MAX GOMEZ

Me & Joe

(Brigadoon Records, 2017)


A los nueve años, Papá Noel le deja una guitarra y ya no hay vuelta atrás. Quiere tocar mejor que su hermano «el guay». Y en poco tiempo lo logra. Solo quiere tocar blues. A lo B. B. King, el dios de su hermano «el guay». Blues en Taos, Nuevo México. Por suerte hay otros niños, amigos, críos de almas viejas, que también están contagiados de la misma dolencia, así que no se siente tan solo en su gozosa desdicha. El esqueje del blues se va enraizando. Taos es una comunidad que lo alienta. Hay escena. Suena country en las radios y en los reproductores de casetes de todas las camionetas y coches de la localidad (Johnny Cash hasta en la sopa). Al principio, nada de escenarios grandes, ni siquiera medianos. Más bien rinconcillos de asadores y baruchos, amenizando la velada, mientras las pantallas de televisión emiten partidos de fútbol americano. Cuando uno se curte en tales plazas, luego no le afectan los cuatro gilipollas que van a los conciertos a hablar fuerte de sus mierdas. No se ganaba la vida, pero se sacaba su dinerillo (aún vivía en casa de sus padres e iba al instituto). Hacer bailar a la gente, entusiasmarla, hacer que pierdan, por un momento, el interés por el fútbol… Ríome yo de los trabajos de Hércules. Al lado de su casa vivía un viejo vaquero. Cuando al lado de tu casa vive un viejo vaquero, quieras que no, la cosa repercute. Mentor Williams (tiene su gracia que tu mentor se llame Mentor, la vida se gasta a veces estas chanzas) compositor de varias canciones muy conocidas. No puede ser de otro modo: interminables conversaciones con el vecino, en el porche, acerca de la artesanía del asunto, de lo que tiene de taller, de cómo mejorar, qué escuchar, a qué prestar atención. Y, luego, claro, la presencia tutorial, que aparecía de vez en cuando en algún concierto, de la leyenda local, Michael Martin Murphey. En un pueblo pequeño hay pocas cosas que hacer (Warhol diría que entre ellas, la más importante: irse), por eso la dedicación a la música se condensa más. Max Gomez recuerda un disco fundacional, una de las cintas que se quedó atascada en el reproductor del coche familiar (esas cosas pasaban en aquellos tiempos mesozoicos, cataclismos de otros tiempos que algunos hemos vivido), nada más y nada menos que el The Missing Years de John Prine (que tantas vocaciones ha alentado o truncado, por agravio comparativo). Siendo un crío se le quedó grabado el disco entero, cada tema, cada verso de cada tema. Y permanecería ahí enquistado, para olvidarlo, como uno se olvida del tatuaje que lleva en el cuello o la espalda hasta que un día lo atisba accidentalmente en un espejo, así él, en la adolescencia, vuelve a toparse con ese disco olvidado y se da cuenta de que se sabe de memoria hasta la última línea de cada canción. Y, claro, las incorpora a su repertorio. Curtirse versionando a John Prine no es lo mismo que hacerlo versionando a Nirvana o a Springsteen. Se te acerca otro tipo de gente. Una suerte de secta, iniciados, gente que sabe. Todo eso alienta a seguir en la quietud, saber que hay un lugar de destino, aunque sea nimio. A los veintitrés ya empieza a componer sus propias canciones. Ya se ha independizado y vive solo. Y se gana la vida tocando, que no es poco triunfo, aunque sabe que, para grabar un álbum de verdad, su ciudad natal se le queda corta. Manda canciones a las pocas personas que conoce en la industria musical. Escucha el canal Coffee House de la XM y piensa para sus adentros que él puede hacerlo mejor que muchos de los que suenan por ahí. Esa confianza hay que tenerla. De lo contrario, apaga y vámonos. El caso es que empieza a grabar temas en Nueva York y Los Ángeles, con productores importantes, y, un buen día, una de las canciones se convierte en un gran éxito en el susodicho canal, el Coffee House, y no para de sonar durante años. De ahí, en un vertiginoso giro de los acontecimientos, pasa de abrir para George Thorogood, en un bolo donde causa sensación, a abrir para la gira de Jeff Beck y Johnny Depp. «Fue surrealista. Fue encantador. Fue memorable e inspirador, y pasamos momentos divertidísimos, descojonantes. Johnny Depp estaba siempre de buen humor y fue muy elogioso conmigo y con mi música. Jeff parecía muy tímido. […] Me daba las gracias por acompañarlos, por abrir los bolos y por hacer un trabajo tan bueno. Así que siempre lo recordaré, ni que decir tiene, con cariño y el corazón lleno de calidez». Me & Joe fue el EP que sacó después de su primer álbum (Rule the World, 2013; Kiefer Sutherland estuvo a cargo de la dirección del videoclip del single «Run From You»), grabado en California, en tres días, y producido por Jim Scott (productor de Wilco, Tom Petty y Ryan Adams, entre otras glorias). Cinco canciones grabadas a la antigua usanza, en directo y sin alaracas. De sus tres discos hasta la fecha, este es el que más transmite su esencia: «Soy un vagabundo, un músico de clase trabajadora. Nunca he sido más que un chico de Taos que hace música. Hoy en día… se me ha ido un poco de las manos. Rolling Stone acaba de reseñar el nuevo disco. Llego tarde a todas partes. Parece que he engañado a todo el mundo para que me tomen en serio». Shawn Mullins, Buddy Miller, Jim Lauderdale, Patty Griffin… todos los que han compartido escenario con él se deshacen en elogios y lo toman muy en serio. No ha engañado a nadie. Y llegar tarde a todas partes es, a veces, una virtud. La puntualidad, en música, y más en los tiempos que corren, huele siempre a sucedáneo, a remedo precipitado. La lentitud arraiga mejor y la espera merece siempre la pena. «Solera reservada de la casa», como cantaba aquel.