WESTERN CENTURIES

Weight of the World

(Free Dirt Records, 2016)

En espera de las primeras referencias del año que recién inicia sus andadas, seguimos sacando oro de 2016 (un año que nos ha dado un montón de alegrías –qué imbécil me resulta forzarle un nombre a la cosa: country, música de raíces, americana…, que cada cual escoja el alfiler que quiera para clavar al bicho en su colección personal de insectos peculiares, para mí el género es «la música que me gusta», subgénero: «y a tomar por culo lo que digan los que saben»–, por mucho que eso les joda (lo de las alegrías del año pasado) a los agoreros que, cuando desayunan mal, predican «el acabose» mientras escuchan por enésima vez el último disco rayado que les gustó de, como mínimo, diciembre de 1976; aunque, todo sea dicho de paso, a juzgar por lo que caga la radio, nuestros esqueletos llevan ya muchos años blanqueándose a la intemperie en ese horripilante desierto apocalíptico preconizado por los cenizos en el que, por cierto, el último golpe de gracia («la tortura nunca para», como cantaba el bueno de Frank Zappa) ha sido la inclusión de Rhiannon Giddens, antigua Carolina Chocolate Drops –ya hace un par de años totalmente perdida para la causa–, en el terrorífico casting de la muy pulcra, aseada y catatónica serie Nashville…). En cualquier caso, química jubilosa. A veces pasa. Podríamos empezar como con el chiste: van un inglés, un francés y un español…, en este caso los que van son tres vocalistas a priori irreconciliables: Morrison, Miller y Lawton, o lo que es lo mismo, un músico country de Seattle, el cofundador de la banda neoyorquina Donna the Buffalo y un tipo muy punki salido del hip-hop que desde hace unos años le da fuerte al R&B y al bluegrass, tres vocalistas cuyo único vínculo, a priori, es una peregrina vinculación afectiva con la música «honky tonk». Y todo ello producido por Bill Reynolds (de Band of Horses) en su estudio de Nashville (Fletwood Shack), con pedal steele, bajo y mucho fiddle en seis de los doce cortes. Vale. En un primer momento, puede parecer una fórmula condenada al desastre, pero nada más lejos de la realidad. La cosa funciona como un motor recién engrasado y no puede sonar mejor. Canciones de corazones rotos y alcohol. Hasta aquí, de acuerdo, nada nuevo bajo el sol. La misma cantinela de siempre. Pero, ya digo, la cosa no puede sonar más novedosa, más fresca y más ilusionante. En efecto, es la «vieja religión», pero con «piel nueva para la vieja ceremonia», hay quien incluso ha recurrido a encontrar paralelismos con fenómenos como The Band o los Flying Burrito Brothers. No sé yo si tanto ni sin tan poco. Pero el espíritu y la felicidad que desprenden es exactamente la misma; «felicidad» en el sentido que le da Borges cuando afirma que leer a Chesterton es la felicidad, a esa suerte de felicidad me refiero, porque este es un disco así de feliz, un disco logrado a lo Peter Handke en su Ensayo del día logrado, y basta ya de referencias literarias, aunque vengan muy a cuento, porque es precisamente en las letras de esta gente, muy líricas y por momentos ligeramente psicodélicas, donde se fragua, en buena medida, parte de esa «felicidad lograda» a la que me refiero, no sé si me explico (aunque tampoco es que mi intención sea explicar nada). Y todo esto para decir simplemente que ojalá el chiste siga y tengamos Western Centuries para rato.

DRIVE-BY TRUCKERS

American Band

(ATO Records, 2016)

Reconozcamos que la cosa no pintaba demasiado bien. Tras la marcha de Jason Isbell en abril de 2007 (todo ese culebrón de Jack Daniels y desafectos que aunque en un primer momento se esforzasen en relatarlo como algo amable, como el cuento de una simpática renuncia amistosa, encerraba mucha peste; como se descubriría luego, al final lo cierto es que el bueno de Jason, casado por aquel entonces con la bajista del grupo, salió tarifando; Patterson Hood declararía más tarde: «Hay gente que se vuelve cariñosa y beatífica cuando bebe, Jason Isbell no es una de esas personas»), todo fue de mal en peor. Parece mentira, cómo pasa el tiempo. Cualquiera diría que fue ayer cuando pinchamos por primera vez el A Blessing and a Curse. Diez años ya de búsqueda y tambaleo. Recopilatarios innecesarios, discos de rarezas y descartes, directos, colaboraciones como banda de apoyo de otros artistas (Bettye LaVette y Booker T. Jones), más directos, más deserciones dolorosas maquilladas de amables retiradas (otra bajista del grupo huida por motivos no aclarados; y llegar a pensar, a lo Stephen Hawking, en la figura de «la bajista del grupo» como en una suerte de curvatura espacio-temporal, una singularidad en un horizonte de sucesos, origen de un colapso gravitatorio, la muerte de una gigante roja y la creación de una enana blanca, en definitiva: la bajista del grupo como agujero negro; y aparte de leer el libro de Kim Gordon, La chica del grupo, publicado por Contra, me viene también ahora a la cabeza el de Sean Yseult, bajista de White Zombie, I’m in the Band, aún sin traducir) y Patterson Hood intentando recuperar la calma con un par de discos en solitario (con el evidente subtexto de: «Por mí como si os vais todos a la mierda»). Así que todo apuntaba a que ya. A que jamás volveríamos a vibrar como vibramos en su día con Gangstabilly o The Dirty South. Pero, de repente (cuando ya somos todos muy de Jason Isbell, no solo por borrachuzo –es decir, por afinidad existencial–, sino por la brillantísima redención de su espectacular Something More Than Free de 2015), nos llegan noticias de este undécimo disco de estudio, el primero desde el Pizza Deliverance, es decir, desde 1999, que no cuenta con ilustración en la cubierta del colaborador habitual, el artista gótico-sureño Wes Freed (en el interior y en la galleta sí hay dibujos suyos, menos mal, por un momento pensamos en una nueva disensión, ¡cómo se las gasta esta buena gente de Alabama, coño!). En su lugar, una fotografía de una bandera estadounidense a media asta (señal de duelo y luto). Y un título que no puede ser más lacónico y directo: American Band. Recuerdo esperar su llegada con muy poca fe. Pero fue poner el primer corte y decir: «Dios, ¡qué bien, joder! ¡Han vuelto!». ¡Y cómo! Por ahí decían que era como el Nebraska de Springsteen, no refiriéndose al sonido, entiéndase, sino al compromiso y a su vocación de reinvención y renacimiento. Sin duda, se trata de su disco más potente y más político hasta la fecha. Por ahí dicen también, de un modo más acertado, que es al 2016 y a la era Trump lo que en su día fue el American Idiot de Green Day para la era Bush. Un disco necesario e imprescindible. Directo al cuello y sin florituras. Demoledor. Rock and Roll del bueno. Mucho Neil Young y mucha rabia contra la máquina. American Band, sí. Sin más. La mejor puta banda americana del siglo veintiuno. Y Feliz Año, coño. Feliz año.