RED MEAT

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Alameda County Line

(Ranchero Records, 2001)

Los conocí en Elko, Nevada, y me parecieron extraterrestres. Era la segunda vez que asistíamos al National Cowboy Gathering. Estábamos rodeados de vaqueros y rancheros, todo muy polvoriento y seco en medio del desierto, y ellos andaban por allí, por el Stray Dog, el bar de los mineros, pululando por los casinos, o en la calle, delante del cine cerrado, dirigiéndose hacia no se sabe dónde (como nosotros el primer año), hundidos en la nieve. Luego los vería a los cinco juntos, sobre el escenario, pero al principio ni sabía que eran una de las bandas invitadas al festival, y me los fui encontrando por separado, con su atuendo cowboy vintage de fantasía, muy California, todo muy freak en medio de aquella desolación tan folklórica y bigotuda. Fui coincidiendo con ellos en las barras de los tres o cuatro bares del pueblo y congeniamos enseguida, en el fondo a mí también se me vería muy extraterrestre. Solidaridad marciana, supongo. Luego, una mañana, ni qué decir tiene que con una resaca de aúpa, vi sus discos en el puesto de merchandising del festival. Fue en la cubierta del We Never Close donde los vi por primera vez a todos juntos. Salvo el primer disco y el último, en directo, los producía Dave Alvin. Con esa credencial, ni lo dudé, me compré los cinco. Luego fui a los tres conciertos que dieron en Elko. Desde el primer tema se convirtieron en mi banda favorita. Un directo estratosférico. Entendí de buenas a primeras su marcianismo. Nada más y nada menos que country rescatado del ostracismo. La autenticidad como elemento alienígena. Honky Tonk sin concesiones. Claro, Dave Alvin no iba a perder el tiempo con tonterías. La cosa brotaría en un garaje del distrito de Mission, allá por 1993, pero las raíces se hundían en las canciones que habían oído en sus respectivas juventudes (me lo imagino todo muy The Last Picture Show), en Iowa, Missouri, Oklahoma y Ohio. Gramolas de bares cuando tuvieron edad o artimañas para que les dejasen entrar, y cuando no sobre capós de coches junto al Mississippi oyendo al viejo Hank Williams. Pero también mucho rock de los sesenta y los setenta. Y bluegrass y gospel de las Ozark. Cuando lo que todavía coleaba en San Francisco era la escena punk de los ochenta, ellos tomaron la decisión más punk de sus vidas, volver a las raíces, sonido Bakersfield puro y duro (llegarían a compartir escenario con Buck Owens y con Wanda Jackson). Una marcianada en aquel entonces (y puede que aún hoy, aunque ya sea más habitual, en aquellos días poco menos que música de otra galaxia). Scott es el oriundo de Springfield, Missouri, y la cosa le viene de familia, es el compositor de casi todas las canciones, reconoce influencias que van desde Brian Wilson hasta Johnny Mercer y Willie Nelson, y para mí se ha ganado el cielo por haber perpetrado el tema «Lolita», puede que la canción que más veces haya escuchado en mi vida (y jamás me cansaré de escucharla: la historia de un tatuaje y una chica, la única chica, la Lolita que se fue un día de la granja, no las otras –muchas– Lolitas que luego buscó infructuosamente por México para no tener que borrarse su nombre de la piel, el amor y las cicatrices, todo muy Harry Crews…). Luego está Smelley Kelley, de Keokuk, Iowa, que cuando lo conocí llevaba ya veinte años sin beber, increíbles historias de su pasado pendenciero. Less James de Henryetta, Oklahoma, a cargo de la percusión, con los trucos que te hace a la mínima que te descuides con su sombrero cowboy, y las historias de su abuelo, ministro pentecostal, manipulador de serpientes. La maravillosa Jim Olson al bajo, de Ottumwa, Iowa (muy a favor de los nombres que pueblan la geografía de Iowa), a la que reclutaron para el grupo cuando estaba sacando sus últimos veinte dólares del cajero del Bank of America que hay en la calle Fell. Ella compuso el tema favorito de Stephen King del álbum We Never Close, «Thriftstore Cowgirl», una auténtica maravilla. Y, finalmente, Michael Montalto, de Lorain, Ohio, con sus prodigiosos solos de Telecaster. No sé en qué andarán ahora. Desde aquel disco en directo «en el Honky Tonk más pequeño del mundo», hace ya casi diez años, no se ha vuelto a saber nada de ellos. Lo mismo acabaron ya su misión en la Tierra y regresaron a su planeta. Desde aquí un besazo y un saludo.