Sobre árboles enfermos, JD Vance y las especies invasoras de los Apalaches

LEAH HAMPTON, 13 de agosto de 2020

(Traducción: Tomás Cobos)

Estoy viviendo la pandemia con gran preocupación por los árboles. O, mejor dicho, por un árbol en concreto: la tsuga del Canadá que vive en nuestro jardín. La llamo Harriet; mide 15 metros de altura y está muy enferma. Todos los días hablo con ella. Le cuento las noticias del día, y a veces le leo algunos tuits. Le digo lo mucho que deseo que sobreviva a estos tiempos difíciles y lo bonita que está, incluso ahora que tiene las ramas desnudas y pálidas. Nadie —ni mis amigos hipsters de Asheville, ni la loca de las gallinas que vive al final de la calle, ni los chicos del barrio que se ríen de los «comeflores»— piensa que estoy zumbada por hablar con ella. Todos tenemos una Harriet; nadie tiene derecho a juzgar a nadie.

Harriet tiene una enfermedad que conocemos muy bien por aquí: el pulgón lanígero. Se trata de una plaga invasora que ha destruido sistemáticamente, en apenas unas décadas, millones de tsugas nativas en los bosques de los Apalaches. Los pulgones lanígeros son insectos, diminutos vampiros de savia que pueden desnudar a un árbol de 30 metros en menos tiempo del que tardaría cualquier biólogo o guardabosques en tratar la plaga. A ese ritmo, la extinción está casi garantizada. Cualquiera que recorra las carreteras rurales de estos montes puede ver las secuelas de este pulgón. Los llamamos árboles fantasma. Son como los ents de El Señor de los Anillos, troncos majestuosos y centenarios que en su día fueron frondosos y se elevaban por encima de otras especies; ahora se yerguen desnudos, sin vida, arrasados por la plaga. Las tsugas fantasma parecen postes telefónicos espeluznantes, retorcidos, que sobresalen de la cresta de las montañas, como bastones o cayados. Como una pérdida enorme.

Mi marido y yo llevamos más de una década viviendo cerca del Parque Nacional de las Grandes Montañas Humeantes, y Harriet siempre ha sido un ejemplo de buena salud, nuestro árbol favorito. En esta casa empecé mi primer libro, Cabronazo, con la intención de plasmar la vida rural del siglo XXI en toda su hilaridad, modernidad y desgarradora extrañeza. Convertimos el comedor en una oficina y fue allí donde lo escribí, mirando de vez en cuando a Harriet por la ventana. Las ramas de esta especie perenne se utilizaban antiguamente como escobas de cerdas suaves; las ramas son pesadas y las agujas, sedosas y finas. En su apogeo, Harriet tenía unas frondas tan densas que impedía que la nieve y el sol alcanzaran nuestro tejado. Me gustaba presumir de ella. Solía decirle a la gente que nuestro árbol nunca enfermaría, que un tipo de la Oficina de Asistencia Agrícola me había dicho que era el mejor ejemplar del condado. Escribí un libro entero a su sombra.

En esta región tenemos osos, álamos, rododendros, serpientes, zarigüeyas y búhos. Escribo sobre ellos en Cabronazo. Todo es precioso. «¡Esto sí que es vida!», solemos decir. Nos visitan ciervos y pavos silvestres, y hay marmotas que husmean en nuestro descuidado jardín. En las noches de verano, la casa está rodeada por la magia del cortejo de las luciérnagas. En invierno, nos observan los pájaros carpinteros, con esos ojos negros y perturbados. Los pájaros carpinteros me asustan. Son una especie clave de este ecosistema y nos fulminan con la mirada, como si nos estuvieran diciendo que no somos de aquí.
 Y seguramente tienen razón. A pesar de la belleza y la diversidad y abundancia de vida que alberga la región de los Apalaches, también abundan, por culpa nuestra, los invasores, que están provocando la destrucción de mi árbol y de muchas otras cosas. Aquí proliferan las crisis ecológicas, de las que también hablo en el libro. Los primeros colonos comenzaron todo el proceso, al introducir cultivos y ganado foráneos en las estribaciones. Luego llegaron las industrias del carbón y la madera, la desenfrenada destrucción del hábitat, la expulsión de los cherokees, el capitalismo, el racismo, el fascismo y el turismo. Doscientos años de infección supurante y robo desaforado. Los Apalaches, en su día el ecosistema más antiguo y con mayor biodiversidad de Norteamérica, están ahora en la UVI, aquejados de una insidiosa macroenfermedad demasiado compleja y abrumadora para comprenderla en toda su magnitud. Los efectos son irreversibles y debilitantes: un virus que afecta a todo el cuerpo y se manifiesta en un millón de Harriets, millones y millones de pequeños infiernos inexplicables.

Alguna gente aficionada a difundir tópicos dañinos sobre los Apalaches dice que el problema no es ecológico, sino moral, y que las fuerzas del mercado, o el «progreso», lo arreglará todo. Ya se ha hablado mucho de JD Vance, por ejemplo, autor del libro superventas Hillbilly, una elegía rural [y ahora vicepresidente de Estados Unidos]. La historiadora Elizabeth Catte hace un trabajo mucho mejor que yo a la hora de desmontar las patrañas de Vance, así que me limitaré a decir lo siguiente: tipos como Vance, o cualquiera que te diga que los espacios rurales están ocupados por gente pobre y estúpida que se merece el paisaje amenazado en el que vive, son la peor epidemia posible. El relato de Vance sobre los Apalaches es basura supremacista blanca, pero por alguna razón, mucha gente, progresistas incluidos, se lo traga. Ganó mucho dinero con Elegía y ahora es el niño bonito de los grupos de opinión conservadores. Cuando llega una plaga invasora, su objetivo es alimentarse, lucrarse y alterar el equilibrio. Tales criaturas ignoran nuestra diversidad, tanto cultural como biológica, al considerarla un obstáculo a la hora de atiborrar sus cuerpos fofos.

La extinción no es un proceso sencillo ni predecible. Los Apalaches son de una complejidad extraordinaria, y su destrucción ha sido un proceso turbio y laberíntico. La amenaza ecológica tampoco se limita a pequeños insectos como los pulgones lanígeros. Proveniente de todo lo que no es autóctono, todo lo que no opera en armonía con este lugar, de los holocaustos exponenciales derivados de que todos nosotros, tú y yo, jodamos el paraíso.

Podemos empezar por el kudzu [planta de origen asiático muy extendida en América del Norte], y seguir con el peral de Callery, la madreselva japonesa, el coyote. Especies que trajimos aquí por conveniencia o egoísmo, intrusos que toman sin pedir permiso. Las mariquitas, la enfermedad de los mil cancros, el barrenador del fresno, las hormigas coloradas. Y también: la manipulación de los distritos electorales, la evasión fiscal de las empresas, la explotación laboral, la supresión del voto. Los floridanos, JD Vance, las escuelas infrafinanciadas y, no es broma, las garrapatas que se autoclonan. Todo gira en torno a quién se queda y quién se va, qué sobrevive en un espacio violado. No hay soluciones fáciles para la ruina medioambiental. Nosotros mismos nos lo hemos buscado, y no hay vacuna.

Vivir en la cordillera Azul es vivir en constante diálogo con la tierra y comprender los dilemas de invasión y expulsión. Extraemos, cultivamos, amamos, abusamos, y la tierra siempre responde. Además del problema de los árboles, los desastres ecológicos también afectan al cuerpo humano. Como describo en mi libro, la gente de los Apalaches sufre concentraciones de cáncer en las poblaciones mineras y cerca de las plantas químicas, la crisis de los opioides, el negocio de las prisiones privadas, la agonía de hospitales y granjas. Todo el mundo, incluso las karens [mujer blanca de clase acomodada y mediana edad que se comporta de manera exigente, grosera y, en ocasiones, discriminatoria] trumpistas en sus apartamentos del centro, se ve arrastrado a un diálogo oscuro, a esta enfermiza obsesión con el ajuste de cuentas. La vida en los Apalaches se basa en la simbiosis; por ello, nos hemos acostumbrado a la muerte que acompaña a estas condiciones.

Actuamos sobre la tierra y la tierra actúa sobre nosotros.

«¡Esto sí que es vida!»

Mi querida Harriet. «Hace dos años, esta rama era tan gruesa que tapaba el sol».

A principios de 2020, detecté unos inconfundibles saquitos blancos y esponjosos escondidos bajo las ramas de Harriet. Lo tomé como un fracaso personal. Como no había prestado atención, los pulgones lanígeros la encontraron mientras yo andaba distraída con ocupaciones egoístas. Estaba atareada terminando el libro, viajando a residencias de escritores y a conferencias, presumiendo de mis credenciales como chica de las montañas. Pensaba que era una auténtica defensora de esta región. Y sin embargo, el otoño pasado, los pulgones depositaron sus huevos en la base de casi todas las agujas y, para cuando comenzó el confinamiento por la COVID-19, los insectos habían empezado a eclosionar y a devorarla. Probablemente llevaban allí un tiempo, devorándola durante un año o más, pero yo no había sabido identificar las señales. Está en un claro, lejos del peligro, pensé. Es mayor y resistente.

Quizás no debería culparme ni creerme especial. Las especies invasoras se extienden por todo el mundo, son una auténtica multitud. Los sapos gigantes de Australia, por ejemplo. O los estorninos, los conejos y las carpas asiáticas. Por todos lados es igual: pérdida de hábitats, que después se traduce en enfermedades, a veces incluso en pandemias. La que hemos liado. Un antiguo amigo, al que hace tiempo que no veo, es científico especializado en especies invasoras en Hawái, y a menudo pienso en buscarlo y pedirle que me lleve a la Reserva William S. Merwin. En la década de 1970, Merwin y su esposa compraron ocho hectáreas de tierra en desuso en Maui y comenzaron con un bosque de palmeras. Buscó especímenes endémicos sin descanso y trabajó hasta su muerte, en 2019, para rescatar miles de plantas tropicales del abismo de la extinción. Tales esfuerzos no solucionarán el problema de las plagas invasoras de Hawái, ni protegerán sus costas de los multimillonarios que las compran. Entonces, ¿qué sentido tenía, William? La mayoría hemos leído «Place», el famoso poema de Merwin, donde dice: «En el último día del mundo, me gustaría plantar un árbol». Últimamente pienso mucho en ese poema y me gustaría poder preguntarle a él, o a mi amigo científico, qué hacer con Harriet.

Las infestaciones avanzadas de pulgones lanígeros son difíciles de revertir. Con el tiempo, los insectos bloquean el sistema vascular del árbol, hasta que ya no puede respirar ni transportar nutrientes a las agujas que le quedan. Los mejores tratamientos son preventivos y requieren que el árbol absorba el remedio a través de su xilema, desde la raíz hasta la copa. Harriet ya no podía hacerlo. Si no me ponía manos a la obra, pronto se convertiría en un fantasma.

En abril, desesperada, tomé la decisión de rociar a Harriet con un pesticida de alta potencia. No diré el nombre del producto químico, porque los ecologistas expertos lo reconocerán y (con razón) me pondrán a caldo. Baste decir que se trata de un pesticida ilegal en varios estados y perjudicial para los animales, especialmente si llega a las aguas subterráneas. Por lo menos, en esta ocasión lo hice yo solita. No contraté a nadie, no subcontraté la contaminación de mi propia tierra. Tuve que ponerme ropa protectora y una máscara cuando cubrí el cuerpo del árbol con el pesticida. Me duché dos veces después, pero es posible que los productos químicos se hayan filtrado en mi piel y que, dentro de unos años, me hagan enfermar.



Veneno. Le di veneno.

Bebe, Harriet, por favor. Es una medicina amarga, pero es lo único que puede salvarte.


Y me pregunto: ¿en qué me convierte esto? ¿Ahora soy yo la invasora, la plaga, la escritora canalla que argumenta en términos de un cálculo coste-beneficio, que justifica los medios por el fin?


En julio mi libro ya se había publicado y empecé a ofrecer entrevistas y lecturas virtuales en las que hablaba de mí misma, de la política y la historia de la región, de la ecocrítica, de los grandes temas pomposos de nuestro tiempo. Como si supiera algo sobre cualquiera de esos asuntos, como si yo no formara parte del problema, tal y como sugieren los pájaros carpinteros. Con todo, parece que a la gente le gusta Cabronazo, parece que les gusta su humor fatalista y las descripciones de la naturaleza. Y, lo que es más importante, Harriet muestra señales de recuperación. Los saquitos de huevos blancos han desaparecido y las ramas están salpicadas de agujas tiernas de color verde claro. Es un árbol grande, por lo que harán falta al menos dos años para saber si el pesticida ha funcionado o si ha dañado a otras especies cercanas, yo entre ellas. Soy optimista. Hablamos todos los días y le digo a Harriet que aguante, que viva, que sea la única tsuga que lo consiga.


Le digo estas cosas aunque no puedo predecir ningún efecto a largo plazo. ¿Qué tipo de vida tendrá Harriet, si es que sobrevive? Me preocupa que le queden cicatrices, que los pájaros se nieguen a anidar en sus ramas contaminadas. Porque la verdad es que no sé qué le he dado —a ella, y a mí misma, de paso—. Pero, en fin, tengo la esperanza de que, en medio de tanta pérdida, tanto duelo colectivo, tenga como resultado una pequeña luz, una pequeña cura.