Rivertown
(Western Beat Records, 2002/Palo Duro, 2008)
Hoy toca reseña de las de enmendar la plana. Los que me seguís por aquí sabréis que a veces me ocurre, que se me suben los colores al darme cuenta de una ausencia estridente, aún más sonrojante según van pasando los años y creciendo el número de estas reseñas que quizá no tengan el menor sentido, pero que yo sigo perpetrando, como quien habla con su perro, ya quizá por pura inercia porque, por mucho que me haga fiestas y mueva el rabo, no creo que a él le importe lo más mínimo (de hecho, el perro ya ni siquiera está, es el fantasma de un perro, pero yo quiero pensar que era muy fan de Waylon, y que se lo notaba en los ojos cuando se lo ponía, y como digo Waylon digo Diego). Walt Wilkins lleva acompañándome muchos más años que el ochenta por ciento de los músicos que van componiendo el reparto de este sainete al que llamaremos blog, que es una cosa muy antigua que se hacía antes, antes de que el podcaster (hoy hace podcasts hasta mi tía Amparo, sentando cátedra sobre asuntos peregrinísimos) matara a la estrella del blog. Walt Wilkins es puro Texas, aunque se curtiera y se pasara años, toda una década (fue para dos o tres y acabó quedándose diez), dando el callo en las trincheras del negocio de la música country de Nashville, (en las entrañas de la bestia) componiendo canciones para los artistas que admiraba (en BMG), hasta que Pat Green le dio el espaldarazo (después de grabar «Rain in Lafayette», «Songs About Texas», la primera canción que compuso Wilkins, con veinticuatro años, echando de menos su tierra, y luego la gloriosa «Ruby’s Two Sad Daughters»). Y ahora está ahí, en el selecto pabellón de los grandes trovadores de Texas, entre Guy Clark, Townes Van Zandt y Kevin Welch, aunque él la comparación que más goza y agradece es la que alguien le hizo en una reseña del Fire, Honey & Angels, su álbum de 2014, en la Country Standard Time, nada menos que con John Steinbeck (y, por ahí, claro es, también nos supo ganar desde el principio). «Decidí dedicarme a esto a tiempo completo hace veinticinco años. Ha sido una búsqueda espiritual, un viaje increíble, a veces desgarrador, a veces trascendente. Desde entonces he grabado nueve discos en solitario, cuatro con The Mighty Mystiqueros, uno con mi esposa Tina, y hay por ahí uno nuevo en directo con mi amigo Kevin Welch. Tengo ya más de cien canciones grabadas por otros artistas, he viajado por buena parte del mundo y he vivido momentos muy, muy intensos. Mis puntos de referencia son: los miércoles con mis compadres, The Mystiqueros, en el Saxon Pub de Austin; el primer domingo de cada mes en Luckenbach; el Red River Songwriters Festival el último fin de semana de enero, en las montañas del norte de Nuevo México, y, por último, el Waltstock & Barrel, un festival de vino, cerveza y música en Texas, cerca de Fredericksburg, el primer fin de semana de abril. No paro quieto.» Si por ahí dijeron en su momento que Ray Wylie Hubbard era una especie de sabio Obi Wan de la composición musical tejana, Wilkins también lo es, como muy bien apuntó Richard Skanse en 2006 en la Lone Star Music Magazine, (otro, junto con la No Depression, de nuestros evangelios), solo que Wilkins sería el Obi Wan de Ewan McGregor, más joven, pero, aún y con todo, curtido y marcado por innúmeras batallas, frente al de sir Alec Guinness que sería Hubbard. Y, como muestra, podría haber elegido cualquiera de sus discos, pero he elegido este Rivertown porque en él hay tres o cuatro de mis temas favoritos (y porque el tema oculto de la reedición en Palo Duro, «Field of Blue», le gustaba especialmente al perro ese que ya no está, o al menos me lo parecía a mí cada vez que lo pinchaba, porque siempre fue un perro, una perra, bastante fronteriza). Su humildad (la de Walt, no la de la perra, aunque también) sigue siendo sorprendente. Cita, entre sus tres músicos favoritos de la actualidad (y sin embargo, amigos) a Kevin Welch, Davis Raines y Sam Baker, y afirma que cada vez que escribe una canción lo primero que piensa es qué les parecerá a ellos. En esta casa, cada nuevo disco que saca es motivo de inmensa alegría. Lleva, además, sin cortarse el pelo, desde 1989, y eso, aunque pueda parecerlo, no es un asunto baladí (otros se lo han cortado, real o metafóricamente, y ya no hay quien los aguante, han claudicado). Queda así enmendada la plana y sigue ganando prestancia este blog. Vamos tapando agujerillos y haciendo camino al andar, como pronosticaba el poeta, aunque el camino que vayamos haciendo finalmente no nos lleve a ningún sitio (o nos lleve siempre al mismo —que es esta música que tanto fatigamos—). Y en el ínterin, subimos el volumen a 11 (y que se joda el vecino).
