KRIS KRISTOFFERSON

The Austin Sessions

(Atlantic, 1999/Rhino, 2017)

Acaba de reeditarse con dos temas adicionales («Best Of All Possible Worlds» y «Jody And The Kid») y a un precio que si no lo compras, aunque ya lo tengas, te sentirás raro, serás arisco con tu pareja, te sentará mal la cena, tendrás un sueño raro, te harás daño en el meñique al girar por el pasillo, alguien se habrá comido tu último trozo de bizcocho, se te hará muy largo el día hasta que por fin puedas escaparte del curro, volverás corriendo a la tienda de discos, mirarás cuatro veces en la «k» de Kristofferson porque no puede ser (mirarás también en la «j» y en la «l» por si algún desalmado lo ha traspapelado o lo ha ocultado como tú mismo has hecho algunas veces, confiésalo), pero sí puede ser, y te jodes, el disco ya no está porque se lo ha llevado ese otro cabrón que vive en tu misma ciudad y que siempre se te adelanta cuando dudas (a mí me pasaba mucho en Madrid Rock, cuando existía –por cierto que fue allí donde compré en su día la edición original de estas sesiones de Austin–, subías decidido a la sección de country a por lo que no quisiste o pudiste llevarte el día anterior y siempre te topabas con la misma humillante decepción: alguien se lo acababa de llevar. Algún día encontraré a ese cabrón y rendiremos cuentas –cada noche afilo mi cuchillo–). Desde 1997 la cosa se había desmadrado. Ese año solo estrenó una película, pero fueron seis en el 98 y cuatro en el 99. Bastante mediocres en general (siendo bastante generosos). Y ya habían pasado dos años desde su último disco con canciones nuevas, el fantástico A Moment Of Forever (otro disco que me hace recordar otra tienda ya desaparecida, que asco de mundo estamos dejando…). Como aquel personaje de Woody Allen en Desmontando a Harry, Kris Kristofferson, en medio de toda aquella vorágine de vanidades, tanto en la música como en el cine, se estaba desenfocando. La terapia fue este disco, este oasis de seis días en Austin, en los Arlyn Studios de Willie Nelson, veranillo de San Miguel y más calor que en el Hades, rodeado de buenos amigos, encontrando tiempo entre ensayos de su última película (una tv-movie en Louisiana de la que nadie hablará cuando todos estén muertos), recuperando las gloriosas canciones que se habían apropiado otros y que él necesitaba hacer de nuevo suyas, sin florituras, al desnudo. «For the Good Times» fue la primera canción que grabaron, con Stephen Bruton a la guitarra. Los pelos de punta. No pudo ser otra. La magia que se desprendió de aquellas primera tomas marcaría el tono y el ambiente de los siguientes cinco días. Largas noches de risas, historias, cervezas y enormes puros cubanos. El disco tardaría dos años en salir por los infames avatares del mundillo discográfico. Pero ninguno de los participantes volvería a ser el mismo. Luego Kristofferson tardaría siete años y diecinueve películas en sacar su siguiente disco, This Old Road, con temas nuevos, más descarnado todavía. Pero siempre ha dicho que este, el de las sesiones de Austin, es su preferido. Bendito seas, Kris.