por BRENDAN WOLFE (2001)
Todos estamos familiarizados con ese arquetipo del autor en el que a un gran escritor se le exprime como a un limón —normalmente en el cine— hasta convertirlo en un cliché amargo pero fácil de digerir: el tipo solitario al estilo de J. D. Salinger, que aparece tanto en Campo de sueños como en la más reciente Descubriendo a Forrester; el Faulkner decadente y un poco achispado (Barton Fink); los juerguistas ansiosos y entregados a la lujuria (Henry & June); y el bardo romántico empedernido (Shakespeare in Love). Pensamos en ellos como abreviaturas cinematográficas de una época muy dada a las frases cortas e impactantes. Ya sea por ego, excentricidad o preocupación por los beneficios económicos, ellos (o, en algunos casos, sus editores) cultivan alegremente esas imágenes espurias, en consonancia con la creencia moderna de que las obras extraordinarias solo pueden brotar de plumas extraordinarias.
Ahora es cuando entra en escena Carolyn Chute, de 53 años, posiblemente la figura literaria más conocida, denostada y enigmática de Maine.
«Chute, con «ch» de chickadee [Poecile, género de aves paseriformes, nombre común: carbonero]», dice riendo, balanceándose lentamente en su mecedora favorita del salón, con su AK-47 preferido al alcance de la mano, a su izquierda. Es una figura desaliñada y pintoresca, con sus rizos de un rubio ceniciento recogidos en un pañuelo rojo, las piernas protegidas por unas mallas térmicas de algodón azul y las manos manchadas de resina de pino. «Y Carolyn con “Y”», continúa con su acento arrastrado, abrupto y pausado, «como en yahoo o yeoman, yokel o yoke [yuju, hacendado, patán, yugo]». A su izquierda también se encuentra Michael, su marido desde hace 23 años, un sepulturero analfabeto que deambula por la casa de North Parsonsfield tan silencioso como un gato, con el rostro cubierto por una barba de chivo entrecana y los ojos ocultos bajo un sombrero negro de ala ancha. Si se les diese la oportunidad, cualquiera de los dos preferiría hablar de política —en su vertiente más frágil y paranoica— y la señora Chute parece sentirse más a sus anchas cuando diserta sobre lo que ella ha venido a denominar «el Gran Padre, el Faraón, el gran TUMOR absorbente e insaciable del entramado corporativo».
«No confío en nadie», afirma, y, teniendo en cuenta que se autoproclama «secretaria de la Ofensiva de la 2.ª Milicia de Maine y luchadora contra las GIGANTESCAS EMPRESAS COMUNISTAS que operan desde hace DOS siglos», uno se ve muy tentado a creerla.
En lo que sí parece confiar, sin embargo, es en su propio instinto para forjarse —a través de clásicos de la clase trabajadora como Los Bean de Egypt, Maine; Letourneau’s Used Auto Parts; y Merry Men— su propio arquetipo de autora: la defensora de los desamparados que maneja la palabra y empuña el fusil cuando es necesario. El hecho de que no se toma a sí misma demasiado en serio queda implícito en el cartel pintado a mano que cuelga sobre su cabeza: «Este es un orgulloso hogar libre de armas». (En total, se ven 14 armas de fuego, muchas de ellas de fabricación rusa). Que el resto de nosotros tampoco debamos tomarla en serio parece una conclusión obvia, sobre todo ahora que ha anunciado su candidatura para ser la próxima gobernadora de Maine.
«Creo que [la política] es una broma, y por eso deberíamos tomárnosla a cachondeo», afirma, explicando su decisión de animar a sus amigos a que escriban su nombre en la papeleta en las próximas elecciones.
Pero burlarse de Carolyn Chute, de su política y su prosa, y de la forma en que se envuelve con tanta rebeldía en el mito desaliñado de la clase obrera de Maine… bueno, eso podría resultar demasiado fácil.
DESVARÍOS, DELIRIOS Y REFLEXIONES
Llego a su casa sintiéndome un poco cohibido por mi pequeño Honda de bajo consumo (¡bip, bip!), tras haber leído bastante sobre su aversión hacia los yuppies y sus «cochecillos presuntuosos». El mapa dibujado a mano para llegar a su cabaña, con trazos de varios colores y en ambas caras de un folio, es como de otro mundo, está lleno de «lugares ancestrales» y tiene marcado un «cementerio con unos 40 cadáveres» (se trata del mismo cementerio en el que trabaja Michael y que, a primera vista, parece tener al menos un centenar de lápidas, lo que hace que uno se plantee ciertas cosas). De hecho, de no haber sido por el mapa, jamás habría adivinado que aquel pequeño trozo de tierra junto al asfalto era el inicio de su camino —no tanto un camino como una hendidura en el bosque, donde su cabaña queda oculta a la vista—. Un tendedero con varias notas escritas con rotulador negro cuelga al otro lado del camino, animando a amigos y conocidos, incluso a Bruce Springsteen, a largarse de su propiedad. Está trabajando. Sin embargo, hay un sobre de tamaño comercial colgando con mi nombre escrito en él. Dentro encuentro un cupón virtual de preaprobación de Toyota por 27.600 dólares para la compra de un coche nuevo o de segunda mano. En el reverso puede leerse: «Adelante», junto a una carita sonriente.
Preocupada por que la entrevista pudiera no salir bien, Chute me había enviado por correo un buen número de «autoentrevistas», páginas y páginas de material —desvaríos, delirios y reflexiones— para que me familiarizase con su política y su visión del mundo. El tema dominante era la difícil situación de los pobres; cuestiones candentes como el aborto y la homofobia son, según ella, simples distracciones de la corriente dominante para desviar la atención del tema más espinoso: la división de clases. «La mayoría de los habitantes de Maine somos gente arruinada y explotada», escribe Chute, «hemos sido despojados de nuestra cultura y nuestras habilidades para la supervivencia, de nuestra tierra. Nos consumen la angustia, el estrés y la vergüenza». Por cada furioso estallido de denuncia en letras mayúsculas, perpetra un pasaje como ese, a la vez suavemente elocuente y provocador.
Y este es el tipo de pregunta que suscita: ¿Estarían de acuerdo con ella la mayoría de los habitantes de Maine? Sospecho que no, pero ahí radica lo desconcertante del activismo de Chute: habla en nombre de un grupo que, de otro modo, no tendría voz. Y cuando habla, al menos ante quienes no pertenecen a ese grupo, sus comentarios pueden resultar escandalosos y seductores al mismo tiempo.
«¿Lees mucha ficción?», quiero saber.
«No», responde con naturalidad. «Aunque siempre estoy leyendo algo. Ahora mismo estoy con Gentile Revolution Technofascist Manifesto, de Thomas Naylor, el economista… Es muy deprimente, pero al mismo tiempo, si una ya ha reparado en esas cosas por si misma, al final te hace sentir bien, porque ves que no estás sola».
«Es un poco como leer tus libros».
«Sí. Es como el tasajo o la cecina, ya sabes. O te encanta o lo detestas».
Y es cierto. Los críticos adoraron su debut, Los Bean de Egypt, Maine, en 1985, aunque que las reacciones a sus obras posteriores fueron decididamente dispares. El New York Times calificó su tercera novela, Merry Men, de «mala», aunque también la nombró como uno de los libros más destacados del año 1994. El periódico describió su última obra, Snow Man, como «absurda y bastante fea». El Houston Chronicle la consideró «claramente infantil», mientras que un crítico de Cleveland la tildó de «uno de los peores libros que he leído en mi vida». Mientras tanto, aquí en Maine, yo mismo me he encontrado tanto con un gran entusiasmo por su obra como con la sensación —especialmente entre quienes prefieren la langosta a la cecina— de que Carolyn Chute no es un tema del que se hable en la buena sociedad.
Chute lo achaca al tipo de personas sobre las que escribe. «La única vez que ellos [la élite literaria] escriben sobre la clase trabajadora, es para decir cosas como: “Mi padre solía pegarme y, al final, me escapé, conseguí una buena educación y me convertí en un yuppie”. Solo para eso… Siempre se trata de acabar convirtiéndose en un “consumidor”. “¡Ahora somos tan afortunados!”».
Se ríe entre dientes.
Quizá lo que más ha llamado la atención es el hecho de que no condena a sus personajes —un grupo heterogéneo que holgazanea y se reproduce en los bajos fondos bucólicos de Maine— ni siquiera los mantiene a una distancia irónica. Ella los ensalza. Ya se trate de los Bean («¡Si corre, un Bean le pegará un tiro! ¡Si cae, un Bean se lo comerá!») o Robert Drummond, de Snow Man, un miembro de la milicia de Maine que ejecuta a un senador de EE. UU. antes de acostarse con la esposa y la hija de otro senador, la escritura de Chute exige —aunque no siempre lo consiga— la simpatía del lector.
«[Mis libros] han enfadado mucho a la clase profesional de Nueva York, porque en algunas reseñas decían cosas como: “Parece que está orgullosa de pertenecer a la clase trabajadora. No quiere ser como nosotros. ¿Qué le pasa?”», afirma Chute. «De hecho, hubo una reseñista de Los Bean en el New York Times que, en cierto modo, captó algo de eso. Era perspicaz… Me pareció que realmente había dado en el clavo dada la forma que tenía de insistir en que: “Chute está loca”».
Vuelve a soltar una risita.
«Bueno, quiero decir que realmente había dado en el clavo porque era muy diferente de su forma de pensar».
«¡PUES YO SOY LA AUTORA!»
Lo que Carolyn Chute ha sabido transmitir perfectamente es la idea de que sus novelas son un puente —un puente destartalado y que no siempre inspira confianza— entre la clase media de Maine y ese otro Maine, el Maine en el que ella creció. Un Maine empobrecido.
Se neutraliza la pobreza «centrándose en las características de las personas pobres en lugar de en la economía, la política y la sociedad en un sentido más amplio», argumenta la historiadora Alice O’Connor en un artículo reciente del New York Times. Y esto es precisamente lo que tiene a Chute tan alterada el día que hablamos. Se queja de que los lectores, y especialmente los críticos, se han apresurado a encontrar el tema del incesto en Los Bean de Egypt, Maine. «Hubo un incidente, claro», sostiene. Pero nada más. Recuerda que una trabajadora social se le acercó en una lectura y le dijo que su negación de ese hecho central en su novela probablemente se debía al abuso que sufrió de niña. «Es que incluso hubo un becario Rhodes», añade Chute, con voz apresurada y emocionada, «que me dijo lo que significaba el libro, yo le dije que no era así, y él respondió: “Bueno, soy un becario Rhodes”. Y yo le dije: “¡Pues yo soy la autora!” Y ni siquiera pronunció bien mi nombre.»
Le preocupaba tanto esa interpretación errónea que tomó la inusual medida de redactar una posdata para una reimpresión de Los Bean en 1995. En ella escribe: «A menudo me pregunto si se habría molestado alguien en leer Los Bean de no haber sido interpretado erróneamente por tantísimos críticos como un libro sobre el incesto, ¿No es ya lo bastante interesante la vida de la gente corriente, estresada hasta más allá de lo soportable por el desmoronamiento del gran sueño americano?»
Puede parecer extraño que una mujer que blande con tanta rapidez y alegría un rifle de asalto de fabricación rusa se pregunte por el escepticismo de la clase dirigente hacia ella. Pero lo incontestable es que Chute ha llegado a sus creencias y personajes de forma honesta. «He vivido en la pobreza», comentó una vez. «No la elegí. Nadie elegiría la humillación, el dolor y la rabia.»
En cambio, eligió a los Bean.
«Cuando terminé el libro, acababa de perder a mi hijo», recuerda. «No me dejaron entrar en el hospital porque no tenía seguro médico y nos trataron como basura. Llevaba un mes de retraso. Tenía 40 de fiebre y el bebé estaba desnutrido porque el cordón umbilical se le había atrofiado. Y la policía tuvo que enzarzarse en una pelea con ellos para que me dejaran entrar.»
Chute, madre a los 16 años y abuela a los 37, al final fue ingresada. «Pero luego, cuando nos disponíamos a salir del hospital, una señora nos dijo: “¿Cómo vais a pagar esto?”. Así que matan a nuestro hijo y se supone que tenemos que pagarlo. Y esa señora acabó diciendo: “¡Bueno, espero al menos que no vuelvan a hacerlo!”».
LA NOVELA DEFINITIVA SOBRE LA «BASURA BLANCA»
Este es exactamente el tipo de juicio contra el que Los Bean y sus otras novelas se rebelan con furia. Sin embargo, es una rebelión que parece haber fracasado. En lugar de inspirar conciencia de clase, ha inspirado la ironía de la Generación X, como en el caso de las estrellas de rock Kurt Cobain y Courtney Love, que bautizaron a su hija como Frances Bean porque, en la prosa estilo «Bill y Ted» de la revista Spin, «Los Bean de Egypt, Maine es la novela definitiva sobre la chusma blanca».
La respuesta de Chute a todo esto ha sido retirarse del complicado mundo de la creación novelística para refugiarse en el blanco y negro de su ideología política. Bueno, quizá no sea tan el blanco y negro. Eso es política racial, un tema que no le interesa especialmente (Chute sostiene, de forma plausible, que todos somos xenófobos —es la naturaleza humana— y ahí lo deja). Llámala más bien política de «arriba y abajo», como dice el asesino Robert Drummond en Snow Man: «O estás arriba o estás abajo. Eso es todo. ¿Vale?». Es una política que no resulta ideal para ganarse a los recelosos o incluso a los que se muestran comprensivos. Snow Man es también una de las peores novelas que yo he leído. Pero si a la nueva candidata a gobernadora de Maine le importa, no lo deja entrever.
«Snow Man es como la gente», insiste. «La gente que conozco está volviéndose loca. Puede que al final no maten a nadie, pero puede que acaben suicidándose. Están sufriendo muchísimo. Y hay quien dice que eso es política. Bueno, pues qué le vamos a hacer. Así son las cosas. Así somos ahora».
Luego suelta una risita.
Maine Times, junio de 2001
