PINCKNEY BENEDICT

Lewisburg (West Virginia), 1964

PINCKNEY BENEDICT creció y jugó solo hasta los doce años en la granja lechera de su familia, en Virginia Occidental. No había vecinos, así que tuvo que crearse su propio mundo. Lecturas constantes y mucha rabia. Historias de fantasmas, mitos clásicos y números antiguos de la revista Mad. Como decía siempre su padre: «El griego te da algo en lo que pensar mientras ordeñas a las vacas». El mundo clásico, al igual que el Antiguo Testamento, está repleto de gloriosas matanzas y obscenidades en Technicolor, relatadas con un lenguaje maravilloso y preciso, un lenguaje manejado como un arma. Setecientos acres de granja dan de sobra para salir a pasear y fantasear con que toda la población del planeta ha desaparecido y solo habéis sobrevivido tú, los bichos y alguna que otra vaca con la cola llena de mierda que se te queda mirando como si fueras un alienígena. Sin embargo, aquello nunca fue lo suyo: carecía de paciencia para el ganado y tendía a destrozar la maquinaria. Sus padres lo tuvieron claro. No hay nada peor que un chico inteligente, enojado y aburrido en una granja. Así que lo ingresaron en The Hill, un colegio interno de Pennsylvania bastante «dickensiano», en palabras de Oliver Stone, uno de sus más célebres alumnos. Profesores borrachos, comida horrible, edificios en ruinas, deportistas gamberros, cero chicas y consumo desenfrenado de drogas. Dicen que hay homicidas incapaces de aguantar cinco años en esa «colina». De allí pasó a la Universidad de Princeton, en cuyo programa de escritura tuvo a Joyce Carol Oates de tutora. Gracias a ella publicó su primer relato («La fresquera Sutton», ganador del premio Nelson Algren) y su primera colección, Verraco, con veintidós años. Actualmente es profesor titular del Departamento de Inglés de la Universidad del Sur de Illinois. Está casado con una mujer más guapa y lista que él, y tiene unos hijos encantadores a los que ya no se plantea asfixiar porque son demasiado grandes, fuertes y rápidos como para hacerlo sin salpicar. Sigue escribiendo sus pesadillas y confiesa sentir una terrible nostalgia por la desaparición del Plymouth Road Runner del 68. Su entorno ya no es tan gótico como en su infancia, pero el patrón de su vida sigue siendo el mismo: inventar historias para no perder la cordura.


Verraco - Pinckney Benedict
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