David Lynch (1946–2025) Por Barry Gifford

David Lynch en un tren de camino al Festival de Cannes, Francia, mayo de 2000. Foto: Ludovic Carème/Agence VU/Redux.

En 1995, cuando David Lynch —que ya había dirigido la adaptación cinematográfica de mi novela Corazón salvaje y había adaptado mis dos obras de teatro, Tricks y Blackout, para una producción televisiva que se titularía Hotel Room— me pidió que colaborásemos en el guion de una nueva película, me resultó imposible decir que no.

Al fin y al cabo, Corazón salvaje había ganado la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1990 y había catapultado el libro a las listas de best-sellers de todo el mundo. Además, para entonces ya éramos buenos amigos. El problema era que yo estaba muy ocupado escribiendo una novela y tenía previsto marcharme a España en dos semanas. ¿Cómo íbamos a terminar un guion «ya mismo», como me pedía Dave? Aun así, insistió. (A Lynch le horrorizaba que le llamasen Dave, pero nunca se opuso a que yo lo hiciera. Creo que le gustaba mi puntito de irreverencia.) Al final, dejé a un lado el manuscrito de la novela y acepté trabajar a destajo durante dos semanas para ver qué salía. Si a mi vuelta de España nos parecía que la cosa funcionaba, si ambos nos sentíamos satisfechos con el resultado, solo entonces continuaríamos y trabajaríamos sin descanso hasta terminarlo.

David Lynch, Terciopelo azul 1986, 35 mm, color, sonido, 120 minutos. Fotograma de la producción. Dorothy Vallens (Isabella Rossellini), Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan).

Dave había adquirido los derechos de mi novela Gente Nocturna y llevábamos algo más de un año hablando de cómo se podría adaptar, pero no se nos ocurría nada. (Me contó que su hija, Jennifer, quería interpretar el papel de una de las dos asesinas en serie lesbianas.) Se enamoró especialmente de un par de frases del libro, una se la decía una mujer a la otra: «¡No somos más que un par de apaches cabalgando salvajes por la carretera perdida!». Quería saber qué significaba. ¿Cuál era el significado más profundo de la expresión «carretera perdida»? Tenía una idea para una historia. ¿Y si un día una persona se despertara y fuese otra persona? Una persona totalmente diferente de la que había sido el día anterior. Vale —dije—, eso es de Kafka, La metamorfosis. Pero no queríamos que esa persona se convirtiera en un insecto. Así que ese fue el punto de partida: un título, Carretera perdida; y una frase que se encuentra casi el principio de Gente nocturna («Pero tú y yo podemos ser más feos que esos cabrones, supongo» —que en la película se convirtió en: «Tú y yo, señor, podemos ser mucho más feos que esos cabrones, ¿verdad?»); la idea de un cambio irreversible; y una visión que Dave tuvo sobre alguien que recibía cintas de vídeo con grabaciones de su vida cotidiana procedentes de una fuente desconocida, algo que se le había ocurrido tras finalizar el rodaje de Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992). Ahora solo teníamos que convertir todo eso en una historia coherente.

David Lynch dirigiendo Corazón salvaje, 1990, Los Ángeles, 1990. A la derecha: Sailor (Nicolas Cage). En el coche: Lula (Laura Dern).

Unos años antes, cuando Dave, el productor Monty Montgomery, mi amigo Vinnie Deserio y yo estábamos charlando sobre otra historia, Dave, en un intento por explicarme cierto efecto que buscaba, dijo: «¿Sabes esa sensación que se tiene cuando acabas de recoger de la tintorería unos pantalones, unos pantalones de Dacron y, al meter la mano en un bolsillo, notas con los dedos esos «sándwiches velludos»? Pues esa es la sensación que busco». Yo solo asentí y respondí: «Vale, Dave, sé exactamente a qué te refieres».

Tuve presente aquel episodio mientras nos sentábamos uno frente al otro y desentrañábamos el guion de Carretera perdida, a la que me gusta considerar una mezcla del mito de Orfeo y Eurídice y Perdición. Conseguimos que funcionara —al menos para nosotros— y yo me quedé encantado con el resultado, incluyendo sus «sándwiches velludos» y todo. Dicho esto, es importante entender que Dave trabajaba igual que yo: dándolo todo, muchas horas, solo parando para tomar café; en el caso de Dave, muchísimo café. Trabajar con Dave fue, para mí, un inmenso placer, porque sabía que, como director, iba a añadir una dimensión extra a cualquier cosa que se nos ocurriera sobre el papel. Visualmente, daría un paso de gigante. Esto me daba la confianza necesaria para dar rienda suelta a todo lo que se me ocurriese, un gran privilegio para cualquier guionista.

David Lynch, Carretera perdida, 1997, 35 mm, color, sonido, 134 minutos. Renee (Patricia Arquette).

Dave creía, al igual que yo, que las películas son, o deberían ser, como sueños. Cuando entras en la sala de cine, el mundo «real» queda fuera. Ahora que estás bajo el hechizo de los cineastas, tienes que rendirte y dejar que las imágenes te inunden, sumergirte en ellas durante cerca de dos horas. Y Dave es implacable en su forma de utilizar las imágenes. Carretera perdida (1997), al igual que Terciopelo azul (1986) o Cabeza borradora (1977), está repleta de imágenes inolvidables. Y nos conduce a un lugar, una ciudad, un paisaje, que no está ni aquí ni allá, un espacio intemporal, presentado dentro de una estructura no lineal —una cinta de Möbius que se curva hacia atrás y hacia abajo, discurriendo en paralelo a sí misma antes de volver a conectarse, solo que con una especie de coda—, porque así son las fugas disociativas. Descúbrelo por ti mismo, luego te sentirás mejor; y si no lo descubres, te sentirás aún mejor, confía en nosotros. La confianza es la clave con cineastas como David Lynch, uno de los poquísimos verdaderos visionarios de la historia del cine. Una vez le pregunté a Dave, que era pintor, por qué decidió hacer películas, y me respondió —haciéndose eco de muchos otros, entre ellos Elia Kazan, quien dijo: «La cámara es un instrumento hermosísimo. Pinta con movimiento»—: «Porque quería ver cómo se movían mis cuadros».

Fax entre David Lynch y Barry Gifford, mayo de 2020.

Vinnie Deserio dijo una vez que la razón por la que Dave y yo trabajábamos tan bien juntos es que él toma lo ordinario y lo hace parecer extraordinario, y yo tomo lo extraordinario y lo hago parecer ordinario. Quizá sea así; en cualquier caso, suena bien. Pero no hay explicaciones fáciles para lo que ocurre en Carretera perdida o Cabeza borradora, ni debería haberlas. Cuando te embarcas en un viaje con David Lynch, es un viaje que nunca antes has hecho —y que quizá nunca quieras volver a hacer—, pero es siempre inolvidable. Es el momento de abrocharse los cinturones de seguridad, como decía Bette Davis de forma tan memorable (con palabras de Joseph Mankiewicz) en Eva al desnudo, porque no hay límite de velocidad en la carretera perdida.

La obra de ficción, no ficción y poesía de Barry Gifford se ha publicado en treinta idiomas. Vive en la zona de la bahía de San Francisco. Una versión anterior de este ensayo se publicó en francés en la revista Première, en 2002.

Estudios cinematográficos de AP: Barry Gifford habla sobre el legado de «Corazón salvaje»

Gifford afirma que quiere rodar otra película de «Sailor y Lula» con Cage y Lynch.

Por AP Kryza

En esencia, Corazón salvaje, de 1990, es una clásica historia de amor sobre dos jóvenes con un destino adverso, Lula y Sailor, interpretados por Laura Dern y un Nicolas Cage maravillosamente desquiciado. Lo que está jodido es todo lo que los envuelve.

Tal y como la escribió Barry Gifford y la adaptó para el cine David Lynch —después de Terciopelo azul en medio de Twin Peaks—, la historia de amor está poblada por todo tipo de personajes, desde el pervertido de dientes podridos que interpreta Willem Dafoe hasta la Mamá Oso psicótica encarnada por Diane Ladd y la demoníaca asesina a sueldo a la que da cuerpo y voz Isabella Rossellini. Además, se añade un toque de El mago de Oz y unas cuantas, no pocas, salpicaduras de vísceras.

Es la combinación perfecta entre director y autor. Aunque Gifford sea más conocido por sus colaboraciones con Lynch, también es poeta y novelista por derecho propio, con ocho novelas de Sailor y Lula hasta la fecha.

Gifford visita Portland este fin de semana para dos actos: una lectura el viernes de su último libro, Writers, junto a su amigo Willy Vlautin, y una proyección el sábado de Corazón salvaje en el Hollywood.

¿Por qué crees que, después de más de 25 años, la gente sigue volviendo a la historia de Sailor y Lula? ¿Es una historia atemporal?

Es una historia auténtica de amor verdadero, eso es lo que siempre busqué. La forma en que se hablan es realmente la clave. La forma en que se tratan, el respeto que se tienen el uno al otro. Una auténtica historia de amor que se prolonga a lo largo de toda la vida. Hay una franqueza entre ellos que a todo el mundo nos gustaría tener.

Lo que pasa es que el tiempo está comprimido. Todo esto tiene lugar ahora, en estas últimas dos décadas. Sailor y Lula envejecen y todo eso, pero siempre es la misma época. No sé cómo será en el año 2018 o en 2030.

Ciertamente es una historia de amor pura, pero está rodeada de una locura absoluta.

Hay un verso de un poema de William Carlos Williams: «Los productos puros de América se vuelven locos». Siempre lo he tenido en la cabeza. Mi sensación era que Sailor y Lula estaban ahí fuera, en el mundo. Cada uno con su historia, sus antecedentes, su pasado personal. Pero toda esa mierda se les viene encima. No pueden evitarla. Solo tienen que lidiar con ella.

Corazón salvaje fue una película que dividió bastante a la crítica. Y luego volvisteis a hacer otra obra juntos que también dividió a la crítica, y esta vez no estaba basada en uno de tus libros, Carretera perdida.

En un principio sí se basaba en un libro. David adquirió los derechos de mi novela Gente nocturna. Pasó aproximadamente un año intentando averiguar cómo hacer una película a partir de ese libro. Estaba obsesionado con él, pero no acababa de dar con la clave. Me dijo: «Bueno, a decir verdad, lo que realmente me gusta son dos frases: “Solo somos un par de apaches cabalgando salvajemente por la carretera perdida”, y luego la que suelta uno de los malos: “Usted y yo, señor, podemos ser mucho más feos que esos hijos de puta”.» Le encantaba el concepto de una carretera perdida. Le dije: «Bueno, ese era el título de una canción de Hank Williams», y él me respondió: «Sí, pero la forma en que lo utilizas y el contexto en que lo sitúas…, me gustaría hacer algo así».

Así que David vino a mi casa en San Francisco, y nos sentamos uno frente al otro y escribimos el guion. Le dije: «Somos un par de pensadores medianamente originales, ¿por qué no lo hacemos simplemente así? Incorporemos esas cosas y partamos de ahí».

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Trabajamos de una forma muy similar. Nos concentramos mucho. Normalmente, cuando se escribe a dos manos, hay uno que da vueltas por la habitación y va exponiendo las ideas, mientras el otro se sienta frente a la máquina de escribir o el ordenador, o con lápiz y papel. En nuestro caso, los dos somos más bien de los que dan vueltas por la habitación. Así que tuvimos que contratar a un tercero para que lo pasara a limpio según íbamos avanzando. No nos llevó mucho tiempo. Fuimos retocándolo sobre la marcha. Fue un proceso muy orgánico.

Ambas películas son polémicas, pero realmente calan en la gente.

«Sailor y Lula» pasó a formar parte del lenguaje cotidiano. Recuerdo que fui a un programa de televisión en Los Ángeles y un tipo dijo: «He llamado a mi perro Sailor». La propia hija de David, que tiene dos años y medio, se llama Lula. Acabo de hablar con el departamento de cine de la Universidad de Stanford —que conserva mi archivo literario— y tienen un curso sobre Lost Highway. Hay cursos en Roma y París y en universidades de todo el mundo dedicados exclusivamente a esa película. Es realmente increíble que esa película se tomara tan en serio, y que aún siga tomándose así.

Y Sailor y Lula son ahora iconos de culto. ¿Alguna vez te lo imaginaste?

Por supuesto que nunca me di cuenta. Era imposible saber lo que iba a pasar con ella. Estaba dando una rueda de prensa (en Ciudad de México) y una joven guapísima me dijo: «¿Te importa si me quito la camiseta?». Le respondí: «Como quieras, es tu país». Así que se acercó al frente y, aunque no se quitó la camiseta del todo, se la bajó, y en sus hombros y espalda, escrito en letras góticas, se leía: «El mundo tiene el corazón salvaje, pero en la superficie no puede ser más raro». Sin duda, hay historias y personas más importantes. ¿Qué tenía Shakespeare a su favor y cómo reaccionó la gente ante eso?

¿Lo vi venir? Para nada. A veces me horroriza lo que hace la gente. Hay reacciones de todo tipo. Los personajes resultaron ser universales, y por eso estoy agradecido.

Has escrito toda una serie sobre Sailor y Lula en forma de novela. ¿Te gustaría hacer alguna vez otra película sobre ellos?

Hace unos meses estaba desayunando con Nic Cage. Hacía tiempo que no nos veíamos, y se enteró del nuevo libro, que trata sobre el hijo de Sailor, Pace, desde los 58 años hasta el final de su vida. Me dijo: «Ahora tengo 50 años. Podría interpretar a Pace». Luego, David leyó el libro, me llamó y le ha encantado. Ahora está trabajando en el reboot de Twin Peaks, pero cuando termine, nos sentaremos a hablar de hacer La senda del jaguar, porque realmente es el broche de oro perfecto para toda la historia. ¡Quién sabe, compadre! Solo lo estamos hablando. Pero me encantaría que se hiciera.

EL LARGO CAMINO DE BARRY GIFFORD CON SAILOR & LULA

por Bob Christopher

publicado en The Chicagoist (26 de abril de 2010)

Traducción: Javier Lucini


Barry Gifford nació en 1946 en el hotel Seneca de Chicago, que aún sigue allí, a la sombra del edificio Hancock. Después de una infancia transcurrida en Chicago y Nueva Orleans, y tras un breve período en el que aspiró a ser estrella del béisbol, Gifford centró todas sus energías en la escritura. Y, desde entonces, no ha parado. Ha publicado más de cuarenta libros, una copiosa obra en la que ha tocado todos los palos: poesía, teatro, ensayo (incluso intentó hacer algo con el equipo de los Cubs), guiones cinematográficos, relatos, novela…

Su obra más reciente es Sailor & Lula: The Complete Novels, que recopila los siete libros* del ciclo gótico-negro-sureño que comenzó su andadura con Corazón Salvaje. Esa primera novela fue un éxito inesperado y llamó la atención de David Lynch. En su adaptación cinematográfica, Lynch eligió a Nicolas Cage y Laura Dern para encarnar a los protagonistas, Sailor y Lula. Dos jóvenes amantes que huyen de la ley y de la testaruda madre de Lula, Marietta.

* NOTA DEL TRADUCTOR: En realidad son ocho. Cinco años después de esta entrevista vería la luz The Up-Down, la novela que cierra la saga y que, tras varias apasionantes conversaciones con el autor, en Dirty Works decidimos traducir como La senda del jaguar.

Pero Gifford siempre supo que había más chicha en aquella historia. Aunque los conocemos en un principio como adolescentes de sangre ardiente, durante los siguientes seis (siete) libros, Gifford los ve crecer, domarse y adaptarse a la paternidad. La última (penúltima) entrega, La imaginación del corazón, encuentra a los personajes lidiando con la vejez y la inminente mortalidad, una historia enmarcada en Nueva Orleans, después del Katrina.

Gifford habló con nosotros sobre la evolución de Sailor y Lula, cómo fue trabajar con David Lynch, su parentesco con Flannery O'Connor y las bondades de los perritos calientes de Chicago y el cangrejo étouffée de Nueva Orleans.

Chicagoist: En primer lugar, ¿cómo ha sido ver todas tus novelas agrupadas en un solo libro?

Barry Gifford: Bueno, alguien lo calificó de hito cuando lo vio. Y yo dije: «Sí, o eso, o una lápida». La verdad es que así es como siempre lo quise, porque, en el fondo, se trata de una novela larga. De hecho, cuando vendí Corazón Salvaje a Grove Press, se dispusieron de inmediato a publicarlo. Pero, justo después, escribí Perdita Durango, y me di cuenta de que la cosa no iba a parar ahí. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de Las vacaciones de Sailor, que iba a ser la siguiente. Llamé a mi editor y le dije: «¿Sabes?, creo que deberíamos detener esto y esperar, porque habrá más». A ver, en ningún momento supe que iban a ser siete (ocho) novelas/novelas cortas en total. Pero el editor me dijo: «No, no puede ser, porque David Lynch acaba de hacer la película de Corazón salvaje». Y querían sacar el libro en rústica en cuanto se estrenara la película. Así que dije: «Bueno, está bien», y siguieron adelante, y salió primero Corazón salvaje. Pero siempre tuve en mente la idea de juntarlo todo. Esa es la forma en que siempre me lo imaginé, y al final se ha hecho. Estoy muy feliz.

Chicagoist: ¿Entonces sabías desde el principio que habría más de un libro?

David Lynch por Barry Gifford

BG: Cuando Perdita Durango nació, en la parte final de Corazón salvaje, me di cuenta de que era un personaje muy fuerte y que amenazaba con apoderarse del libro. Entonces, lo que hice fue restarle énfasis en mi mente. La permití entrar en Corazón salvaje, pero era tan fascinante que me di cuenta de que se merecía su propio libro. Y así surgió la segunda novela. Llegó bastante rápido, para lo que son estas cosas, la verdad. De hecho, cuando Lynch ya tenía escrito el primer borrador del guion, era clavado al libro. El final era igual, el final y todo lo demás. Recuerdo que se generó cierto debate sobre si ponerle un final feliz a la película. David me llamó y me dijo: «¿Cuéntame qué pasa luego? ¿Sailor y Lula vuelven a juntarse?». Yo le dije: «Por supuestísimo». En cualquier caso, siempre fui muy consciente de que iba a haber más, de que Sailor y Lula tenían futuro.

Chicagoist: Tuvo que haber sido un regalo increíble, darse cuenta de que había mucho más en lo que profundizar.

BG: Bueno, más de un crítico que conozco ha comentado que este tipo de personajes, si un escritor tiene suerte, solo aparecen una vez en la vida. Mientras siguiesen vivos y hablasen entre ellos, yo iba a estar ahí para acompañarlos. Por eso fue una agradable sorpresa que, después de quince años, surgiera La imaginación del corazón. Lula ha tenido la última palabra, que es como tenía que ser.

Chicagoist: Volviendo un poco a la película, aunque siguió tu libro muy de cerca, obviamente Lynch le dio su propio giro a la historia. Después de ver la película, ¿crees que eso influyó en la dirección que tomaron los libros posteriores?

BG: No. Solo se impregnó en un par de pasajes en los que se hace referencia directa a la película. Más adelante, creo que en Un mal día para el Hombre Leopardo, hacia el final, donde incluso se habla de hacer una película llamada Corazón salvaje, hay un pequeño juego con Lynch y todo eso. Pero los personajes estaban bien formados, estaban perfectamente establecidos, asumieron sus propias identidades.

Chicagoist: Vi la película antes de leer el libro. Y al verla pensé: «Oh, bueno, todas estas cosas raras, obviamente Lynch se lo ha llevado a su terreno». ¡Y luego leí el libro y ya estaba todo ahí!

BG: Por supuesto que agregó cosas. Añadió la escena de la chica del accidente, que interpreta Sherilyn Fenn. Y lo del tipo de silla de ruedas gritando cosas. Pero, básicamente, la cuestión es que David, como ha dicho él mismo muchas veces, solo se inspiró en los personajes, el escenario y la situación, así que, por supuesto, iba a darle luego su toque. Y estuvo muy bien. Pero no afectó a la escritura. Todo estaba predeterminado.

Chicagoist: Me alegro mucho de que dejes que Johnny Farragut viva hasta el final de los libros, en lugar de matarlo de una manera extraña, como haces con muchos de los demás personajes.

BG: Oh, sí. No, no. Quiero decir, las personas son asesinadas básicamente por azar, es bastante aleatorio en la mayoría de los casos. Por eso digo que es una novela larga. La cosa comienza con Beany y Lula, justo antes de que Sailor salga de prisión. Y termina también con las dos amigas, Beany y Lula.

Chicagoist: Hablando de la muerte, para mí es ahí donde juega un papel determinante el suspense. Uno se pregunta: «¿Este personaje vivirá o morirá?» y «¿Cómo va a morir?». ¿Por qué las muertes son tan aleatorias?

BG: Porque así es como yo veo la vida. Y te diré más, a medida que envejezco, más claro lo veo. La gente muere, o la matan, o sucede lo que sea. Y quería retratar esa aleatoriedad de la vida. Es muy agradable hacer planes para mañana, pero en realidad no sabes si ese mañana llegará. Supongo que si había un mensaje era precisamente ese: vive tu vida lo mejor que puedas mientras sigas vivo. Pero no es un mensaje que expresara de manera consciente. Es solo que así es como siempre he visto todo este galimatías de la vida y la muerte.

Chicagoist: Pero, al mismo tiempo, los personajes no mueren de un simple ataque al corazón. En la mayoría de los casos es a raíz de un incidente bastante bizarro.

BG: Bueno, hablando de estilo, si quieres, se podría decir que el libro está escrito como una especie de sátira violenta. Por lo que hay que entender el humor y darse cuenta de que se trata de algo satírico. Durante la generación de toda la saga, lidié con las dificultades y los problemas del mundo, tal y como se me iban presentando. Fundamentalismo, racismo, etc… Todo eso está en los libros. Y mi postura ante todo ello es, claramente, anti-violenta. Puede que sea muy bizarro, como tú dices, pero es que el mundo también lo es, me lo lleva pareciendo desde que tengo uso de razón. Si acaso, puede que se haya vuelto incluso más extraño aún. La realidad supera la ficción, es imposible igualar las cosas loquísimas que sucedieron y siguen sucediendo. La idea era que Sailor y Lula funcionasen como una especie de filtro. Son productos puros. El maravilloso poema «A Elsie», de William Carlos Williams, comienza diciendo: «Los productos puros de América/enloquecen/», y siempre he tenido ese verso en mente. Lo que quería que Sailor y Lula representasen era eso, la inocencia. Puede que fuesen ingenuos, pero, pese a todo, contra viento y marea, inocentes. Y luego estaba toda esa mierda que les llovía encima. Toda esa locura que les rodeaba. Y que no siempre podían evitar. Pero en el fondo estaba su historia de amor, que era insoslayable, eso y el hecho de que se mantuviesen fieles el uno al otro hasta el final de sus vidas. Es una novela picaresca. Se limitan a avanzar por el camino, como Don Quijote y Sancho Panza.

Chicagoist: Los detalles, como los nombres de los lugares y los personajes, o la música que suena, son casi obsesivamente detallados.

BG: Bueno, es mi banda sonora. No hago más que establecer el entorno. Pero Sailor y Lula se mantienen fieles a sí mismos. No cambian. Lula es la responsable. Ella es la que madura de un modo más obvio. Sailor suele actuar como un zopenco y desde el principio se ve arrastrado por las cosas y tiene que apechugar con ellas. Es Lula la que tiene un carácter fuerte y la que sobrevive después de todo. Por mi experiencia, puedo decir que las mujeres tienen un enfoque mucho más inteligente a la hora de afrontar los problemas y son mucho más fuertes que los hombres. Yo he aprendido más de las escritoras que de los escritores. También de los escritores gays. E. M. Forster, por ejemplo. Las personas de las que he tomado cierta clase de sabiduría, comprensión y paciencia, generalmente, han sido mujeres y homosexuales.

Chicagoist: ¿Qué escritoras has admirado? Para reducirlo a una sola persona, ¿Flannery O'Connor estaría en esa lista?

BG: Mira, te contaré algo curioso sobre Flannery O'Connor. Yo ya había escrito algunas de las novelas de la saga cuando un amigo mío de Chicago me dijo: «¿Sabes?, tienes mucho en común con Flannery O'Connor». Y luego salió una reseña de uno de los libros, en el Chicago Tribune, si no recuerdo mal, que empezaba con una chanza, diciendo algo así como que Barry Gifford podía ser el producto de una noche de farra entre Flannery O'Connor y Jim Thompson, su progenie, como quien dice. Me encantó el comentario. Pero la verdad es que nunca había leído a Flannery O'Connor. Era una laguna en mi historial de lectura. Paul Auster me regaló más adelante el libro ese que reúne las tres novelas de Flannery O'Connor, una de ellas inacabada. Fue entonces cuando la leí por primera vez. Así que, en realidad, acudí muy tarde a ella. Y amé su obra. Adoro profundamente su obra. La considero una especie de prima sureña.

Chicagoist: De ahí debe proceder esa especie de atmósfera sureña…

BG: Oh, ni lo dudes. Bueno, cuando comencé a escribir Corazón salvaje, supe conscientemente, por decirlo así, que estaba dando pábulo al mi vertiente sureña, no como en casos anteriores, en los que tiré de la vertiente septentrional, norteña. Porque tengo ambas. Pero hasta entonces nunca había tirado de mis raíces sureñas. Había escrito una novela, Puerto Trópico, que transcurría en un país centroamericano y terminaba en Nueva Orleans. Pero nunca había escrito realmente desde ese lado. Comenzó a brotar en Corazón salvaje.

Chicagoist: Una de las cosas que prevalecen en tus escritos sureños es la atmósfera religiosa, la religión está en todas partes.

BG: Oh, absolutamente. La gente vive obsesionada. De niño, recuerdo que era una presión constante. Los fundamentalistas, particularmente los baptistas del Sur. Y todas esas congregaciones. También las negras. Todo, todo me interesaba. Ya sabes, me preguntaba: «¿De qué va ese rollo?».

Chicagoist: Pero tú no fuiste criado en un ambiente religioso, ¿verdad?

BG: No, para nada. Mi padre era judío, no practicante, y mi madre católica. Aunque mi abuela, su madre, estuvo muy involucrada con la iglesia católica, mi madre no tanto. Fue a un internado católico y todo eso, pero, en realidad, a mí no me criaron yendo a misa todos los domingos. No. Nadie me habló nunca de religión. Ni por parte de madre, ni por parte de padre. Así que al final iba a depender solo de mí diferenciar lo aceptable de lo inaceptable. Cuando comencé a leer la Biblia, la disfruté como lo que en el fondo era, es decir, como ya he dejado por escrito en algún lugar, la mejor novela negra de todos los tiempos. Y lo sigo sosteniendo. Me refiero a la Biblia del rey Jacobo.

Chicagoist: ¿Cómo viviste lo sucedido con el huracán Katrina?

BG: Como todos los demás, una cosa horrible. Fue como un holocausto nuclear. He estado allí dos veces desde entonces, y volveré en mayo. Lo viví horrorizado, como todo el mundo. Algo parecido a lo del terremoto de San Francisco. Bueno, en San Francisco siempre lo llamaron «el Gran Incendio». Fue un terremoto, por supuesto, pero todo el mundo se refería a él como un incendio. Una de las razones fue que las personas que tenían propiedades no querían disuadir a las personas de ir allí, de establecerse allí y construir y reconstruir la ciudad. «Terremoto» es un término más aterrador, porque es algo que no se puede controlar. Un incendio, en cambio, puede ser erradicado. Se puede construir mejor, de manera diferente, usar distintos materiales, etc, etc… Ahora, con el Katrina, ha sido la inundación. Y la inundación se debió al fallo humano. Se produjo por las deficiencias de los diques. El caso es que cuando las barreras fallaron… Habrían sobrevivido al huracán. De hecho, sobrevivieron al huracán. Eso no fue lo que causó el desastre. Fueron los diques. No estaban bien construidos, tenían agujeros y otras fallas. Entonces, así lo veo yo, la Gran Inundación. Eso es lo que destruyó gran parte de Nueva Orleans. Y luego, por supuesto, estuvo todo lo que vino después con la ineptitud de Bush, la incapacidad de manejar la situación, de llevar comida y agua a la gente…, fue simplemente horrible. Y, por desgracia, buena parte de la Nueva Orleans que siempre he amado, se ha ido, definitivamente.

Chicagoist: Entonces, ¿crees que es irrecuperable?

BG: Ha cambiado. Mucha gente se ha ido. Todos los barrios, el Noveno Distrito, tanto el Inferior como el Superior, y también el Séptimo, ya no hay nada ahí. Quedaron arrasados, así que la gente tuvo que mudarse a Houston, Chicago, California o donde fuera, para rehacer sus vidas. Gran parte de eso, la gente y los lugares que hicieron que me enamorase de Nueva Orleans, buena parte de eso ha desaparecido. Ha sido arrancado de cuajo.

Chicagoist: Si tuvieras que resumir Nueva Orleans como un plato de comida, ¿cómo lo harías? O, por plantearlo de otra manera, ¿qué platos recuerdas de tu infancia?

BG: Platos. Es una pregunta interesante. De niño me encantaba comer ostras, marisco, sobre todo. ¡Pero, al cumplir los cuarenta, desarrollé alergia al marisco, así que ya no puedo ni olerlo! Es una de las putadas más grandes que podrían haberme pasado. Pero, sea como sea, mi plato favorito siempre fue el cangrejo de río étouffée. Ese siempre fue mi favorito.

Chicagoist: ¿Y en Chicago? ¿Cuáles eran los platos que más te gustaban de pequeño? ¿El proverbial perrito caliente?

BG: Ahí me lo pones difícil. Podría responderte mejor hablando de otras personas. Por ejemplo, no puedo imaginarme a mi viejo amigo Magic Frank haciendo otra cosa que no sea zamparse dos bocadillos italianos de ternera antes de entrar en el colegio todas las mañanas. Eso, y los perritos calientes con salchichas de Viena, solían asociarse con Chicago. Pero ahora Chicago ha cambiado un montón, ahora es un lugar para gourmets. Hay restaurantes excelentes. Claro que de niño, ¿qué va a comer uno? Pues hamburguesas con queso, perritos calientes y pizza, como cualquier niño en cualquier otro lugar.

Chicagoist: Has hablado mucho del lado Norte y el lado Sur de tus escritos. Esas parecen ser las dos caras de tu escritura.

BG: Alguien me dijo hace años: «Lo que estás haciendo en realidad es escribir historia. Estás escribiendo tu propia versión de la historia». Partiendo de eso, por ejemplo, el nuevo libro que saldrá en septiembre, Sad Stories of the Death of Kings, lo escribí para preservar el lenguaje y la historia de ese tiempo y ese lugar. Porque ya no existen. Se han desvanecido. Se han desvanecido, salvo en mi mente, y quiero preservarlo. Ese siempre ha sido un motivo muy consciente. Escribir sobre el Chicago de los años 50 y principios de los 60, ese es uno de mis lugares. Y, luego, el Sur Profundo. Pero he de decir que, en lo que se refiere al Sur, también escribo sobre el Sur contemporáneo. Y eso probablemente se deba a que elegí pasar allí gran parte de mi vida adulta. Residí en Nueva Orleans durante ocho años, en los 90, y seguí dejándome caer por allí de vez en cuando. Viví en la zona de los cayos de Florida en los años 70 y 80, así que mantuve la conexión. En cambio, de Chicago me fui a los diecisiete años. Ya no tenía gente allí. No tenía el mismo tipo de conexión. Mi conexión con Chicago se remonta básicamente a los años 50, finales de los 40, principios de los 60, ese es el Chicago que conozco y del que puedo escribir.