MOOT DAVIS

Goin' In Hot

(Crow Town Records, 2014)

A la espera de que nos lleguen hoy, o si no mañana, o sabe Dios cuándo, que con esto del trasiego de las Navidades nunca se acierta, el Hierarchy of Crows y el Seven Cities of Gold, su penúltimo y su último disco, rescatamos hoy el anterior, el antepenúltimo, el disco con el que lo conocimos y nos lo gozamos, el disco que, siguiendo el rastro, como siempre hacemos, porque nunca nos falla y lleva años descubriéndonos vetas de lo más suculentas, del gran Kenny Vaughan, personaje habitual de estas arrebatadas semblanzas, que aquí no solo produce sino que también presta su gloriosa guitarra, suerte de rey Midas con todo lo que toca, siguiendo su pista, decía, dimos con esta joya que, allá por 2014, nos revolucionó el cotarro. Desde entonces le tenemos mucha fe al bueno de Moot Davis, claro es. Y es que el tipo no puede tener más clase. Aquí, en el Goin' In Hot, con fotografía de cubierta de otro inmenso habitual de estas reseñas, Joshua Black Wilkins, ante cuya cámara ha pasado lo más granado de la música estadounidense de raíces (si él no te ha retratado, poco menos, no existes), aquí, decía, Moot Davis aparece con su elegancia acostumbrada, a lo Gram Parsons, con su traje Nudie de «rhinestone cowboy», toda una declaración de principios: «esto es country y puro sonido Bakersfield, así que si Dwight Yoakam y el gran Padrino, Buck Owens, no son de tu agrado, por aquí ni te acerques, porque estás molestando». Davis nació a un par de manzanas de la prisión estatal de Trenton y eso, quieras que no, deja su impronta. Empezó como actor de teatro, viajando incansablemente por Estados Unidos y por Europa. Lo de las canciones le viene de entonces, de tener que entretenerse y matar el tiempo con algo entre ensayos. Luego editaría un primer disco (Moot Davis, 2003) y empezarían a aparecer canciones suyas en algunas películas como Crash y Las colinas tienen ojos. Y ya no habría vuelta atrás. La que tuvo un papel determinante en todo esto fue Rosie Flores, bendita sea, que estaba de gira por el noreste y coincidió con Davis en el programa de radio «Heartlands Hayride» de la WDVR. Lo oyó y lo convenció para mudarse a Nashville y aparcar su «viaje a ninguna parte». Al cabo de un par de semanas, Moot cruzaba el río Cumberland. Y allí, en «la ciudad de la música», fue donde de verdad se curtió en el oficio de «crooner con alma country», acumulando noches y más noches de heartaches y honky-tonk en el Lower Broadway de Nashville, antes de meter por fin cabeza en el legendario Tootsie's Orchid Lounge. En ese momento, Rosie volvería a ser decisiva. Gracias a ella lograría firmar su primer contrato discográfico. La historia es que se reencuentran en el Tootsie's, ella se lo lleva de telonero en su siguiente gira, Boots le muestra en algún momento unas mezclas preliminares del disco que está perpetrando, Rosie le envía las melodías a Pete Anderson, el famoso productor y guitarrista de Dwight Yoakam y, en menos de lo que canta un gallo, Davis está cogiendo un avión con rumbo a Hollywood para grabar sus dos primeros álbumes en Little Dog Records, el sello de Pete Anderson. Luego Boot Davis crearía su propia discográfica y comenzaría su colaboración con Kenny Vaughan, que le produjo el Man About Town en 2012 y este Goin’ In Hot que hoy destacamos, nuestro favorito, sin duda (en espera de escuchar los que, con un poco de suerte o de magia negra, nos llegarán hoy o mañana, con impuesto añadido de aduanas y de Correos por la molestia, ya son ganas, para lo cual aprovecho y me cago en la puta estampa de la Agencia Tributaria, porque ahí sí que nos están jodiendo pero bien jodidos a los que todavía cometemos la imprudencia de comprar directamente a los artistas, rara especie en extinción inducida –la de los artistas y la nuestra–). Y ya solo añadir que en este guiso que hoy os damos a probar hay de todo lo que nos gusta. Pedal steel para sus buenos valses country, dobro para subrayar la soledad y la pena, humor de «reír-por-no-llorar» a lo Haggard & Nelson (el disco siguió a una ruptura sentimental, y eso siempre da empaque) y, la guinda del pastel, la voz de Nikki Lane, antes de dispararse y llegar a ser la fantástica estrella que hoy es, en el tema «Hurtin' For Real», un dúo que evoca los exquisitos diálogos de Johnny y June. Y todo, además, sin impostura retro. Todo vivo y muy auténtico. Y de milagro, porque, por lo visto, el estudio donde se grabaron estas trece canciones se incendió cuando ya estaba todo en lata, mezclado y listo para salir a la fábrica, pero el disco duro del ordenador fue de lo poco que se salvó y gracias a esa chiripa aquí lo tenemos. Lo que me permite, para acabar de rematar la jugada, citar de nuevo (siempre que puedo, lo cuelo y me quedo tan ancho, para mí es como el «imperio austrohúngaro» de Berlanga), el título de uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, y dejarlo todo recogido y bien ventilado antes de salir de la reseña: «música para corazones incendiados». Pues justo eso.