THE FELICE BROTHERS

From Dreams To Dust

(Yep Roc Records, 2021)

Fastuoso. Y con decir eso ya estaría. Yo ya me entiendo y bailo solo. Pero haré un esfuerzo por si hay alguien en la sala que no haya oído hablar de ellos y quiera bailar. De los fabulosos hermanos de Brooklyn no repetiré lo que ya dejé dicho por aquí hace más de cinco años. Desde aquel Life in the Dark han acontecido un single (Country Ham) y un álbum (Undress), y con esta nueva entrega de su desbordante ingenio la cosa no viene sino a confirmarse, ¡y de qué manera! Estos muchachos originarios de las Catskill llevan haciendo su mejor disco desde que sacaron aquel remoto Iantown, autoeditado allá por 2005, hoy pieza buscadísima de coleccionista (básicamente Ian Felice a solas con la acústica y la armónica, grabado en una sola noche, según cuenta la leyenda). El álbum que hoy ovacionamos (y que llevo escuchando en bucle desde que entró en el rancho) no puede empezar mejor. Ian Felice sigue en plena forma y nos suministra el entrante perfecto para esta banda sonora del Día del Juicio Final (que es lo que viene siendo). «Jazz On The Autobahn», en efecto, es una road movie apocalíptica y suena, en palabras de Paul Kerr, «como una especie de Kerouac respaldado por una banda de jazz y una coral de cantantes doo-wop borrachos». Tal cual. No se puede describir mejor. La canción narra la historia de dos personas que huyen, dos personas que han dejado atrás sus vidas en busca de algo que ya ni se sabe lo que es y a las que persigue un sentimiento de catástrofe inminente, por lo que al final deciden utilizarse el uno al otro como medio de escape. Vamos, igual que tú y que yo a estas alturas del partido, entre volcanes, premios Planeta y mortíferas pandemias, mientras todo se desmorona a nuestro alrededor y los sueños se transforman en polvo. Y viendo el cariz que está tomando el asunto, quizá haya llegado el momento de hacer una lista de tareas pendientes, cosas que deberíamos ir haciendo antes de que todo se vaya al garete, como muy bien hace Ian en el segundo corte del disco, «To-Do List», entre otras muchas cosas: buscar un psicoanalista, barrer la vajilla rota, devolver todo lo que te prestaron, cambiar las gasas ensangrentadas, comprar un smoking color espinaca, desafiar las leyes naturales (todas), cancelar la suscripción a la revista Casa y Jardín, admirar los arcos góticos, construir un laberinto de espuma de poliestireno, hacerte amigo de un lunático desafortunado, caerte en el foso de una orquesta, tener una aventura en provincias, averiguar qué está matando a las abejas, abrir las persianas y dejar entrar la luz, comprar espárragos, comprar un armonio y una peluca empolvada, descubrir una droga milagrosa, aprenderse los nombres de todos los jueces del Tribunal Supremo, poner a prueba los límites del amor, sentarse a ver cómo pasa la peste, reír hasta llorar, comprar un abrigo de piel de gamo y tirar todas las canciones que escribiste a la basura. Ian Felice, al igual que su hermano Simone (que anuncia nuevo disco en solitario para finales de enero de 2022, All The Bright Coins), es un escritor de primer orden, un letrista magno. Y, a partir de ahí, todo gloria. Con referencias a AC/DC, Francisco de Asís, Jean Claude Van Damme, Kurt Cobain, John Wayne, Annie Oakley, Hegel, Proust y la Harley de Peter Fonda. Un disco fúnebre, pero gozosamente irónico, un disco de fanfarria para ir bailando detrás de la parca camino del olvido. Para fastidiar a la parca por el camino, bajarle los calzones cuando se descuide, darle tobas en la oreja y disimular silbando cuando se dé la vuelta. Tocarle las pelotas. Irse, pero irse jodiendo. Dar por culo hasta el final. Y dejar un bonito obituario, como el que compone para sí mismo el propio Ian en «Be At Rest»: «Señor Felice, uno ochenta de altura, setenta kilos, dientes blandos, falta de sueño, estudiante por debajo de la media, dueño de dos trajes que le sientan mal, usuario de ropa de segunda mano, a menudo tibio y retraído, albornoz por lo general mal anudado, descansa, amigo mío, descansa en paz // Nunca fue nombrado empleado del mes, amante de las lavanderías de veinticuatro horas, evitaba el contacto visual, evitaba donar sangre […] Trabajó en todos los clubes nocturnos de Estados Unidos, tenía miedo a los pianos que caían de las alturas […] Una vez se pasó más de dos meses atrapado en un cuadro de Bruegel el Viejo […] A su hijo le deja un cielo sin nubes, a su mujer una caja de negativos sin revelar y un plato de sopa de cebolla. De los sueños al polvo». En el disco hay country, hay folk y hay esa cosa que ha dado en llamarse indie-rock (que por allí es menos vergonzante que por estos pagos), un tono pintoresco y rústico, como el del cuadro que ilustra la cubierta («Winter Sunday in Norway, Maine», 1860, óleo sobre lienzo), muy de pastoral americana (no en vano, el disco ha sido grabado en una iglesia restaurada por el propio Ian, La Iglesia de Harlemville, NY). En definitiva, lo que ya decía al principio antes de extenderme tan innecesariamente cuando bastaba con decir lo que dije: fastuoso, del lat. tardío fastuōsus, y este, asimismo, del lat. fastus, «lujo, boato» y -ōsus «-oso». Magnífico y digno de oírse, sin más.