LEFT LANE CRUISER

Claw Machine Wizard

(Alive Records, 2017)

Blues de unos tipos de Fort Wayne, Indiana, el lugar donde el capitán Jean François Hamtramck, siguiendo órdenes del general Anthony Wayne, alias «el loco», estableció un fuerte para combatir a los indios de la zona (los indios miami), un blues rasposo que suena a lo que habría sonado Lemmy de Motörhead si le hubiese dado por dedicarse al blues, algo básica y gloriosamente desagradable. Como dicen en Maximum Volume, «escoria fabulosamente deliciosa». Ahora, en este último puñetazo que se han marcado, aunque cueste creerlo, vuelven a ser solo dos. No hace falta más. Guitarra, bajo y percusiones. Todo muy de fabricado en casa. De clavo, alambre y martillo. Y algo de teclado en algún tema, recurriendo al viejo amigo Jason Davis, que también se encarga de las labores de producción. Bo Diddley, mucho garaje y, sobre todo, las lecciones aprendidas y regurgitadas de R.L. Burnside y los viejos músicos de country blues de North Mississippi Hill recuperados del barro por los nunca suficientemente venerados punkis visionarios de Fat Possum Records. Música soltada en tu puta cara («el blues y yo somos así, señora»). Sin edulcorantes ni adornitos sobreproducidos. Sin filtros. Sexo, marihuana, alcohol y tablas de skate con guitarras distorsionadas y muy poca tontería. Por ahí lo han bautizado como «Dirty Spliff Blues», «Blues Sucio y Fumeta»; también como «voodoo hillbilly punk-blues», etiqueta que no necesita traducción. Desde que su tema «Waynedale», del álbum All You Can Eat, saliese en el episodio 8 de la tercera temporada de Breaking Bad, las cosas les han ido bastante bien (también utilizaron su música en un episodio de Banshee y en otro de ese horror infumable que es Nashville). No es un disco para oír con auriculares. La etiqueta es otra. Como dicen en WYMA, has de buscarlo más bien en la sección «para escuchar fuerte en el coche» o en «molestar a los vecinos». Es esa clase de disco. La clase de disco que pones a todo volumen al llegar a casa del curro, sentado por fin en tu sofá con tus seis latas de cerveza y tu porro, como Hugh Fielder de la Blues Magazine, hasta que entra tu hija cabreada en el salón y te dice: «Bájalo, papá».