Dan Allawat

 

Trabajo sucio, de Larry Brown: Contar la verdad sobre la Guerra de Vietnam a través de la ficción.


(AVISO IMPORTANTE: contiene spoilers, se recomienda leer tras la lectura de la novela) Traducción: Javier Lucini


Podría argumentarse que para que la literatura de ficción triunfe sus elementos esenciales han de estar claramente definidos y establecidos en la historia, esto es: la trama, los personajes, el lugar, el estilo, el diálogo, el punto de vista y la temática. Y sería un buen argumento, aunque haya quien pueda darle más valor a la verdad a la hora de calificar el logro de cualquier historia de ficción. Quizá la verdad pueda obtenerse simplemente a partir de los elementos esenciales que acabamos de mencionar. Por supuesto, no nos estamos refiriendo al éxito en términos de atractivo comercial o número de ejemplares vendidos. No, en esta reflexión el éxito se mide por la capacidad de la ficción para procesar y transmitir al lector la verdad de la condición humana y el mundo en general. En este sentido, el fallecido Larry Brown fue un escritor de éxito; un narrador absolutamente comprometido con la verdad. Y en su novela Trabajo sucio nos revela con enorme éxito la verdad sobre la guerra de Vietnam; sobre todo en su descripción de la condición humana de quienes lucharon en aquella guerra. Y aún más, consigue transmitirnos esa verdad con una honestidad tan dolorosamente vívida y desgarradora que podría muy bien sostenerse que nos encontramos ante el libro definitivo sobre los estragos físicos y emocionales de la Guerra de Vietnam. Tanto es así que debería ser promovido y leído por quienes detentan puestos de autoridad y, el día menos pensado, puedan tener que tomar decisiones que, en último término, acaben metiéndonos en otra guerra.

 Foto AP.

Foto AP.

Entre los años 1950 y 1975, Estados Unidos se involucró en la guerra de Vietnam. En apoyo de la lucha anti-comunista del sur contra el norte, la implicación estadounidense fue cada vez mayor hasta el punto culminante de finales de los años sesenta, cuando llegaron a desplegarse más de quinientas veinticinco mil tropas. El interés de Estados Unidos en Vietnam se basaba principalmente, y puede que exclusivamente, en el miedo a que una pequeña nación asiática cayese bajo el régimen comunista y acabase provocando un efecto dominó en el que Asia acabaría perdida por completo bajo el yugo del comunismo. La historia revelaría al final que dicha suposición era incorrecta y, peor aún, aquel malentendido de la amenaza comunista acabaría costando cincuenta y ocho mil vidas estadounidenses y trescientos cincuenta mil heridos. Esta pérdida de vidas, junto al concomitante número de bajas, sin olvidar la increíble cantidad de fondos que se invirtieron en el despliegue, resultó un auténtico fracaso. Al final, Estados Unidos, incapaz de hacerse con la victoria, tendría que retirarse del país. En 1975 Vietnam del Sur se rindió al Norte y el país se reunificó. Desgraciadamente, para muchos veteranos la cosa no acabó en 1975. Para la mayoría la guerra continuó rugiendo mientras trataban de aclimatarse a la normalidad de sus antiguas vidas, de vuelta al hogar, marcados emocionalmente y, en muchos casos, incapacitados físicamente. Es en este escenario sobre el que se construye Trabajo sucio de Brown.

La novela relata la historia de dos excombatientes que pasan un día y una noche juntos, codo con codo, en un Hospital de Veteranos. Tiene lugar unos veinte años después del regreso de las tropas. Braiden Chaney, que perdió tanto los brazos como las piernas en la guerra, lleva muchísimos años ingresado. Al inicio de la historia, le colocan a un nuevo paciente en la cama de al lado: se trata de Walter James, un hombre esencialmente sin rostro a causa del estallido de una granada y que, además, sufre colapsos repentinos e impredecibles por culpa de los fragmentos de proyectil que tiene alojados en el cerebro. A Walter lo han ingresado en el hospital a causa de un incidente con un coche. No recuerda muy bien los pormenores de lo sucedido. Braiden es afroamericano y Walter caucásico. Ambos se criaron en el sur rural y pobre y la novela relata fielmente las realidades de dos vidas forjadas en esas particulares circunstancias. A pesar de sus prejuicios mutuos, tienen mucho en común pues comparten y comprenden la experiencia de haber crecido siendo pobres en el sur de Estados Unidos. También poseen fuertes convicciones religiosas, muy sureñas, acerca del bien y del mal, aunque la guerra haya atenuado bastante su sistema de creencias, aun después de tantos años. Al final, después de pasarse horas hablando y contándose sus vidas, sus historias y sus guerras, Braiden reúne el valor para pedirle a Walter que le quite la vida, que termine con su desesperada existencia. Walter se resiste pues siente que eso sería caer en el peor de los pecados. Mientras continúan charlando sobre sus vidas y Walter espera que le den el alta para regresar a su casa, el peso de la petición de Braiden cuelga incómodamente entre las dos camas como si se tratase de un tercer personaje. Las complejas realidades del efecto de la guerra en sus vidas, tanto física como emocionalmente, quedan estampadas en cada una de las páginas de esta obra que Larry Brown despoja totalmente del romanticismo que pudiese tener la guerra o el ejército. No hay héroes ni intención de definir a los personajes por la nobleza de su sacrificio en nombre de la patria. Solo la realidad del sufrimiento perdura como resultado de una guerra que, en términos generales, nunca llegó a entender la mayor parte de quienes participaron en ella, incluyendo, por supuesto, a Braiden y a Walter. Braiden le da vueltas en cierto momento a esta idea cuando le relata a Walter cómo fue su última mañana en el hogar junto a su madre antes de ser enviado a Vietnam: «Estaba allí tumbado aquella mañana. Tenía el uniforme colgado ahí mismo. Un soldado de la nación más poderosa del mundo. Y en lo único que podía pensar era: ¿Por qué?, ya sabes, ¿Por qué? Ni siquiera era capaz de comprender de qué iba la cosa. Tenía que ir porque era mi deber». La habilidad de Brown a la hora de crear estos personajes bajo la luz de la autenticidad, verosímiles en su desesperación y en el cuestionamiento de su sino tantos años después del final de la guerra, es un testamento de su compromiso a permanecer honesto en su retrato de las víctimas de la guerra.

La Guerra de Vietnam ha dado lugar a una prolífica cantidad de literatura. Lucas Carpenter señala: «Una de las muchas ironías de la Guerra de Vietnam es que siendo una de las mayores derrotas de Estados Unidos, sea la guerra que ha generado más y mejor literatura, colectivamente, de todas las que libró en el siglo XX, y resulta abrumador que en su mayor parte haya sido escrita por veteranos que no tardaron mucho en darse cuenta de que aquella no era la guerra de sus padres».

  Foto de Judge Rock (Flickr)

Foto de Judge Rock (Flickr)

Casi toda esta literatura fue escrita con un estilo reminiscente de las historias bélicas de guerras anteriores, esto es, historias en las que hombres jóvenes, inocentes e ingenuos, fueron a la guerra para regresar cambiados por el horror de las trincheras, pero aun manteniendo cierto sentido de la nobleza en su coraje y su patriotismo. No obstante, al mismo tiempo surgieron voces nuevas que quisieron desmarcarse de aquel romanticismo trasnochado y de la idea del sacrificio, dando como resultado historias que dejaban al denudo la verdad de la guerra. Como afirma Tim O’Brien en The Things They Carried: «Si al final de una historia bélica te sientes elevado, si sientes que se ha logrado rescatar un pedacito de rectitud de entre los despojos, entonces es que has sido víctima de una terrible y muy vieja mentira. No hay rectitud, en absoluto. Ni virtud». La voz de una nación que se cuestiona su participación en la Guerra de Vietnam y aún más, la voz del propio soldado sobre el terreno, pueden encontrarse en muchas de las historias de O’Brien, del mismo modo que en las otras muchas obras escritas por los autores que quisieron sumarse a esa nueva voz emergente. Trabajo sucio de Brown, aunque no surja de las mismas raíces que los relatos de O’Brien (O’Brien sirvió en Vietnam, Brown no), es una historia que se adscribe al credo de O’Brien. No hay rectitud. Ninguna virtud puede encontrarse en la Guerra de Vietnam, ni en sus secuelas.

Larry Johannessen sugiere que para comprender la literatura sobre la Guerra de Vietnam lo mejor es «considerar las cuatro categorías principales en las que se pueden clasificar estas novelas: básicamente (a) las que lidian con la experiencia de Vietnam (la narrativa del combate); (b) las que se centran en los efectos de la guerra al regreso a casa; (c) las que examinan la experiencia de los refugiados; o (d) las que se centran en el legado de la guerra, particularmente en el impacto sobre los niños de la generación que vio la luz durante la guerra».

Si uno ha de meter Trabajo sucio en una de estas categorías en la que mejor encajaría sería en la (b): los efectos de la guerra al regreso al hogar. Y aunque esta categoría le viene muy bien al empeño de etiquetar en un sentido amplio y cómodo, resulta muy difícil definir una obra como Trabajo sucio en términos tan amplios y poco precisos. Trabajo sucio es una historia bélica. De acuerdo. Contiene escenas narradas de batallas que fácilmente podrían catalogarse como pertenecientes a la denominada narrativa de combate. Y Walter tiene un hermano menor que solo tenía cinco o seis años cuando se fue a la guerra; en ese sentido, hay escenas en el libro que podrían entrar perfectamente en la categoría  que se ocupa del impacto de la guerra sobre los niños de la generación posterior. Pero, al final, se trata de una historia que se centra básicamente en la manera en que Braiden y Walter afrontan la vida, o quizá en el modo en que no la afrontan, dadas las condiciones que les toca vivir, herencia funesta de la Guerra.

 Creative Commons, cortesía de ‘mikefisher821

Creative Commons, cortesía de ‘mikefisher821

Lo que separa Trabajo sucio de la mayor parte de la ficción que trata la Guerra de Vietnam es el denodado esfuerzo de Brown por impedir que la esperanza se inmiscuya en lo que es básicamente una realidad triste y desesperanzada. De nuevo, aun cuando haya por ahí literatura como la de Tim O’Brien que mantenga una distancia similar a la hora de inculcar cierto código moral, por muy sutil que sea, en el texto, los ejemplos son escasos y muy esporádicos, y ninguno resulta tan verosímilmente desolador como el de Larry Brown. Hay multitud de historias que hablan de la desesperación de quienes regresaron, de los veteranos heridos, pero casi siempre hay un momento en el que se acaba derramando algún significado o algún atisbo de luz que resulta en la comprensión/aceptación por parte del personaje, o los personajes, que sufren. Un buen ejemplo es la novela In Country, escrita por Bobbie Ann Mason. In country narra la historia de una adolescente, Samantha, o Sam para abreviar, cuyo padre murió en Vietnam antes de que ella naciese. En parte es criada por su tío, Emmett, también veterano de la Guerra de Vietnam que lucha día a día tratando de sobrellevar los prolongados efectos emocionales de la guerra. Decidida a saber más sobre la guerra que se llevó la vida de su padre, Sam empieza a preguntar a diversos veteranos, incluyendo a su tío. Este, por su parte, lidia como puede con sus inacabables interrogatorios, que le hacer revivir una y otra vez el horror. Al final, la protagonista y su tío viajan al Monumento de los Veteranos de Vietnam, en Washington, donde ella parece acceder a cierto grado de comprensión, si no a una cierta sensación de clausura o conclusión, en relación a la muerte de su padre. Asimismo, su tío, herido emocionalmente, parece obtener alguna suerte de beneficio de su enfrentamiento directo con la memoria de la guerra.

No hay nada malo en novelas como la de Mason. Aquí únicamente la citamos como ejemplo de cómo la literatura de ficción sobre la Guerra de Vietnam, o puede que de cualquier guerra, tiende a aposentarse sobre un cierto sentido de cierre o resolución. Como dice W. D. Ehrhart con respecto al final de In country de Mason: «Y de hecho, al final de In country, mientras Sam reflexiona sobre el misterio de ese otro Sam A. Hughes cuyo nombre está tallado en el muro y el rostro de Emmett “arde en una sonrisa, como si fuesen llamas”, no podemos evitar sentir que al final todo va a estar bien. Nos gustan las historias que acaban así. Nos gustan las guerras que acaban así. Pero las historias de verdad rara vez acaban tan bien, las guerras nunca».

Larry Brown entiende esta premisa y la adopta para contar la historia de Braiden Chaney y Walter James.

Sería fácil decir que In country de Mason es una mala elección para compararla o contrastarla con Trabajo sucio. No hay personajes gravemente discapacitados físicamente, por ejemplo, aunque el tío de la protagonista parezca estar sufriendo los efectos del Agente Naranja. Aunque ambas historias comparten el hecho de que transcurren bastantes años después de la guerra. Y ambas cuentan con personajes que están tratando de vivir sus vidas bajo el dictamen de la conexión, directa o indirecta, con la guerra. Pero, de nuevo, es la negativa de Brown a conceder el menor alivio a los personajes de Trabajo sucio lo que la separa de In country y de la mayor parte de la literatura surgida de la Guerra de Vietnam. Incluso el clásico libro de memorias, Nacido el 4 de julio, que narra la lucha de su autor, Ron Kovic, como veterano de Vietnam herido y condenado a vivir en una silla de ruedas, ofrece inspiración aunque no sea por otro motivo que el de la lucha incansable y a menudo exitosa de su autor por la mejora de las condiciones de los veteranos. Y eso no le quita valor literario, de hecho el elemento inspirador, junto a las descripciones de las horrendas luchas que tuvo que emprender Kovic, sitúa a esta obra en los anales de la literatura de la Guerra de Vietnam. Larry Brown prefiere contar una historia en la que no brille el menor atisbo de luz, una historia en la que la inspiración brille por su ausencia, y al apostar por eso se mantiene fiel a los veteranos cuyas realidades comparten las mismas circunstancias que viven Braiden y Walter.

A medida que Trabajo sucio se aproxima a su conclusión, Walter recuerda el incidente por el que le ingresaron en el hospital. En los días que precedieron al incidente entabló una amistad improbable con una joven plagada de cicatrices de cintura para abajo producidas por el virulento ataque de un perro siendo niña. Ella y Walter no tardan en hacerse íntimos y durante las horas en las que le cuenta a Braiden aquel incipiente romance, poco a poco, va colocando en su sitio las piezas sueltas y acaba recomponiendo la secuencia de sucesos que le condujeron al hospital. Estuvo con aquella muchacha en un coche, aparcados en el lecho seco de un arroyo; pasaron por alto sus cicatrices y se pusieron a hacer el amor en medio de una tormenta. Dado que la lluvia torrencial no amainó, el agua empezó a cubrir el lecho del arroyo hasta conformar una inundación. Aún negándose a ofrecer el menor alivio o socorro a los personajes de la historia, Brown hace que Walter sufra uno de sus inoportunos colapsos justo en el momento en que el agua empieza a inundar el coche. La chica, atrapada bajo el cuerpo inmóvil de Walter, se hunde y se ahoga bajo su peso. Un equipo de rescate los encuentra, la cabeza de él unos pocos centímetros por encima del agua, la de ella unos pocos por debajo. El descubrimiento de estos hechos y las ulteriores cicatrices emocionales que Vietnam le ha producido hacen que Walter reconsidere la petición pendiente de Braiden. Como reflexiona William Becker en su crítica de Trabajo sucio: «Quizá sea el reconocimiento del enorme precio que va a tener que pagar, lo que le hace aceptar el argumento de Braiden: Braiden ya ha pagado más que suficiente». La historia concluye con la decisión de Walter: «Permanecí a su lado un buen rato. Él abrió los ojos y me miró cuando cerré las manos alrededor de su cuello. Dijo: Jesús te ama. Y yo cerré los ojos porque no me tragué esa mierda. Yo sabía que en algún lugar Jesús lloraba».

En Trabajo sucio, Larry Brown construye una historia sobre los efectos de la guerra en los combatientes. En muchos sentidos, el libro es una novela antibélica, pero al etiquetarla de esta manera se corre el riesgo de alejar a los lectores a quienes más se les debería encomendar su lectura. Si Once an Eagle, de Anton Myrer, una cautivadora novela que describe el ascenso solitario de un soldado por los estamentos militares a lo largo de diversas guerras es de lectura obligatoria en nuestras Academias Militares, entonces puede que Trabajo sucio debiera ser de lectura obligatoria para todos y cada uno de los oficiales elegidos por el pueblo y para el pueblo de este país. Quizá la guerra sea inevitable, pero debe tenerse un cuidado extremo al considerarla como una opción para la resolución de conflictos. Después de todo, cuando se toma una decisión como esa, la historia potencial de Braiden y Walter vuelve a escribirse una y otra vez, ad infinitum.


OBRAS CITADAS  

Becker, William H. «Dirty Work/The Acquittal of God: A Theology for Vietnam Veterans (Libro)». Theology Today 47.2 (1990): 212. Academic Search Premier. EBSCO. Web. 15 abril 2010.

Brown, Larry. Trabajo sucio. Barcelona. Dirty Works, 2015.

Carpenter, Lucas. «IT DON’T MEAN NOTHING»: Vietnam War and Postmodernism. College Literature 30.2 (2003); 30. Academic Search Premier. EBSCO. Web. 15 abril 2010.

Ehrhart, W.D. «Who’s Responsible». Vietnam Generation Journal & Newsletter 4.2 (1992): n. pag. Web. 25 abril 2010.

Johannessen, Larry R. «From combat to legacies: Novels of the Vietnam War». Clearing House 68.6 (1995): 374. Academic Search Premier. EBSCO. Web. 15 abril 2010.

O’Brien, Tim, Las cosas que llevaban los hombres que lucharon. Barcelona. Anagrama, 2011.