JAIME WYATT

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Neon Cross

(New West Records, 2020)

El camino hasta llegar a esta «cruz de neón» no ha sido, ni mucho menos, un camino de rosas. En la década de los ochenta (que tantos cadáveres dejó a su paso), sus padres se dedicaron a ganarse la vida cantando y componiendo en la nada hospitalaria ciudad de Los Ángeles, una ciudad de camareros con un plan. Su madre llegó a colaborar en los coros de la banda sonora de Porky's y, de haber tenido una vida más fácil, podría haberse hecho con un nombre en el mundo de la música. Por parte de padre, de apellido O'Neill, hay ancestros católicos irlandeses, una abuela que emigró de Dublín, de ahí ese apasionado amor por la poesía, las canciones y la emoción que hay en la familia, pura sangre irlandesa. La música siempre estuvo presente. Sus padres la arrastraban a conciertos (The Grateful Dead, Booker T & The Mgs, Neil Young, Bonnie Rait…) y siempre había algún conocido tocando en la banda, mucha vida de backstage y noches interminables. Y luego, en casa, a la luz del día, sobre el ruido de la aspiradora o de los guisos borboteantes, siempre Bob Dylan, Tom Petty, John Prine, Lucinda Williams, Steve Earle sonando en el tocadiscos… y su madre cantando a todas horas canciones de Hank Williams. A todo eso, añádese criarse en el estado de Washington, a dos horas al sur de Seattle, con el grunge ya sacudiéndose en los garajes: ingredientes más que suficientes para arruinar o condenar una existencia. Jaime vivió, por tanto, esa época, poco menos que elegíaca, en la que la juventud aún perdía horas y ahorros en las tiendas de discos y se hacía daño en los dedos aprendiendo a tocar la guitarra como Kurt Cobain en los garajes. Un trabajito, también, en el establo de unos vecinos, con el transistor regurgitando country venenoso de los noventa, bosque y caballos con canciones de Patty Loveless, Garth Brooks, Shania Twain y Alan Jackson. La mezcla, o el desbarajuste, con algún que otro descubrimiento súbito (como Jeff Buckley, Otis Redding y Aretha Franklin), solo tenía un hilo común: la pasión, pura y dura, sin adulterar. En un primer momento, puede sonar idílico, pero, como decíamos al principio, la cosa no fue nada fácil. La música estaba llamada a ser, al fin y al cabo, la tabla de salvación de una infancia definida, sobre todo, por el desamparo, el abandono y la confusión, con la herencia, además, del maldito gen de la adicción. Su carrera en la música estaba destinada a ser la vía de escape, pero también sus primeros pasos en el negocio de la música fueron decepcionantes, lo que la llevaría a hundirse aún más en la tormenta de las drogas y a acabar en la prisión del condado de L.A., ocho meses, por consumo de heroína (resulta que se la robó a su camello). Con todas esas experiencias vertidas sobre su primer trabajo (Felony Blues) estaba destinada a convertirse en una «outlaw» en toda regla. Los enfermos del «Americana» estaban hambrientos de ese guiso: historias de mala suerte y actitud combativa, cantadas por gente que lo había vivido, sin postureos ni disfraces. Y Jaime Wyatt es, por encima de todo, esa autenticidad, esa honestidad sin concesiones. En su voz hay barrotes, desesperación, lucha y compañeras de celda, «miseria y ginebra», como en la canción de Merle Haggard (otro que sabía muy bien de lo que hablaba) con la que cerraba su primer álbum. Y ahora, con este Neon Cross (producido además, por Shooter Jennings, el «son of a gun» por excelencia –que en estos últimos años está produciendo lo mejor del panorama–, y con colaboraciones de ensueño como las de Jessi Colter, el gran Ted Russell Kamp al bajo y el inmenso Neal Casal –a quien está dedicado el disco–), queda demostrado, con una solvencia y una rotundidad que la foto de la cubierta no hace más que subrayar, que Jaime Wyatt ha venido aquí para quedarse y que no se avergüenza de nada («perfume deplorable, gafas oscuras, alcohol dorado y botas de cocodrilo»). Puro instinto. Feminista, gay y forajida. Y al que no le guste, ahí tiene la puerta. Honky Tonk Hero.