The Boxmasters
(Vanguard Records, 2008)
Ya anda sonando por ahí el «Pepper Tree Hill» (con Herb Alpert de invitado especial), el fantástico primer single del nuevo álbum (parece mentira, pero ya van diecinueve) de los inmensos Boxmasters, inspirado esta vez en la música de los años sesenta, que saldrá el próximo mes de agosto. Y la alegría de la noticia nos ha hecho volver a aquellos dos primeros discos (sin contar el artefacto navideño, tan del gusto de por aquellas latitudes, que hubo entre medias), aquellas dos gloriosas cajitas de cartón con doble ración de CD, cuando eran mucho más hillbillies que ahora (porque de casta le viene al galgo y porque por mucho que la mona se vista de seda, mona se queda —y, en el fondo, eso es lo que nos gusta, lo que tiene la cosa de monesca—), con que irrumpieron allá por 2008/2009 (este The Boxmasters y su rápida secuela, Modbilly). Lo dijo David Wild en su día: «He visto el futuro del rock & roll hillbilly, y se llama The Boxmasters», a lo que luego añadía, muy oportunamente, que se daba la feliz circunstancia de que los Boxmasters eran también el pasado y el presente del rock & roll hillbilly. Billy Bob Thornton siempre ha dicho que nunca tuvo intención de ser una estrella de cine, que fue un accidente, y que lo que verdaderamente amaba, por encima de todas las cosas, era la música. Antes de iniciar su carrera de actor se había curtido en bandas tributo (de la Creedence, de ZZ Top…) y había currado de pipa con la Nitty Gritty Dirt Band, Johnny Paycheck, Blood, Sweat & Tears y los Statler Brothers. En el 74 grabó un disco con una banda que se llamaba Hot Lanta (nada menos que en Muscle Shoals, Alabama), y entre 2001 y 2007, compaginándolo con su meteórica carrera cinematográfica, grabó cuatro álbumes en solitario. Todo esto para decir que no es un advenedizo. Cualquiera que lea sus memorias (coescritas mano a mano con el inmenso Kinky Friedman) sabe que Billy Bob es puro rock & roll. Con el ingeniero de sonido (J. D. Andrew) de su último álbum en solitario, Beautiful Door (2007), formó los Boxmasters en Bellflower, California. Se hincharon a hacer bolos por el estado y por Tecate, México, y, una vez probado el motor, ya con el material bien rodado, se metieron en el estudio y grabaron su primer disco (veintitrés canciones; el primer CD, «las nuestras», compuestas por ellos, y el segundo, «las suyas», con versiones de sus grandes maestros, siguiendo la directriz de Confucio, «estudia el pasado, si quieres adivinar el futuro», entre los que se encuentran Mel Tills, Lee Clayton, Charlie Louvin, Michel Nesmith, Kenny Loggins y Peter Towstend, con una fantástica versión del «The Kids Are Alright»), que saldría el 10 de junio de 2008, en Vanguard Records, con no muy buena acogida. Los prejuicios eran palpables. En general, se le achacaba un intrusismo que, en realidad, a poco que uno se documentara (algo que ya no se estila demasiado, así nos va como nos va y leemos lo que leemos), era falso. En cualquier caso, Billy Bob declaraba haber conquistado la felicidad. «Esto es exactamente lo que venía buscando desde que era un crío.» La banda de hermanos hillbillies que siempre había deseado tener. Billy Bob había crecido escuchando al Frank Zappa de los primeros discos con los Mothers, al Captain Beefheart y a la Bonzo Dog Band, pero allí en Hot Springs, Arkansas, su terruño, también se había embebido de muchísimo George Jones, Johnny Cash y Buck Owens. Se había pasado toda la vida pivotando entre lo uno y lo otro, entre el country y el rock & roll, y solo con esta nueva banda, que inició sus andanzas con el disco que hoy resaltamos, había logrado aunar, por fin, todo aquel acervo. La alegría y la pasión se transmiten. El grupo es una fiesta. Eclécticos, pintones y sumamente cool. Retro-country, por llamarlo de alguna manera. Con mucha clase y mucho respeto, muchísimo amor a lo que hacen. Para Thornton la cosa debía sonar a un combinado de los Monkees y los Turtles, con Del Reeves, Buck Owens y Merle Haggard. Todo en la coctelera. Los Boxmasters surgieron como un concepto, pero en nada se convirtieron en una banda por derecho propio. Una fantasía hecha realidad. Instrumentos vintage y compresores de los sesenta para componer un sonido que, desde el principio, quisieron que sonase a algo así como a unos Beatles hillbillies. Unos paletos de lo más elegantes (como no podía ser de otra forma, viniendo de quien viene).
