HANNAH ALDRIDGE

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Live in Black and White

(Hannah Aldridge, 2019)

«Cantante y compositora de country oscuro independiente». Así la define el algoritmo del buscador de Google cuando te dispones a clickar en su página. El resultado de una mezcla explosiva entre el sonido y la experiencia de Muscle Shoals y la narrativa de alguien que ha tenido que lidiar, probablemente muy a su pesar, con los sinsabores, los deseos y el impulso de la fauna que puebla y padece el Gótico Sureño. Hace apenas un día, desde Karlstad, en Suecia, donde se disponía a encarar su concierto número ciento veintinueve del año (lo que a estas alturas de 2019 supone casi un bolo cada tres días) recordaba con una fotografía el día de su debut, hace ocho años, en el mítico Bluebird de Nashville. Ocho años de duro trabajo, día a día, fatigando, sobre todo, las carreteras de la vieja Europa, donde parece haber encontrado un cierto sosiego. De hecho, por una suerte de deuda contraída con sus seguidores ingleses, cuyo apoyo no duda en subrayar siempre que puede, decidió grabar este último álbum en directo en el Lexington de Londres. Ocho años desde aquella foto en color del Bluebird con la que iniciaba su largo viaje tras un período traumático demasiado prolongado que la dejó divorciada, exhausta, con veintisiete años y un niño, arrancándose la costra persistente de ser hija de su padre, miembro del Salón de la Fama de la Música, en Alabama, la lente con la que todo el mundo la juzgaba…, ocho años, decíamos, desde aquella fotografía en la que se disponía a emprender el viaje arrastrando la sombra de todos los fantasmas y vampiros con los que había estado coqueteando peligrosamente en sus primeros años, a esta otra fotografía en blanco y negro de la cubierta de su último disco (obra del magnífico Joshua Black Wilkins), en la que los caballos salvajes y los demonios parecen haber sido domados y ella ha adquirido en el proceso una presencia, una confianza y una seguridad que ya no admite titubeos ni remordimientos. La autodestrucción, la inseguridad, la depresión y los años de lucha en la oscuridad para defender su terreno han quedado atrás. Viajar sola por Europa le ha devuelto la fuerza que necesitaban sus huesos. Este álbum define bien esa peripecia. Una reconciliación. Sola, en acústico, con algunos amigos que ha conocido en el largo y fatigoso trayecto, cómplices que comparten su irreducible amor por la música. Doscientos cincuenta días viajando en soledad, arrastrando setenta kilos de merchandising y equipo por aeropuertos, estaciones de tren y coches alquilados. Mapas de carreteras a veces intraducibles e idiomas extraños. Sin sellos discográficos, ni agentes, ni reseñas en grandes revistas. Sin los arreglos ni la compañía de los músicos de sus dos anteriores trabajos, este es el álbum que más habla de sí misma, que mejor define quién es, desde el sosiego y la calma de haber sometido a los fantasmas del suicidio y la desesperación, de haber bailado, y mucho, al borde del precipicio. Aparte, es una mujer accesible y amable. Muy cercana. Haber estado tan cerca del fuego, probablemente, tenga ese efecto. Pero ha estado ahí, tonteando con el infierno, así que mejor no te la juegues, no vayas a ponerte a parlotear con tus amigotes en mitad de su concierto. Nadie respeta más que ella lo que hace (y eso se percibe muy bien en la crudeza con la que interpreta los temas de este disco), y lo mismo puedes acabar vapuleado. Estuvo a punto de venir a España hace un año. Tuve la suerte de intercambiar unos mensajes con ella. Es de las que contesta. Sigue agradeciendo su suerte y respetando a la gente que la ha apoyado a lo largo de los años. En los días en que le da por pensar que no tiene ya ni una sola canción o kilómetro dentro de ella, dice que lo único que la motiva son sus seguidores. Pronto su viaje interminable, su «never ending tour», la traerá seguramente a nuestras tierras. Y será un placer y un inmenso honor ir a su concierto a ver cómo se desgaja y nos ofrece su corazón en directo. Gracias por seguir palpitando, Hannah. Hacen falta valientes en los tiempos que corren. Besos.