David Lynch en un tren de camino al Festival de Cannes, Francia, mayo de 2000. Foto: Ludovic Carème/Agence VU/Redux.
En 1995, cuando David Lynch —que ya había dirigido la adaptación cinematográfica de mi novela Corazón salvaje y había adaptado mis dos obras de teatro, Tricks y Blackout, para una producción televisiva que se titularía Hotel Room— me pidió que colaborásemos en el guion de una nueva película, me resultó imposible decir que no.
Al fin y al cabo, Corazón salvaje había ganado la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1990 y había catapultado el libro a las listas de best-sellers de todo el mundo. Además, para entonces ya éramos buenos amigos. El problema era que yo estaba muy ocupado escribiendo una novela y tenía previsto marcharme a España en dos semanas. ¿Cómo íbamos a terminar un guion «ya mismo», como me pedía Dave? Aun así, insistió. (A Lynch le horrorizaba que le llamasen Dave, pero nunca se opuso a que yo lo hiciera. Creo que le gustaba mi puntito de irreverencia.) Al final, dejé a un lado el manuscrito de la novela y acepté trabajar a destajo durante dos semanas para ver qué salía. Si a mi vuelta de España nos parecía que la cosa funcionaba, si ambos nos sentíamos satisfechos con el resultado, solo entonces continuaríamos y trabajaríamos sin descanso hasta terminarlo.
David Lynch, Terciopelo azul 1986, 35 mm, color, sonido, 120 minutos. Fotograma de la producción. Dorothy Vallens (Isabella Rossellini), Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan).
Dave había adquirido los derechos de mi novela Gente Nocturna y llevábamos algo más de un año hablando de cómo se podría adaptar, pero no se nos ocurría nada. (Me contó que su hija, Jennifer, quería interpretar el papel de una de las dos asesinas en serie lesbianas.) Se enamoró especialmente de un par de frases del libro, una se la decía una mujer a la otra: «¡No somos más que un par de apaches cabalgando salvajes por la carretera perdida!». Quería saber qué significaba. ¿Cuál era el significado más profundo de la expresión «carretera perdida»? Tenía una idea para una historia. ¿Y si un día una persona se despertara y fuese otra persona? Una persona totalmente diferente de la que había sido el día anterior. Vale —dije—, eso es de Kafka, La metamorfosis. Pero no queríamos que esa persona se convirtiera en un insecto. Así que ese fue el punto de partida: un título, Carretera perdida; y una frase que se encuentra casi el principio de Gente nocturna («Pero tú y yo podemos ser más feos que esos cabrones, supongo» —que en la película se convirtió en: «Tú y yo, señor, podemos ser mucho más feos que esos cabrones, ¿verdad?»); la idea de un cambio irreversible; y una visión que Dave tuvo sobre alguien que recibía cintas de vídeo con grabaciones de su vida cotidiana procedentes de una fuente desconocida, algo que se le había ocurrido tras finalizar el rodaje de Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992). Ahora solo teníamos que convertir todo eso en una historia coherente.
David Lynch dirigiendo Corazón salvaje, 1990, Los Ángeles, 1990. A la derecha: Sailor (Nicolas Cage). En el coche: Lula (Laura Dern).
Unos años antes, cuando Dave, el productor Monty Montgomery, mi amigo Vinnie Deserio y yo estábamos charlando sobre otra historia, Dave, en un intento por explicarme cierto efecto que buscaba, dijo: «¿Sabes esa sensación que se tiene cuando acabas de recoger de la tintorería unos pantalones, unos pantalones de Dacron y, al meter la mano en un bolsillo, notas con los dedos esos «sándwiches velludos»? Pues esa es la sensación que busco». Yo solo asentí y respondí: «Vale, Dave, sé exactamente a qué te refieres».
Tuve presente aquel episodio mientras nos sentábamos uno frente al otro y desentrañábamos el guion de Carretera perdida, a la que me gusta considerar una mezcla del mito de Orfeo y Eurídice y Perdición. Conseguimos que funcionara —al menos para nosotros— y yo me quedé encantado con el resultado, incluyendo sus «sándwiches velludos» y todo. Dicho esto, es importante entender que Dave trabajaba igual que yo: dándolo todo, muchas horas, solo parando para tomar café; en el caso de Dave, muchísimo café. Trabajar con Dave fue, para mí, un inmenso placer, porque sabía que, como director, iba a añadir una dimensión extra a cualquier cosa que se nos ocurriera sobre el papel. Visualmente, daría un paso de gigante. Esto me daba la confianza necesaria para dar rienda suelta a todo lo que se me ocurriese, un gran privilegio para cualquier guionista.
David Lynch, Carretera perdida, 1997, 35 mm, color, sonido, 134 minutos. Renee (Patricia Arquette).
Dave creía, al igual que yo, que las películas son, o deberían ser, como sueños. Cuando entras en la sala de cine, el mundo «real» queda fuera. Ahora que estás bajo el hechizo de los cineastas, tienes que rendirte y dejar que las imágenes te inunden, sumergirte en ellas durante cerca de dos horas. Y Dave es implacable en su forma de utilizar las imágenes. Carretera perdida (1997), al igual que Terciopelo azul (1986) o Cabeza borradora (1977), está repleta de imágenes inolvidables. Y nos conduce a un lugar, una ciudad, un paisaje, que no está ni aquí ni allá, un espacio intemporal, presentado dentro de una estructura no lineal —una cinta de Möbius que se curva hacia atrás y hacia abajo, discurriendo en paralelo a sí misma antes de volver a conectarse, solo que con una especie de coda—, porque así son las fugas disociativas. Descúbrelo por ti mismo, luego te sentirás mejor; y si no lo descubres, te sentirás aún mejor, confía en nosotros. La confianza es la clave con cineastas como David Lynch, uno de los poquísimos verdaderos visionarios de la historia del cine. Una vez le pregunté a Dave, que era pintor, por qué decidió hacer películas, y me respondió —haciéndose eco de muchos otros, entre ellos Elia Kazan, quien dijo: «La cámara es un instrumento hermosísimo. Pinta con movimiento»—: «Porque quería ver cómo se movían mis cuadros».
Fax entre David Lynch y Barry Gifford, mayo de 2020.
Vinnie Deserio dijo una vez que la razón por la que Dave y yo trabajábamos tan bien juntos es que él toma lo ordinario y lo hace parecer extraordinario, y yo tomo lo extraordinario y lo hago parecer ordinario. Quizá sea así; en cualquier caso, suena bien. Pero no hay explicaciones fáciles para lo que ocurre en Carretera perdida o Cabeza borradora, ni debería haberlas. Cuando te embarcas en un viaje con David Lynch, es un viaje que nunca antes has hecho —y que quizá nunca quieras volver a hacer—, pero es siempre inolvidable. Es el momento de abrocharse los cinturones de seguridad, como decía Bette Davis de forma tan memorable (con palabras de Joseph Mankiewicz) en Eva al desnudo, porque no hay límite de velocidad en la carretera perdida.
La obra de ficción, no ficción y poesía de Barry Gifford se ha publicado en treinta idiomas. Vive en la zona de la bahía de San Francisco. Una versión anterior de este ensayo se publicó en francés en la revista Première, en 2002.
