WATERMELON SLIM

The Golden Boy

(Dixiefrog, 2017)

William P. Homans es otro de mis grandes favoritos y también estaba tardando más de la cuenta en aparecer por aquí. Siempre que me disponía a incluirlo en nuestro particular «Hall of Fame» me frenaba el hecho de no poder decantarme por uno solo de sus discos. Cuando me decidía por uno, me acordaba de otro, aún mejor, y así una y otra vez, semana tras semana, ad infinitum. El Bull Goose Rooster de 2013, se me escapó, así que desde el 2011, año de aquella deslumbrante obra maestra, Watermelon Slim & Super Chikan Okiesippi Blues, le tenía perdida la pista. Seis años de quemar sobre todo el brutal The Wheel Man, el álbum con el que lo descubrí allá por el 2007 (y que tendré que volver a comprar en cuanto me tope con una copia, porque lo tengo achicharrado). Al año siguiente, además, lo trajeron al Teatro Zorrilla de Badalona los exquisitos francotiradores de Blues & Ritmes, unas semanas antes de sumar a Guy Clark y a Mavis Staples (algo por lo que nunca les estaremos lo bastante agradecidos; pagamos nuestras entradas, sí, pero siempre les deberemos dinero…). Así que al final, cuando Ana me llamó hace un par de semanas desde Y Que Viva Joplin para decirme que le había llegado lo nuevo de Watermelon Slim, ni me lo pensé. Rompería el sortilegio hablando del último. Con Golden Boy el viejo poeta rebelde de rostro capeado y quebrado por mil tormentas vuelve a sorprendernos. Nacido en Boston y criado en Carolina del Norte. Pero sobre todo Tulsa, Oklahoma, claro. Ese Dust Bowl ha anidado en ese rostro y en esa voz. Como también Vietnam (Golden Boy, aparte de a Canadá, a donde se ha ido a grabar, está dedicado a la Primeras Naciones Indias –sus cantos resuenan en el tema «Wolf Cry»– y a los miembros de VVAW/OSS, Veteranos de Vietnam contra la Guerra; asociación de la que él mismo es miembro). Y el golpear de las herramientas y las confidencias de barra de sus colegas de la construcción (compañeros a quienes homenajeó en su día con el nombre de su banda de acompañamiento: The Workers), así como los miles de kilómetros recorridos al volante de un camión de 18 ruedas, transportando los residuos industriales de un país devastado, o cultivando sandías al sol (de ahí el mote), sin olvidarnos de su experiencia como activista socialista ni de su licenciatura en periodismo e historia. Y más aún Mississippi. Mucho Delta. Ese dobro mágico y esa armónica. Todos esos años de compartir vivencias y escenarios con gente como John Lee Hooker, Robert Cray, Champion Jack Dupree, Bonnie Raitt, «Country» Joe McDonald y Henry Vestine de Canned Heat. Mucho juke-joint y mucho honky-tonk. Todo vuelve a estar presente en este disco. Sin concesiones al mercado ni al mainstream. Aridez y honestidad (quizá por eso ha tenido que irse a grabarlo a Winnipeg y fabricarlo en Austria). De nuevo, herencia del blues, las tres únicas cosas sobre las que escribe: trabajo («que es de lo que va el blues en un principio»), relaciones entre sexos («no solo las de tipo angustia adolescente, sino las agonías y los éxtasis agridulces y de larga distancia […], no relaciones de chicos y chicas, sino de hombres y mujeres») y la mortalidad, la muerte. No en vano el disco se abre con una cita de Shakespeare (Cymbeline, IV.ii. 333.33): «Dorados jóvenes y muchachas, todos deben, lo mismo que el deshollinador, convertirse en polvo».