Ese dobro mágico y esa armónica. Todos esos años de compartir vivencias y escenarios con gente como John Lee Hooker, Robert Cray, Champion Jack Dupree, Bonnie Raitt, «Country» Joe McDonald y Henry Vestine de Canned Heat. Mucho juke-joint y mucho honky-tonk. Todo vuelve a estar presente en este disco. Sin concesiones al mercado ni al mainstream. Aridez y honestidad (quizá por eso ha tenido que irse a grabarlo a Winnipeg y fabricarlo en Austria). De nuevo, herencia del blues, las tres únicas cosas sobre las que escribe: trabajo («que es de lo que va el blues en un principio»), relaciones entre sexos («no solo las de tipo angustia adolescente, sino las agonías y los éxtasis agridulces y de larga distancia […], no relaciones de chicos y chicas, sino de hombres y mujeres») y la mortalidad, la muerte. No en vano el disco se abre con una cita de Shakespeare (Cymbeline, IV.ii. 333.33): «Dorados jóvenes y muchachas, todos deben, lo mismo que el deshollinador, convertirse en polvo».

THE KEEPERS

 

Repasando los blogs de series publicados hasta la fecha, me he dado cuenta que os he tenido un poco abandonados durante unos meses o me he colgado lo mío, llamadlo como queráis.

Y no es que no lo haya intentado, con THE SON aguanté cuatro capítulos y haciendo un esfuerzo, con FRONTIER dos, muy aburrida después de ver TABOO. AMERICAN GODS, sin comentarios, si no me gustó el libro no sé ni por qué lo intenté.

Después de estos tres fracasos, me puse creativo y se me ocurrió ver I LOVE DICK, puff, demasiada gente gritando y demasiadas mamarrachadas artísticas, cuatro capítulos y porque son de media hora cada uno. THE LEFTOVERS peñazo, un capítulo.

Entonces pienso que mi suerte va a cambiar cuando alguien me recomienda THE HANDMAID´S TALE… qué va, cargante estética post-hipster, vuelta de tuerca mal entendida de la novela 1984 de GEORGE ORWELL, el engendro me dura 40 minutos del primer episodio y me produce pesadillas por la noche.

Y cuando parece que todo está perdido, que tras ver la tercera temporada de FARGO todo va a ser un largo deambular por el desierto, aparece la serie documental THE KEEPERS y me vuela la cabeza.

7 episodios producidos y dirigidos por RYAN WHITE y distribuidos por NETFLIX para intentar clarificar quién se peló a la pobre hermana CATHY CESNIK, profesora del ARCHBISHOP KEOUGH HIGH SCHOOL, instituto católico para chicas en Baltimore, allá por 1969. 

WHITE sigue con su cámara a GEMMA HOSKINS y a ABBIE FITZGERALD SCHAUB, ex-alumnas del instituto dispuestas a averiguar que pasó con su profesora favorita, aunque hayan pasado 48 años desde su asesinato. 

Y WHITE se encuentra por el camino más, mucho más: violaciones de alumnas en las que participa tanto el clero como la policía local, asesinatos, encubrimiento de los hechos.

THE KEEPERS no tiene nada que envidiar a series documentales como THE JINX o MAKING A MURDERER.

Si tienes dudas existenciales sobre tu fe, no veas esta serie, pero si eres un católico devoto o pasas millas de la religión, no te la pierdas.

Ea.

 

NQ ARBUCKLE

Captura de pantalla 2017-07-07 a las 9.59.11.png

The Last Supper in a Cheap Town

(Six Shooter Records, 2005)

No viven de esto. Cada uno se saca las castañas del fuego como buenamente puede (uno de ellos, el bajista, fue torero, en Canadá, y el líder trabaja en una oficina, registrando royalties y canciones, todo es así de simple y delirante). No tocan en grandes locales. Lo suyo son los baretos. Tocar mientras alguien se pelea. Con todo el mundo cantando y berreando más fuerte que el cantante de la banda (y no necesariamente la misma canción). En locales donde decir «hijo de puta» es básicamente un elogio. Una vez, en un garito de Port Hope, Ontario, en la boca del río Ganaraska (Neville Quinlan, «NQ», nació en Montreal, pero la banda se fundó en Toronto), entraron dos vecinos enojados y se pusieron a desmantelar el escenario mientras tocaban. No dejaron de tocar. Siguieron a lo suyo. No en vano es tierra de algonquinos, chippewas, leñadores y tramperos. Gente curtida. Gente empecinada y persistente. Han tocado en sitios muy locos, esos que las bandas normales suelen considerar «malos bolos»; para ellos, sin embargo, son los más divertidos. Lo importante sigue siendo, no el concierto, sino pegar la hebra un rato con los locales y tomarse unas cervezas en un antro de mala muerte, por ejemplo, de Hamilton (aún así han sido nominados en dos ocasiones para los premios Juno, al Mejor Álbum Tradicional y de Raíces del Año). Este fue su segundo disco. El primero como grupo propiamente dicho (el anterior, Hanging the Battle-Scarred Pinata, del 2002, fue básicamente un proyecto de Neville en solitario, en pijama, en Vancouver, grabado en casa en no más de cuatro o cinco días –imprecisión de la resaca–, bebiendo cerveza desde las diez de la mañana…). Una vez leí algo a propósito de este segundo disco que me sedujo, por eso fue el primero que cayó en mis manos. Después de oírlo, decía el reseñista, de pronto, la comida te sabe mejor, la cerveza que te estás tomando no acaba nunca y tu apartamento/ratonera dobla milagrosamente sus dimensiones. Letras adictivas, arreglos malévolos e impecables. Puro gozo. Sin aspiraciones de gloria ni presunción. Noches largas en bares, hastío, viajes y corazones rotos. Temas recurrentes del viejo y buen country de siempre, aunque con el toque canadiense (un toque un poco más refinado) que lo convierte en otra cosa que no es, ni por asomo, el country nauseabundo de la CMT. Como muy bien dice él propio Neville, suenan a country solo por la pedal steel. Y ni falta que hace. Grandes.

NORTH MISSISSIPPI ALLSTARS

Prayer For Peace

(Songs of the South, Sony, 2017)

Los hermanos Dickinson ya estaban tardando en aparecer por aquí. Su anterior trabajo fue una barbaridad (World Boogie Is Coming). Difícil de superar (mi vecino lo sabe). Y desde la noticia del salto a una demoníaca multinacional (Sony) el miedo nos había entrado en el cuerpo. ¿Ahora qué? ¿Vendidos al mainstream? ¿Ya solo nos quedará brindar por los viejos tiempos? ¿Fatigar los viejos álbumes? De hecho, ya el más que prescindible paso de Luther por unos Black Crowes de capa caída en un intento por recuperar con trágico patetismo un poco de la vieja credibilidad pantanosa, anticipaba tiempos duros y, fundamentalmente, feos. Pero no. El diablo ha salido perdiendo. Los Dickinson no han cedido ni un ápice en el trato del cruce de caminos y siguen apostando fuerte por la radicalidad de su propuesta. R.L. Burnside y Fred McDowell siguen presidiendo el altar vudú de sus invocaciones (en este Prayer for Peace hay tres versiones de las viejas bestias). Nada de engolamiento comercial, nada de pulir los bordes para que a la hija del directivo de turno no se le atragante el postre y escape por la noche al río. Esto sigue siendo blues rural y agresivo de juke joint con gente de cuchillo oculto en la bota. Aquí se mata a Robert Johnson por follarse a la novia de otro. Así que ándate con ojo y cuidado con las miraditas. Un estofado oscuro de soul con agallas, boogie, mucha ciénaga y toques de rock psicodélico con alguna que otra incursión en un hip hop de lo más agreste y escabroso. Como dicen por ahí, en este octavo disco las credenciales de los hermanos Dickinson permanecen intactas. Impecables. Ya desde el primer tema, el que da título al disco, aparece Oteil Burbridge, exmiembro de los Allman Brothers (hoy la cosa va de hermanos), con su flautín, para volver la cosa aún más turbia e inquietante, si cabe. La intención no es atraer a nuevos creyentes ni expandir la fe, sino permanecer fieles a sí mismos. Que la cosa resuene con su original crudeza en mitad del bosque y que se acerque a la ceremonia quien quiera o se atreva (la hija del directivo, sudorosa y embriagada, con los pies sucios). Además, el álbum se ha perpetrado en seis estudios diferentes, aprovechando parones de gira. Memphis, Nueva Orleans, Kansas City, Austin, Nashville y St. Louis. Ha habido muchas manos metiendo la cuchara en el guiso, pero no se nota. La cohesión es perfecta. No hay grumos. La salsa ha quedado en su punto (aunque mejor no preguntes de qué es la carne). Y si bien es verdad que no suena a como suenan en directo, también es cierto que es imposible sonar mejor en un estudio. Todo se hereda. Y esta gente ha sabido heredar, que no es poco. Hay quien se depelleja vivo o quien se dedica a malvender las viejas reliquias de la familia. Aquí hay respeto, tradición y una apuesta fuerte por vivir con los pies bien asentados en el presente, tanto en la denuncia de los tiempos que corren como en el innovador espíritu revisionista. Y a mí me da que lo mismo han despedido a alguien en Sony...

WILLIS ALAN RAMSEY

Willis Alan Ramsey

(Koch Records, 1999)

Con este ya son cien. Cien discos reseñados. No es que seamos muy de efemérides. Como le pasaba a Vila Matas en aquel maravilloso libro que publicó Pre-Textos, nos molesta «el injustificado y absurdo prestigio de los números redondos, no entendemos por qué diablos el número 100, por ejemplo, goza de mayor prestigio que el 101», pero nos ha parecido una buena excusa para rescatar esta joya. Estuve pensando en otros, en los sospechosos habituales que aún no han asomado por este sucio blog (Johnny Cash, Waylon Jennings o cualquiera de aquellas maravillosas sesiones que se marcó Willie Nelson para Atlantic), y entonces me acordé de este disco grabado en 1972. No se editaría en CD hasta el 99, año en que empezarían a surgir rumores de la publicación inminente de su segundo disco (algo con lo que ya empezó a especularse a los pocos meses de salir el primero), titulado presuntamente Gentilly (en honor al barrio de Nueva Orleans) con colaboraciones de los infalibles Sam Bush, Tim O’Brien, Mickey Raphael y Joel Guzman… No sé si quiero que sea cierto. No sé si quiero escucharlo. Con el 40 aniversario de este prodigioso Willis Alan Ramsey (otra efeméride de prestigio dudoso), el primer y único disco de esta leyenda de culto, un periodista llamó a Lyle Lovett para pedirle unas palabras y este no podía creérselo. Cuarenta años. Y ya vamos para medio siglo. Y el mítico disco de la cubierta verde oscuro de aquel chaval que por aquel entonces acababa de cumplir los 21 sigue sonando increíble. Hasta el artesanísimo Guy Clark alabaría la precisión y maestría con que estaban construidas aquellas once canciones (casi todas versionadas infatigablemente desde su aparición hasta hoy mismo por gente como los Widespread Panic, Jerry Jeff Walker, Waylon Jennings, Shawn Colvin, Jimmy Buffett y Jimmie Dale Gilmore). Híbrido de Alabama y Texas (grabado por cierto en Shelter, el sello de Leon Russell, que le asiste en los teclados, después de haber grabado unas demos con Gregg Allman y Dickey Betts en Macon, Georgia, ahí es nada…) que en ningún momento revela la edad real del chaval que aparece en la cubierta, sino más bien la de un auténtico vagabundo ya curtido, Spider John en persona, haciendo un alto entre trenes de mercancías para hacernos partícipes de sus baladas. Un álbum que aparece como surgido de la nada, de la cuneta. Una auténtica rareza. Único. Suscribimos las palabras de Jeff Prince para el Fort Worth Weekly, «Olvídense de Waylon y Willie. El álbum Outlaw del que más se ha hablado en la historia es este Willis Alan Ramsey». Todavía, cuando los fans y los amigos le preguntan cuándo va a sacar su segundo disco, Willis sigue respondiendo lo mismo: «¿Qué tenía de malo el primero?».

SARAH SHOOK & THE DISARMERS

Sidelong

(Bloodshot Records, 2017)

Los del sello inyectado en sangre de Chicago han rescatado este disco de hace un par de años, publicado originalmente de manera independiente en Chapel Hill, Carolina del Norte. Y, según parece, ya tienen listo el siguiente para el 2018. La Rolling Stone destacó a Sarah en el 2016 como una de las nuevas artistas country que más nos valdría conocer, pero ella ya llevaba cerca de diez años mordiendo la manzana prohibida y echándonos el humo a la cara. No en vano su primer grupo se llamaba Sarah Shook & The Devil (el mismo diablo que aparece al final de los agradecimientos de este Sidelong), bisexual por un lado y atea gracias a Dios, como decía Buñuel, asqueada de su (de)formación religiosa de pueblo pequeño, hipócrita y resentido (el mismo pueblo del que saldrían los maravillosos descerebrados de Southern Culture on the Skids). Normal que le rebosase el punk por los poros en semejante ambiente de anquilosamiento fundamentalista. Sex Pistols contra los violines engolados de la iglesia baptista. «Simpatía por el diablo» y «apetito de destrucción». Novio por internet, huida del hogar para casarse («on a fever») y verse divorciada y embarazada a los veinte años para acabar viviendo sola con su hijo en una caravana en mitad del bosque, aprendiendo a tocar la guitarra entre cantos de cigarras y latas de cerveza aplastadas, y trabajando de camarera en The Cave (todo exquisitamente redneck), una sala de conciertos donde comienza a relacionarse con los demás hijos descarriados de la escena musical de Carolina del Norte. Así que no es de extrañar que acabe el día bebiendo agua «porque ya me bebí todo el whisky esta mañana», como se lamenta en la canción dedicada al grandísimo Dwight Yoakam, puesto que como muy bien dijo antes en «Heal Me»: «Hay un agujero en mi corazón que nada de lo que hay por aquí puede tapar, aunque sigo albergando la esperanza de que el whisky lo haga». Amores perdidos («no puedo decidir quién de los dos acabará siendo el clavo de este ataúd») y lucha denodada por no ahogarse. Hacerle la peineta a la soledad y al desamparo. Ser joven y haber visto (y padecido) demasiado. Y aun así persistir y seguir intentándolo, sin acompañamiento o con John Howie, Jr., de los Two Dollar Pistols, a la percusión y a la guitarra, sin pedir permiso ni disculpas a nadie en este mundo de cafres y machos babosos y dominantes. Tras esa aparente vulnerabilidad, nadie la ha descrito mejor que Ed Whitelock en su reseña para PopMatters: Sarah Shook (tanto ella como su música) no es de las de pistola en el bolso, sino de las de cuchillo en la bota. Y no tiene empacho en afirmar que Dios no comete errores, lo que pasa es que no deja de cagarla, así de simple. Y a quien le moleste el humo en la cara, que se aparte.

LEFT LANE CRUISER

Claw Machine Wizard

(Alive Records, 2017)

Blues de unos tipos de Fort Wayne, Indiana, el lugar donde el capitán Jean François Hamtramck, siguiendo órdenes del general Anthony Wayne, alias «el loco», estableció un fuerte para combatir a los indios de la zona (los indios miami), un blues rasposo que suena a lo que habría sonado Lemmy de Motörhead si le hubiese dado por dedicarse al blues, algo básica y gloriosamente desagradable. Como dicen en Maximum Volume, «escoria fabulosamente deliciosa». Ahora, en este último puñetazo que se han marcado, aunque cueste creerlo, vuelven a ser solo dos. No hace falta más. Guitarra, bajo y percusiones. Todo muy de fabricado en casa. De clavo, alambre y martillo. Y algo de teclado en algún tema, recurriendo al viejo amigo Jason Davis, que también se encarga de las labores de producción. Bo Diddley, mucho garaje y, sobre todo, las lecciones aprendidas y regurgitadas de R.L. Burnside y los viejos músicos de country blues de North Mississippi Hill recuperados del barro por los nunca suficientemente venerados punkis visionarios de Fat Possum Records. Música soltada en tu puta cara («el blues y yo somos así, señora»). Sin edulcorantes ni adornitos sobreproducidos. Sin filtros. Sexo, marihuana, alcohol y tablas de skate con guitarras distorsionadas y muy poca tontería. Por ahí lo han bautizado como «Dirty Spliff Blues», «Blues Sucio y Fumeta»; también como «voodoo hillbilly punk-blues», etiqueta que no necesita traducción. Desde que su tema «Waynedale», del álbum All You Can Eat, saliese en el episodio 8 de la tercera temporada de Breaking Bad, las cosas les han ido bastante bien (también utilizaron su música en un episodio de Banshee y en otro de ese horror infumable que es Nashville). No es un disco para oír con auriculares. La etiqueta es otra. Como dicen en WYMA, has de buscarlo más bien en la sección «para escuchar fuerte en el coche» o en «molestar a los vecinos». Es esa clase de disco. La clase de disco que pones a todo volumen al llegar a casa del curro, sentado por fin en tu sofá con tus seis latas de cerveza y tu porro, como Hugh Fielder de la Blues Magazine, hasta que entra tu hija cabreada en el salón y te dice: «Bájalo, papá».

 

SCOTT H. BIRAM

The Dirty Old One Man Band

(Bloodshot Records, 2005)

Recuerdo que fue otra de las malas bestias que descubrimos en aquel DVD de tres horas y media que un buen día apareció en el desguace de Discos Metralleta (donde también aparecería en otra ocasión no menos memorable el Heartworn Highways), Bloodied but Unbowed: Bloodshot Records’ Life in the Trenches. Le seguimos el rastro a aquel tipo con su «Hit the Road» y este fue el primer disco que cayó en nuestras manos, el disco del cambio, de la resurrección, del milagro en el río San Marcos. En él nos vimos perfectamente reflejados, no solo generacionalmente, también porque su evolución había sido bastante similar a la nuestra. Más o menos en la misma época, nosotros pasamos del punk rock (él militando en The Thangs mientras nosotros nos magullábamos con The Misfits, Slayer, Danzig…) al bluegrass (Scott Biram & the Salt Peter Boys y Bluegrass Drive-By mientras nosotros desmenuzábamos el primer Cash de Rubin y dábamos nuestras viejas camisetas estampadas a nuestros hermanos pequeños). Música de pueblo de Texas con no más de 150 habitantes. De pueblo sin semáforos. De La última película. Música de bandas rabiosas de instituto y mucha juerga, de pasar la noche en salones de amigos y de mucha carretera, de cerveza Lone Star y de LSD en parques infantiles… Y luego música de hombre solitario, de John Lee Hooker, micrófonos viejos, megáfono, armónica, amplis potentes y zapateo contra la tarima del suelo. Cientos de bolos de cerveza gratis y bote para propinas… Ahora miro los créditos del disco y veo que aparecen nombres que entonces no significaron nada para mí pero que hoy me pillan por sorpresa: los Weary Boys (¡amén!) en un par de temas y nada menos que Leo Rondeau a la mandolina. Y en los agradecimientos gente como Drew Landry, Hank III, Black Joe Lewis… ¡¿Cómo no nos íbamos a hacer de inmediato feligreses de La Primera Iglesia del Supremo Fanatismo de Scott H. Biram (la «H» es de «Que te jodan»)?! Fue el disco que (sin contar un directo y el EP, Rehabilitation Blues, grabado a traición por su padre durante su convalecencia) sucedió al accidente que casi se cobró su vida (su camioneta fue arrollada por un camión de 18 ruedas en una época en la que andaba enfermo por una chica de Louisiana). Él piensa que algo tuvo que ver el agua milagrosa del río San Marcos (a cuyas orillas descendió una noche, muy borracho, a curarse de la chica de Louisiana con un buen trago bautismal de su cauce). Quince operaciones, varillas de metal, silla de ruedas, sueños raros y la decisión de apostar fuerte por los temas propios y la aspereza. En algún lugar comentó jocosamente que debió ser la medicación del hospital. El caso es que le salió un disco monumental, el disco que supuso el cambio al sello de Chicago y al mercado internacional. Accidentes y rock ’n’ roll. Alguien debería escribir ese libro. El libro de los desvíos por accidente. De las iluminaciones barbitúricas. Del blues a corazón abierto… Desde entonces no ha parado de brindarnos discos tremendos. Aunque nada como verle en directo. Misa negra.

COLTER WALL

Colter Wall

(Thirty Tigers, Young Mary’s Record Co., 2017)

Las credenciales no pueden ser más apabullantes. Imaginary Appalachia, un EP con siete canciones grabado con diecinueve años cuyo primer single, «The Devil Wears a Suit & Tie», dicen que volvió loco a Chuck Leavell de los Allman Brothers. En la cubierta aparecía el dibujo de un coyote desgreñado fumando un cigarrillo. Luego otro tema de aquel EP, «Sleeping on the Blacktop», incluido entre las malas bestias (Chris Stapleton, Scott H. Biram, Waylon Jennings, Ray Wylie Hubbard y Townes Van Zandt) que aparecían en la banda sonora de la película Hell or High Water (Comanchería). Abrir para Lucinda Williams en el Ryman Auditorium y recibir una ovación en pie de Steve Earle durante una aparición en el Nashville’s Skyville Live. Advertencias de «cuidado con este pájaro», proferidas por el mismísimo Rick Rubin. ¿Quién coño es este tío y dónde cojones está su disco? Bueno, pues el álbum ya está aquí, después de mucha espera, y las expectativas se cumplen (¿qué demonios?, ¡supera las expectativas!). Dave Cobb (productor de Jason Isbell, Sturgill Simpson y Chris Stapleton) no se ha inmiscuido demasiado y le ha dejado a su aire, guitarra y poco más, seco y duro, como el paisaje del que procede este coyote con voz de trampero barítono con garganta desgarrada por el zarpazo de un oso y sempiterno cigarrillo (con tazón de whisky siempre a mano): las praderas gélidas de Saskatchewan. Voz de Henry Kelsey allá por 1690, navegando a lo largo del río y comprando pieles a los indígenas de la zona. Voz de montañeses ebrios con putas traicioneras en el primer asentamiento de la Compañía de la Bahía de Hudson, en 1774. Todo el disco recuerda a la época gloriosa de los primeros setenta: diseño de cubierta, producción, sonido… Pero ahora no es un coyote desgreñado el que fuma en la portada, sino él mismo, en blanco y negro, en pose muy outlaw. Aunque se trata de un disco más cercano al folk oscuro de las baladas de asesinatos y forajidos que a la tradición country outlaw, más próximo a la aridez de los gloriosos últimos discos de Larry Jon Wilson y Billy Don Burns, muy de «me importa un bledo lo que opines». Tradición y máximo respeto por los viejos bardos que le precedieron y abrieron el camino (aquí de nuevo, al igual que en el EP Imaginary Appalachia, Colter Wall incluye una versión de un tema de Townes Van Zandt, «Snake Mountain Blues»). Y solo veintiún añitos. Así que no os preocupéis. Papá ha muerto, pero ya tenemos quien salga a apuñalar la cena de mañana. Podemos dormir tranquilos.